
Aguardar una presa en secreto. Esperar el momento del pique en el inmenso mar de la incertidumbre. Sostener el silencio, la quietud, la paciencia, la tensión, ver el pez girando alrededor del anzuelo y quitar del agua, en el momento justo, la caña. El deporte elegido por casi cuatro millones de personas en Argentina según el Club de Pescadores de Buenos Aires es, para la ciencia, una fuente de bienestar y salud mental sin límites.
Un grupo de científicos del Reino Unido demostró recientemente que la exposición a entornos acuáticos -también llamados “espacios azules”- mediante la pesca deportiva, promueve un estado de relajación y salud mental positiva y reduce el riesgo de padecer depresión y ansiedad. Según los científicos, que publicaron un paper llamado Salud mental y pesca recreativa en hombres adultos del Reino Unido en la revista Epidemiology, los factores que impulsan la satisfacción de los participantes en la pesca deportiva en general incluyen la liberación y la distracción, así como los aspectos sociales.
De todo eso puede dar fe Héctor Chocolate Baley, que llegó a ser arquero de la Selección Argentina pero además, a lo largo de su vida, se convirtió en un amante de la pesca. “Yo pesco desde que soy chico. Siempre me encantó. Hay gente a la que la pesca lo pone nervioso. Pero el verdadero pescador sabe que puede pescar o no puede pescar, siempre están las dos lados posibilidades, y lo importante es pasarlo bien, descansar, olvidarte un poco de los quilombos que puedas tener, dejar el celular al costadito”, dice, con setenta y cinco años, desde su casa en Córdoba. “Me convertí en un fanático -dice-. Ahora estoy contento porque este fin de semana me voy con mis amigos de pesca. Cuando pasa un tiempo que no voy, me pongo loco”.
De las plantas a la pesca

Baley nació en Ingeniero White, una localidad portuaria ubicada a diez kilómetros de Bahía Blanca. Su casa quedaba a diez cuadras del mar. Todos los días desembarcaba con la caña en la costa. Además jugaba al basket, le gustaba el automovilismo. El único deporte que no le gustaba era el fútbol, pero tenía condiciones: era alto y ágil físicamente. Se probó en el Club Atlético Puerto Comercial, de Bahía Blanca, y al poco tiempo se profesionalizó y se fue a jugar al Club Estudiantes de La Plata. Desde que se mudó a aquella ciudad comenzó a extrañar la pesca. Al poco tiempo se volvió a mudar – para jugar en nuevos equipos: Colón, Huracán, Independiente, Talleres- y como seguía extrañando la pesca, adoptó un nuevo ritual: los domingos, apenas terminaba de jugar el partido de fútbol de la fecha, se subía al auto y manejaba hasta San Nicolás. Se internaba en una isla y pescaba. Regresaba a la ciudad el martes.
En 1978, se convirtió en el arquero suplente de la Selección Argentina. Se consagró campeón del mundo y volvió a jugar como suplente en el Mundial de 1982. “Jugar en la Selección fue un poco como estar tocado por la varita mágica. Aunque también significó estar mucho tiempo lejos de la familia, había que concentrar, olvidarse de todo, viajar todos los meses a las provincias de Argentina a jugar amistosos. Durante esa etapa del mundial, en un momento en el que estábamos concentrados en Rosario, le pedimos permiso para ir a pescar al Flaco Cesar Menotti, que era el DT. Fuimos con un par de compañeros, Mario Kempes, Daniel Killer y Rubén Pagnanini. El flaco era un fenómeno, re bueno. Nos dijo que sí, así que nos fuimos. Hacía un frío, porque era invierno. Pero sacamos un buen pescado. Lo pesqué yo”, recuerda.
Hoy, ya retirado de la cancha, Baley se despierta a las seis y media de la mañana, va al gimnasio, regresa a su casa y se interna en la terraza para cuidar sus plantas. “En la pandemia, cuando no se podía salir, empecé con el tema de las plantas y me encantó”, cuenta. “Tengo lavanda, tomate, morrón, de todo. Se convirtió en una segunda pasión. Me permite bajar a la tierra. Pero pasan veinte, treinta días que no pesqué, y me agarra la locura de nuevo”.
