
Por Dr. Horacio M. Genesio (*) La discusión sobre cómo aumentar la producción argentina de carne vacuna es necesaria y oportuna. La posibilidad de mejorar la productividad mediante sistemas intensivos merece atención. Pero sería un error reducir el desafío a una única receta: más vientres, menos recría pastoril o mayor permanencia de los animales en corrales. La Argentina tiene posibilidades de aumentar significativamente su producción de carne vacuna. Pero sería una oportunidad perdida transformar esa aspiración en una confrontación entre sistemas pastoriles e intensivos, o entre agricultura y ganadería. La diversidad de ambientes, recursos y estructuras empresariales constituye una característica de […]
Por Dr. Horacio M. Genesio (*)
La discusión sobre cómo aumentar la producción argentina de carne vacuna es necesaria y oportuna. La posibilidad de mejorar la productividad mediante sistemas intensivos merece atención. Pero sería un error reducir el desafío a una única receta: más vientres, menos recría pastoril o mayor permanencia de los animales en corrales.
La Argentina tiene posibilidades de aumentar significativamente su producción de carne vacuna. Pero sería una oportunidad perdida transformar esa aspiración en una confrontación entre sistemas pastoriles e intensivos, o entre agricultura y ganadería.
La diversidad de ambientes, recursos y estructuras empresariales constituye una característica de nuestra producción, y también puede ser una fortaleza.
El desafío no consiste en imponer un modelo, sino en desarrollar y comparar alternativas, medir resultados y permitir que cada sistema encuentre su combinación más eficiente de tecnologías.
Quizás el mayor potencial de crecimiento de nuestra ganadería no esté solamente en aumentar el stock, acelerar el engorde o construir más corrales. Quizás esté también en la enorme cantidad de kilos de carne que todavía podemos producir cuando aprendemos a gestionar mejor la energía solar que capturan nuestros campos.
Y entonces la pregunta que debería orientar el debate no sería únicamente cuántas vacas necesita la Argentina, sino algo más ambicioso:
¿Cuánta carne podríamos producir si aprovecháramos integralmente el potencial biológico, tecnológico y humano de nuestros sistemas productivos?
Esa es una discusión que merece darse, sin fundamentalismos y con resultados sobre la mesa.
La ganadería argentina es demasiado diversa para admitir un modelo universal. Hay prácticamente tantos sistemas como realidades ambientales, empresariales y humanas. Su competitividad depende de los recursos disponibles, pero también y en “gran medida” de la capacidad de gestionarlos.
La verdadera intensificación no consiste sola y necesariamente en tener más animales por hectárea: consiste en producir más valor con los recursos disponibles, sin comprometer su futuro.
La recría pastoril también puede ser intensiva
Una recría con bajas ganancias de peso, uso ineficiente del forraje y duración excesiva necesita
corregirse. Sin embargo, convertir ese problema particular en una descalificación de toda la recría pastoril desconoce los avances en manejo, nutrición, genética y planificación forrajera.
En una evaluación reciente de un sistema agrícola-ganadero integrado, una tropa de 630 novillitos registró una ganancia diaria de 1,074 kg; una tropa de hembras de recría alcanzó 0,986 kg diarios. Las conversiones alimenticias aparentes fueron de 5,07 y 5,53 kg de materia seca por kilogramo de peso vivo ganado, respectivamente.
Las ganancias provienen de pesadas reales; las conversiones, de consumos estimados y todavía requieren validación mediante mediciones directas.
En esas mismas evaluaciones, el costo alimentario imputado fue de $25,93 por kg de materia seca en novillitos y de $44,70 en hembras de recría. Esto representó $131 y $247 por kilogramo de peso vivo ganado, respectivamente. Son costos de alimentación de los períodos evaluados, no costos integrales de producción: no incluyen todos los gastos de sanidad, personal, fletes, financiación y estructura.
Estos resultados no prueban que el pastoreo supere siempre al corral. Prueban algo más relevante para el debate: que una recría pastoril bien gestionada puede lograr un crecimiento elevado.
El corral puede complementar esa estrategia: utilizarse durante 40 o 50 días después del destete si es necesario, o en una terminación corta luego de una recría eficiente, con salidas comerciales programadas. ¿Por qué contraponer tecnologías que pueden complementarse?
Más carne no significa solamente más vacas Mejorar la preñez y el destete sigue siendo esencial. Pero también existe un camino para producir más carne con un stock reproductivo dado: elevar el peso comercializado por animal, siempre que los kilos adicionales tengan un costo marginal razonable. No se trata de prolongar indefinidamente el ciclo, sino de decidir cuándo el pasto, la suplementación y el corral agregan valor de manera competitiva.
Un animal faenado más joven no garantiza el mejor resultado económico; uno más pesado, tampoco. La comparación debe comprender el ciclo completo: kilos producidos, materia seca utilizada, superficie, capital inmovilizado, riesgos, costos y momento de venta.
De la discusión agricultura o ganadería a la integración
Durante años se instaló la idea de que los mejores suelos debían destinarse exclusivamente a la agricultura y que la ganadería tenía que desplazarse hacia ambientes de menor aptitud.
