Pertenezco a un pequeño grupo de porteños que somos felices en otoño. Como toda minoría, somos perseguidos, subestimados e incomprendidos, especialmente por los adalides del pantalón corto y las ojotas. Los felices en otoño somos —con un adjetivo de Di Benedetto— indirectos. Gozamos de la expectativa del frío con la ilusión de un verano por fin abolido, cosa que la primavera jamás podrá ofrecernos. Preferimos el hallazgo fortuito de lo bello y no la desmesura que se nos enrostra y empalaga. Somos amantes discretos.
Hace unos días, mientras el crujir de las hojas se alborotaba bajo mis pies, consideré oportuno correr el riesgo de ofrecer las razones de nuestra felicidad, no para reivindicarnos, no para evangelizar, mucho menos para que el otoño se llene de gente. Eso no. Los felices en otoño preferimos lugares cavernosos, naturalmente periféricos, lejos de cualquier muchedumbre.
El otoño no oculta que morirá, hace de eso su principal virtud. No es optimista, es melancólico, pero no triste. Son cosas diferentes. Cualquier amante del otoño sabe que hay en nosotros, no un verano invencible, sino una acritud propia de la caída. Que, como la manzana, perdemos algo de dulzura al caer y, sin embargo, lo invencible mana de esa impureza con una alegría irreverente: la alegría del ocaso.
El otoño es más noble que la primavera, no porque ésta no tenga su mérito pero cualquiera es pomposo cuando se sabe bello, cuando se tiene el impulso de la naturaleza pujando a favor. La belleza del otoño domina el sin sentido porque es diversa, horizontal, consciente de que la virtud está en la convivencia —siempre fugaz— de una hoja amarilla con una bordó, con una verde, con las marrón oscuro que demoran en caer y en las tardes se hacen negras. Al otoño le importa el instante, no quién morirá primero, porque el otoño es el arte de saber morir cuando los otros perduran. A las plantas de hoja caduca les ha tocado un destino ligado más al usufructo que a la propiedad, en el que no hay forma de atesorar clorofila y contener la evolución, en el que se trata de aceptar la brisa suave donde las hojas tendrán que recostarse. Las hojas de otoño aprenden la elegancia de dejarse caer.
El otoño no es petulante, sabe que no es punto de llegada sino transición y ahí reside su grandeza: es capaz de dejar pasar, de permitir que otros hagan con su tierra. No se apoltrona como el verano, no viene a arrumbarse en la reposera; el otoño es trabajador, tiene poco tiempo y ha aprendido a aprovecharlo.
Los felices en otoño escoltamos con silencio y respeto a los tallos pelados que resisten el invierno, aun cuando la planta de al lado se bambolea oronda con su follaje a prueba de heladas. Son tallos de naturaleza caduca pero no por eso impotente, saben que los días no son todos de gloria, que sobrevivir consiste en agazaparse y confiar en que el tiempo traerá una temporada para el deleite.