
“Para mí, el sistema pastoril es una religión”, dice Martín Panissa, un productor lechero uruguayo que trabaja en la región de Canterbury, en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Allí ordeña 900 vacas en 270 hectáreas efectivas sin recurrir a concentrados y con costos de producción para sacarse el sombrero.
Panissa lleva adelante un sistema de producción lechera que desafía una idea bastante extendida en la actividad: para producir más, no siempre hace falta agregar más alimento comprado. En su tambo, las pasturas son las protagonistas, los concentrados no forman parte de la dieta y las decisiones de manejo son prioridades.
Uruguayo, oriundo de Salto, Martín llegó a Nueva Zelanda después de crecer entre las vacas de un pequeño establecimiento familiar que también trabajaba con pasturas. Aquí encontró la oportunidad de desarrollar su propio camino y, desde hace nueve años, se dedica a sistemas de producción exclusivamente pastoriles, donde se complementan con riego.
Hoy trabaja sobre 280 hectáreas totales, de las cuales 270 son efectivas, y ordeña un rodeo de 900 vacas. Su planteo se apoya en una premisa sencilla, aunque exige mucha planificación: producir con los recursos disponibles, conservar los excedentes y evitar gastos que no sean indispensables o no brinden retornos de inversión palpables.
En el establecimiento, el rodeo es cruza pero más hacia un Holando. “Aunque no es como el estilo canadiense, de 700 kilos, me gustan las vacas con más proporción Holando por sobre jersey. Los rodeos son mayoritariamente de animales que, en promedio, rondan los 550 kilos”, describe.

El pasto pone las reglas
En el establecimiento, la alimentación se basa en pasturas y silos de pasto. La suplementación con concentrados no está contemplada y es, casi, una mala palabra; por lo que el manejo del crecimiento del forraje resulta determinante para sostener la producción durante toda la temporada.
Panissa explica que actualmente el campo está produciendo por encima de la demanda del rodeo. Según sus mediciones, hoy trabaja con un excedente de pasto equivalente a 17 hectáreas, de las 270 que utiliza en la producción del tambo.
¿Qué hace cuando sobra pasto? Lo conserva. En lugar de buscar una mayor utilización inmediata de todo el forraje, corta el excedente y lo guarda como silo para los períodos en los que el crecimiento disminuye. La lógica responde también a la estacionalidad característica de la lechería neozelandesa. Las pariciones se concentran entre fines de julio y fines de octubre, de modo que la planificación alimentaria debe acompañar las variaciones estacionales de la oferta de pasto.
Durante el otoño y el final del invierno puede utilizar silo si el frío demora el crecimiento primaveral. Sin embargo, procura hacerlo con moderación. A su criterio, suministrar demasiado silo puede afectar el desempeño de las vacas y comprometer la dinámica del sistema. “Si suministramos en exceso del silo podemos quemar la vaca. Por ejemplo, 4.5 kilos extras por vaca sería exagerado; e incluso lo brindamos 3 días, no más de eso”, subraya.
La sencillez, en este caso, no significa improvisación: requiere conocer cuánto crece el pasto, cuánto consume el rodeo y qué cantidad conviene reservar para más adelante.
Cuando el pasto desaparece, hay que cambiar de estrategia
En Canterbury, el invierno impone una particularidad. Durante ese período, el crecimiento de las pasturas prácticamente se detiene, por lo que las vacas secas salen en este caso del establecimiento y pasan a otro campo, donde reciben una alimentación basada en diferentes recursos forrajeros.
Entre ellos, menciona Panissa, aparecen la remolacha azucarera, la batata azucarera, la avena y los forbs, un grupo de plantas herbáceas de hoja ancha que pueden incorporarse a las pasturas. Una vez que se aproxima el momento de parición, las vacas regresan al tambo y comienza una nueva temporada.

Panissa considera que cultivos como la remolacha y la batata azucareras merecen mayor atención en Argentina y Uruguay, por su capacidad de producir grandes cantidades de materia seca por hectárea. Su incorporación, desde luego, requiere evaluar las condiciones agronómicas, los costos y la adaptación a cada sistema.
La organización del calendario y el desplazamiento de los animales permiten mantener el esquema pastoril sin forzar la producción de pasto cuando las condiciones climáticas no acompañan.
La vaca es el centro del negocio
La estrategia no termina en la alimentación. Para Panissa, la condición corporal de los animales es uno de los factores decisivos para sostener la producción y alcanzar buenos resultados reproductivos.
El objetivo es llegar a la parición con las vacas en un estado adecuado y limitar la pérdida de reservas durante las primeras semanas de lactancia. A partir de allí, los primeros 45 días posteriores al parto adquieren especial importancia para acompañar la recuperación de los animales y atender sus requerimientos minerales.
“Si tenés un sistema base pastoril, cualquier productor en Nueva Zelanda se va a estar fijando en la condición de la vaca. Llegando el momento de la parición, tratamos de aguantar la caída de medio punto, o un punto en el mayor de los casos, y ahí arranca la carrera contra el tiempo. 45 días de evolución asegurando minerales, magnesio lo que precise; el Iodo que yo lo tengo muy en cuenta y lo agrego al agua, porque tengo probado que funciona”, subraya.
“En el tambo tampoco hago intervención de ningún tipo. No pongo CIDR, no hacemos ningún tipo de sincronización. Acá es puro manejo; no se invierte en tecnología adicional; es manejo del animal, del pasto, de la reproducción. Sí, hacemos metricheck, y asegurarnos que esos animales no tengan infecciones uterinas y, antes de las pariciones, ver que vacas filtro”, explica.