Pescar de noche
“Además de reducir el estrés y la obesidad mediante el ejercicio, otra vía plausible para vincular la práctica de la pesca recreativa con los beneficios para la salud se relaciona con el consumo de mariscos, que contienen ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados que han demostrado efectos protectores en la prevención de diversos trastornos”, destaca otro reciente estudio científico, publicado en la revista Ecosyst People de Inglaterra, que estudió cómo la pesca recreativa influye en un mayor bienestar en las personas y reporta ventajas para la salud. Los científicos de este artículo evaluaron las asociaciones entre la pesca recreativa marina, el estrés, el consumo de mariscos y la calidad del sueño en casi trescientos pescadores españoles e identificaron menores niveles de estrés, un estado emocional positivo y una buena calidad de sueño nocturno. También asociaron un mejor nivel de salud con el contacto que propicia la pesca con entornos naturales.

“A mí me gusta mucho pescar de noche”, revela Baley, que todos los meses, Baley viaja hasta San Nicolás de los Arroyos, una localidad a unos 200 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, a la vera del arroyo Yaguarón y cerca del río Paraná.
Allí se encuentra con otros siete amigos. Alquilan una casa frente al Río Paraná -una casa de dos pisos, con lugar para ocho personas a la que llaman “el rancho”- y pasan todo el fin de semana juntos, pescando.
“Yo llego el viernes a la mañana, a eso de las 7, y me voy directo a pescar. Tengo un muelle al que me gusta ir que queda a unos quinientos metros de la casa. Me quedo pescando hasta la mañana del otro día. Así que pasan veinticuatro horas hasta que me acuesto a dormir. Me gusta ir de noche porque se sacan los pescados más grandes y uno está mucho más tranquilo. Todos se van a dormir, yo apago el grupo de electrógeno y me quedo a oscuras, en silencio. Es una tranquilidad divina. Escucho un búho que canta, me sirvo un whisky y me quedo en una reposera, sin pensar en nada, disfrutando”.
Allí, en San Nicolás, suele pescar dorado, surubí, rayas, aunque a él no le importa lo que pesque. “Lo importante es que siempre la paso bien con los amigos”, dice. Aunque el año pasado, mientras pescaba en medio de esa oscuridad profunda, Baley tuvo un disgusto. “Fui a revisar la caña y veo que salen del agua dos ojos. Ahí nomás de mis pies. Era un yacaré. Salí corriendo. Del susto que me pegué yo, que soy morochito, me quedé pálido”, se ríe.
Cuando regresa a su casa después del fin de semana de pesca, Baley vuelve a su rutina y, en sus ratos libres, le gusta ver deportes en la televisión. “Me gusta todo el deporte de nivel competitivo. El otro día vi la final de Las Leonas. Veo fútbol de Inglaterra. Pero la verdad que no soy un fanático del fútbol. No soy hincha de ningún club. Me gustó el mundial, ver a Messi jugando”, dice.

No hay nada del fútbol, asegura, que le haya servido para la pesca. Pero cuando piensa si algo relacionado a la pesca le sirvió para jugar al fútbol, no duda: “La paciencia. No ponerme nervioso en un partido, estar tranquilo, hablando incluso con la gente de atrás del arco, los hinchas del equipo contrario. Y tener olfato. Así como tenía muy buena intuición para saber dónde venía la pelota, yo sé elegir muy buen dónde pescar”.
Tips para arrancar
En Argentina hay unas cuatro millones de personas vinculadas a la pesca deportiva, según indica Pablo Llaver, presidente del Club de Pescadores Buenos Aires.
“Es una actividad que atraviesa todas las generaciones y puede acompañarnos toda la vida -dice-. En un mismo muelle podemos encontrar a un chico de diez años pescando junto a una persona de setenta u ochenta. Y a partir de los 50 o 55 años, tiene un valor diferente, porque uno empieza a disfrutar más de la tranquilidad, del contacto con la naturaleza, de una jornada entre amigos o simplemente de unas horas frente al agua”.
