Patagonia, inteligencia artificial y agua: la otra cara del boom tecnológico que impulsa Milei

El Gobierno nacional quiere convertir a la Patagonia en un gran polo regional de inteligencia artificial. La idea es atraer inversiones para instalar enormes centros de datos capaces de procesar millones de consultas y entrenar modelos de IA.

En los últimos meses hubo anuncios, acuerdos y promesas, entre ellos un convenio entre Sur Energy y OpenAI. También alimentaron las expectativas la visita del empresario Peter Thiel y una columna del presidente Javier Milei publicada en el diario Financial Times. Sin embargo, hasta ahora no hay definiciones concretas: no se conocen las ubicaciones exactas, los montos de inversión ni los plazos de ejecución.

Pero detrás de la promesa de desarrollo tecnológico aparece una pregunta cada vez más incómoda: ¿cuánta agua consume la inteligencia artificial?

En enero de 2026, la Universidad de las Naciones Unidas advirtió que el planeta atraviesa una etapa de “quiebra hídrica global”. ¿Qué significa esto? Que la humanidad no solo está utilizando el agua que se renueva cada año a través de lluvias y ríos, sino que también está agotando reservas acumuladas durante siglos en glaciares, humedales y acuíferos.

En ese contexto, la expansión de la inteligencia artificial suma una nueva presión sobre los recursos hídricos. Un centro de datos es, básicamente, un enorme edificio lleno de computadoras que almacenan y procesan información. Son los encargados de responder desde una búsqueda en Google hasta una consulta en ChatGPT.

Sin embargo, los centros de datos dedicados a la inteligencia artificial funcionan de manera distinta a los tradicionales. Emilio Taddei, investigador del CONICET especializado en recursos hídricos y energéticos, explica que los sistemas de IA utilizan procesadores llamados GPU, mucho más potentes que las CPU convencionales.

“Las GPU consumen mucha más energía porque procesan una enorme cantidad de datos y, además, necesitan sistemas de refrigeración más intensivos”, señala. La diferencia es significativa: una consulta en ChatGPT puede demandar hasta diez veces más electricidad que una búsqueda tradicional en Google.

Y como el agua sigue siendo el método más económico para enfriar estos equipos, los centros de datos la utilizan en grandes cantidades para evitar el sobrecalentamiento de los procesadores.

El impacto ambiental de la inteligencia artificial no arranca cuando alguien escribe una pregunta. Genoveva Vargas-Solar, investigadora del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS) e integrante de la Red Feminista de Inteligencia Artificial, explicó al portal El Auditor que el consumo de agua comienza mucho antes, durante la fabricación de los chips.

“Se necesita agua para producir los componentes y luego se requiere todavía más para mantener funcionando los centros de datos”, resume. Actualmente, la mayoría de estas instalaciones utiliza sistemas de aire acondicionado industrial para disipar el calor, una tecnología que demanda enormes volúmenes de agua.

Existen alternativas más modernas, como la refrigeración líquida directa, que conecta los servidores con circuitos de agua para absorber el calor de manera más eficiente. Sin embargo, todavía no es una práctica generalizada.

Para Vargas-Solar, las mejoras tecnológicas ayudan, pero no alcanzan. “Todo lo que hagamos es compensatorio, porque el volumen de uso de la inteligencia artificial es gigantesco”, advierte.

A eso se suma otro factor: gran parte de la electricidad que alimenta estos centros todavía proviene de combustibles fósiles. Solo en Estados Unidos, el 56% de la energía utilizada por los centros de datos depende de este tipo de fuentes, que también requieren grandes cantidades de agua para generar electricidad.

Mientras crecen las resistencias en Estados Unidos, las grandes empresas tecnológicas comenzaron a mirar hacia América Latina. Cuatro estados norteamericanos ya aprobaron restricciones para limitar la instalación de nuevos centros de datos de inteligencia artificial, mientras que varias comunidades denuncian problemas de acceso al agua y cortes de energía.

Según Taddei, los países que hoy lideran la instalación de este tipo de infraestructura en la región son México, Chile y Brasil. En Argentina, el desembarco busca impulsarse a través del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), que ofrece beneficios para proyectos vinculados a la economía del conocimiento.

La razón principal es simple: Sudamérica concentra cerca del 28% de las reservas de agua dulce del planeta. La región alberga tres de las mayores cuencas acuíferas del mundo: el Amazonas, la cuenca del Plata y la del Orinoco.

Lo que debería ser una ventaja estratégica para las comunidades locales se convirtió, paradójicamente, en uno de los principales atractivos para una industria que ya generó conflictos en otros países.

Los ejemplos sobran. En Querétaro, México, vecinos denuncian problemas de abastecimiento y aseguran que deben comprar agua en camiones cisterna debido a la escasez.

En el sur de Chile, comunidades rurales advierten que la instalación de centros de datos afecta la disponibilidad de agua para la producción agrícola. Y en distintos estados de Estados Unidos, legisladores alertan sobre cortes de energía y dificultades en el suministro hídrico tras la llegada de estas inversiones.

Para Taddei, el debate de fondo sigue ausente. “Existe un límite socioambiental para el desarrollo de la inteligencia artificial y ese límite está apareciendo mucho más rápido de lo que se pensaba”, sostiene.

La preocupación ya llegó a las Naciones Unidas. El relator especial sobre derechos humanos y acceso al agua potable pidió una moratoria para la construcción de nuevos centros de datos de IA generativa hasta que existan garantías de que las comunidades no verán comprometido su acceso al recurso.

Los especialistas plantean que la discusión no debería empezar por las inversiones, sino por una pregunta básica: ¿qué uso se le quiere dar al agua disponible?

La propuesta es que las comunidades locales, junto con provincias y municipios, definan primero sus necesidades y recién después evalúen qué tipo de desarrollo productivo es compatible con esos límites. Porque, aunque la promesa de empleo y crecimiento económico resulta atractiva, el acceso al agua es un recurso estratégico que impacta directamente en la vida cotidiana.

Si bien el problema excede las decisiones individuales, los especialistas aseguran que hay pequeñas acciones que ayudan a reducir la huella ambiental. Una recomendación sencilla es utilizar buscadores tradicionales para consultas básicas y reservar las herramientas de inteligencia artificial para tareas que realmente las requieran.

También sugieren optar por modelos menos complejos cuando no hace falta una respuesta sofisticada y desactivar los asistentes de IA que muchas plataformas incorporan de manera automática.

Como resume Vargas-Solar: “Hay preguntas que pueden responderse con herramientas simples. No siempre hace falta usar un mastodonte tecnológico”.

fuente: inteligencia artificial y agua: la otra cara del boom tecnológico que impulsa Milei”> GOOGLE NEWS

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