
Si los armarios quedan chicos para guardar la ropa, es hasta lógico que busquemos espacio en otros lugares, como encima de una mesa o, incluso, una silla. Acumularla en este mueble, ubicado en el cuarto, aunque parezca mentira, tiene un significado para la psicología.
Claro que para que revele algo de nuestra personalidad, debe tratarse de una acumulación, de prendas que permanecen sobre la silla varios días, incluso, meses sin que nadie las toque. Pueden estar limpias o sucias, en este caso, da lo mismo.
Para que se entienda mejor: es el abrigo que nos quitamos ayer y que, seguramente, volveremos a ponernos mañana, o ese pantalón que siempre conviene tener a mano porque es uno de los preferidos del guardarropa.
De esta manera, poco a poco, lo que había comenzado como un gesto inocente, hasta con cierta lógica, se convierte en pequeño altar al desorden. En una conducta que servirá como indicio psicológico.

Un artículo publicado en Men´s Health afirma que “acumular ropa en una silla no es simplemente dejar cosas fuera de lugar porque puede ser el reflejo de una mente saturada, de emociones no gestionadas, o incluso de una necesidad silenciosa de encontrar refugio”.
Una de las razones más habituales detrás de esta costumbre es la procrastinación, el dejar todo para después, algo que ha resurgido con fuerza en la era de la inmediatez, aunque parezca una paradoja.
“No es que doblar una camiseta o colgar un abrigo sea difícil, pero para una mente agotada, incluso las tareas más simples, pueden parecer una montaña”, agrega el artículo. Un estudio de 2017 publicado en la revista científica Clinical Cognitivism, asocia la procrastinación con altos niveles de ansiedad y estrés.
Otra de las funciones emocionales es considerar a la silla en una especie de refugio. “Al final del día, cuando el cansancio pesa más que la disciplina, colocar con cuidado cada prenda en su sitio puede parecer algo innecesario. Entonces, la ropa se deja caer, literalmente, sobre el primer lugar disponible”, añade Men`s Health.
La silla se convierte en una manera de decir “ahora no puedo con esto”.

En otros casos, la costumbre de apilar ropa no responde al estrés, sino simplemente a la falta de hábito. Quienes han crecido en entornos donde el orden no era prioritario pueden haber interiorizado una forma distinta de relacionarse con los objetos. En lugar de ver el desorden como algo negativo, lo perciben como un modo funcional de organizarse.
También existe un componente afectivo. Parece exagerado, pero muchas veces los objetos que no guardamos en su lugar están vinculados a emociones o recuerdos.
- Un vestido que nos recuerda una noche especial.
- Una camiseta que llevábamos en un momento decisivo.
- Unos vaqueros que ya no usamos pero que nos cuesta tirar a la basura o regalar.
Otro artículo, en El Heraldo, destaca que “el desorden no siempre está relacionado con la pereza, ya que la psicología lo interpreta como una respuesta emocional o cognitiva al entorno. Hay personas desordenadas para las cuales es todo un desafío la idea de ordenar, porque la tarea representa un esfuerzo adicional después de un día repleto de actividad y estímulos”.

La silla con ropa acumulada encima representa un espacio a medio camino entre el control y el desorden, entre aquello que fue usado y lo que aún tiene valor. Este rincón del cuarto funciona a modo de espejo con respecto a la relación que se tiene con las tareas pendientes y la gestión del tiempo.
—