Argentina es un país muy diverso para la pesca. Se pesca en el Litoral, especialmente en Corrientes, Entre Ríos y la cuenca del Paraná, en lugares como Paso de la Patria, Esquina, Goya, Ituzaingó o La Paz -destinos clásicos para especies como el dorado, el surubí y la boga-. También en la provincia de Buenos Aires, fundamentalmente con el pejerrey en sus lagunas y en el Río de la Plata. En la Ciudad de Buenos Aires, la pesca se centraliza en el Río de la Plata y el Delta. En los majestuosos paisajes de la Patagonia -en Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego- se pescan truchas y salmones.
Una de las grandes ventajas de la pesca, según Llaver, es que no es necesario haber empezado de chico ni tener una condición física extraordinaria. Se puede aprender perfectamente a los 50, a los 60, a los 70 años o incluso después. “Por supuesto que, como toda actividad, tiene su técnica. Con el tiempo uno aprende a leer el río, a interpretar el clima, a elegir un equipo, a preparar una línea y a entender dónde y cómo buscar cada especie. Pero los conocimientos básicos para empezar se adquieren bastante rápido”.
El consejo de Llaver, para alguien que nunca pescó, es que “las primeras veces lo haga acompañado por alguien que tenga experiencia, con un guía profesional o acercándose a un club de pesca. Es mucho más sencillo aprender de esa manera y, además, permite hacerlo desde el principio de forma segura y responsable”.
Además, aclara que “la pesca tiene muchísimas variantes. Pescar pejerrey en una laguna o en el Río de la Plata es completamente diferente de buscar dorados en el Paraná, pescar truchas con mosca en la Patagonia o hacer pesca de mar. Lo ideal es comenzar con un equipo sencillo y versátil, hacerlo acompañado por alguien con experiencia y probar distintas modalidades. Después cada uno va encontrando la pesca que más lo apasiona”.
El presidente del Club de Pescadores hace hincapié en que ser un buen pescador no pasa solo por cuántos peces se pescan o el tamaño de una captura, sino también en la forma en la que se cuidan los recursos. “Yo fomento cada vez más la pesca deportiva con devolución”, subraya. “Y para alguien que empieza después de los 55 años agregaría algo: no hay ninguna necesidad de transformar una salida de pesca en una aventura físicamente exigente. La pesca puede ser una actividad sumamente cómoda y relajada”.
En cuanto a los costos de la actividad, Llaver asegura que “no hace falta gastar una fortuna para empezar a pescar. Para comenzar hace falta básicamente una caña adecuada, un reel, nylon o multifilamento, anzuelos y algunas líneas o señuelos de acuerdo con el tipo de pesca que se vaya a realizar, además de una pequeña caja con accesorios. También recomiendo siempre llevar una pinza, protector solar, anteojos de sol y gorra o sombrero. Y si se pesca embarcado, un buen chaleco salvavidas es absolutamente imprescindible”, indica. “Perfectamente se puede empezar con un equipo sencillo y de buena calidad sin hacer una inversión extraordinaria, y después ir mejorándolo a medida que uno adquiere experiencia”.
Llaver recomienda a los novatos, incluso, que antes de comprar un kit de pesca hagan algunas salidas. Recomienda ir con guías y prestadores que proporcionen los equipos, para probar diferentes modalidades de pesca antes de comprar el equipo propio. “Uno de los grandes atractivos de la pesca para una persona de más de 55 años es que no todo pasa por sacar un pez del agua -concluye Llaver-. Está la preparación de la salida, el río, el aire libre, la conversación, los amigos, la espera y también esos momentos de silencio y tranquilidad que con los años uno aprende a valorar cada vez más. Nunca es tarde para empezar a pescar. Y quizás sea justamente una de las mejores etapas de la vida para descubrirlo”.
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