La expansión agrícola respondió a incentivos económicos y avances tecnológicos reales, pero también desplazó parte de la producción bovina hacia condiciones forrajeras más restrictivas.
No podemos comparar índices ganaderos sin considerar ese cambio de ambiente. También hace falta una autocrítica agrícola. La agricultura Argentina consiguió logros extraordinarios, pero numerosos esquemas productivos exportaron, junto con los granos, nutrientes que no siempre fueron repuestos, y en determinadas situaciones se deterioraron propiedades del suelo. Extraer nutrientes mediante una cosecha es inevitable; perder fertilidad depende del balance de reposición, las rotaciones y el manejo. Reconocerlo no disminuye los méritos de la agricultura: permite pensar su evolución.
Los cultivos de servicio, las pasturas en rotación, la siembra aérea y el pastoreo planificado ofrecen nuevas formas de complementar actividades.
El bovino puede convertir biomasa “proteina de bajo valor biologico” en carne o leche “proteina de alto valor biologico” y contribuir al reciclaje de nutrientes, si se respetan la cobertura, la humedad del suelo y la intensidad de uso.
No toda hectárea debe pastorearse; tampoco corresponde excluir esa posibilidad por principio. La pregunta es: cuándo la integración mejora el resultado global?
La información ya es un factor de producción
Una diferencia importante es que la evolución de la agricultura ha estado fuertemente asociada a tecnologías de insumos, semillas, fertilizantes, protección de cultivos y maquinaria, mientras una parte sustancial de las mejoras ganaderas depende de tecnologías de procesos.
Cuándo entrar a una parcela, cuántos animales asignar, qué ganancia exigir, cuándo suplementar o terminar: son decisiones de gestión que determinan gran parte del resultado.
Hoy contamos con imágenes satelitales, aplicaciones, sensores, balanzas electrónicas, modelos de balance forrajero y tableros de costos.
Los datos son un recurso productivo, pero no por acumularlos: “generan valor cuando se traducen en decisiones a tiempo”. La próxima mejora ganadera puede venir tanto de medir mejor y coordinar procesos como de incorporar un nuevo insumo.
Buenos precios no son, por sí solos, un boom ganadero
Una coyuntura de precios favorables no equivale necesariamente a una cadena en expansión. Para hablar de desarrollo sostenido deberían mejorar la producción, la inversión, la industria, el empleo, el comercio y la previsibilidad.
Los movimientos históricos del stock no se explican solo por decisiones dentro de los campos: sequías, relaciones de precios, restricciones comerciales, financiamiento y políticas públicas condicionaron la retención y la liquidación de hacienda.
Además, el mercado interno cambió. La mayor participación de las carnes aviar y porcina ofrece alternativas al consumidor y obliga a analizar el abastecimiento de proteínas con una mirada más amplia, sin ignorar el impacto social de los precios.
La ganadería necesita reglas previsibles porque sus decisiones reproductivas y de inversión maduran a lo largo de varios años.
Producir más valor, y dejar algo más que toneladas
Agregar valor a los recursos agrícolas mediante carne, leche y alimentos puede ampliar oportunidades de trabajo, industrialización y arraigo territorial. No se trata de transformar localmente cada grano a cualquier costo, sino de identificar actividades complementarias económicamente viables. Para eso hacen falta productores y empresas capaces de gestionar, junto con políticas públicas estables que acompañen infraestructura, innovación, conservación del suelo y financiamiento de largo plazo.
En el fondo, todo comienza con la fotosíntesis: energía solar capturada por las plantas, transformada en materia seca y luego, mediante procesos biológicos y trabajo humano, en alimentos.
Mejorar la productividad significa reducir pérdidas en cada transformación y aumentar el valor generado por unidad de agua, suelo, energía y capital.
La ganadería que queremos dejar
Quienes amamos la ganadería sabemos que detrás de cada sistema hay mucho más que animales, hectáreas y números. Hay familias, trabajadores, productores y profesionales que durante décadas estudiamos, aprendimos, ensayamos y enfrentamos sequías, crisis e incertidumbre para construir sistemas más eficientes, resilientes y capaces de sostenerse en el tiempo. Por eso, no necesitamos una ganadería de pensamiento único. Necesitamos una ganadería que piense, mida, aprenda y evolucione; que dialogue con la agricultura, incorpore tecnología, genere empleo y preserve la fertilidad de sus suelos. El conocimiento no pertenece a un sistema de producción: está al servicio de todos ellos.
Quizás el desafío no sea solamente duplicar la producción de carne, sino construir las condiciones para que ese crecimiento sea posible, rentable y sostenible. Porque quienes hemos dedicado nuestra vida a esta actividad no aspiramos únicamente a producir más kilos.
Aspiramos a dejar una ganadería mejor que la que recibimos. ¿Estamos discutiendo solamente cómo producir más carne o también qué ganadería, qué agricultura y qué país productivo queremos construir para las próximas generaciones.
(*) Médico Veterinario · Especialista en Producción Bovina · Magíster en Agronegocios