En cuanto a las vacas no ciclantes, destaca que es esencial el manejo que realizan: “Se divide en dos partes. Una es, el día que hacemos la inseminación, lo primero que te preguntas es si esta vaca no cicla porque está dentro de sus 45 días o por su condición, lo que te va a llevar a mirar tu fecha de parición de ese animal, y ahí vas a tomar decisiones, sabiendo si esa vaca parió hace 25 días, si es una vaca que ha perdido su pelaje de invierno, si está brillosa y bien de condición, ves el resultado de su primer control lechero y te está dando 2 kilos de sólido, etc, es una vaca que energéticamente está bien y no tendría por qué no cilcar; pero si la vaca está flaca, o en condición corporal 4 para abajo, las pongo una vez al día en ordeñe y las trabajo con toro. Entonces me enfoco en esa población de animales, en mis primeras pariciones y segundas; y las pongo todas con toro Hereford, bien pintadas. Luego las que se hicieron servicio con el toro, las saco y vuelven a la población de 2 ordeñes diarios”, resume. La idea es concentrar los esfuerzos en los animales que más lo necesitan, sin sumar intervenciones de manera automática.
Los números que explican la apuesta
La defensa del sistema pastoril también tiene una explicación económica. Panissa sostiene que los esquemas más intensivos en suplementación pueden volverse más dependientes de los precios de los insumos y de otros factores externos, lo que aumenta la exposición del negocio a las variaciones del mercado.
El kilo de sólidos lácteos al mes de octubre 2026 en Nueva Zelanda se está abonando alrededor de NZ$10 (un equivalente a 5,70 dólares americanos), y producirlo está en torno a los NZ$8,50 en promedio. Sin embargo, subraya que en su sistema hoy puede manejar mejores números, con un costo de NZ$6,45 por kilo de sólidos, incluyendo su propia remuneración como Contract Milker.
Esta modalidad contractual contempla distintas formas de remuneración: puede pactarse un valor por kilo de sólidos producidos o un porcentaje de los ingresos, según el acuerdo entre las partes y las responsabilidades asumidas. El Contract Milker se encarga de la producción, la mano de obra y algunos costos; mientras que el dueño pone la tierra, las vacas y también se encarga de algunos gastos fijos asociados a la producción.
Actualmente, el tambo obtiene 2,1 kilos de sólidos por vaca. El dato adquiere relevancia al analizarlo dentro de un sistema que prescinde de concentrados y basa su estrategia en el aprovechamiento del forraje.

Para Panissa, la ventaja del modelo está también en su capacidad de adaptación. Si las condiciones se complican, se puede ajustar la carga animal, reducir el uso de reservas o modificar el manejo para contener los costos. No se trata de eliminar los riesgos, sino de evitar que cada dificultad obligue a incrementar los gastos.
“En este país es muy fácil perder noción de lo sencillo”, reflexiona. Y advierte que, en ocasiones, la búsqueda de mayor producción termina incorporando tantos costos que el margen final del negocio se reduce considerablemente.
Tecnología sí, pero sin perder el rumbo
La apuesta por la sencillez no significa renunciar a las inversiones. Hace poco más de dos años, el establecimiento incorporó una sala de ordeñe rotativa de la marca Read, con 54 bajadas, que demandó una inversión de US$ 2,4 millones.
La infraestructura convive con una filosofía que mantiene a la pastura en el centro de las decisiones. Además, Panissa está incorporando cada vez más llantén —también conocido como siete venas o Plantain— a su sistema forrajero, ampliando las alternativas disponibles dentro de las pasturas que tienen al raigrás como protagonista principal.
Su planteo no pretende que todos los tambos deban funcionar de la misma manera. En cambio, propone mirar con atención cuánto cuesta producir, qué recursos tiene cada establecimiento y hasta qué punto las inversiones adicionales mejoran realmente el resultado económico.
El sistema, su religión
Panissa destaca: “el sistema pastoril para mi es una religión”, y esa convicción se traduce en su manera de entender la lechería: hacer que el pasto, la reproducción, el manejo y los números trabajen en la misma dirección. Y cuando le preguntan cómo vive esa rutina, su respuesta termina de definir la filosofía detrás del establecimiento: “No siento que me levanto a trabajar, para mí es un juego”.



