La educación en un mundo que aprende a no necesitarnos

Por momentos, la historia avanza como un error de tipeo que nadie corrige a tiempo, como si la prisa del presente nos impidiera volver sobre lo escrito. En medio de ese desajuste, la inteligencia artificial empieza a producir más con menos personas, mientras la educación sigue formando individuos para integrarse a un mundo que ya no garantiza que haya un lugar para todos. La vieja promesa de pertenecer empieza, así, a agrietarse.

El problema es, en primera instancia, económico y, en su raíz más profunda, pedagógico. Durante décadas, el sistema educativo descansó sobre la promesa implícita de que formarse era el camino de acceso a un lugar en la estructura productiva.

Aprender garantizaba, con matices, la posibilidad de ingresar, progresar y consumir. Esa secuencia -educación, trabajo, movilidad- organizaba tanto las expectativas individuales como el sentido colectivo del esfuerzo, y daba a la biografía una forma previsible, de narrativa casi perfecta. Hoy esa promesa se debilita y erosiona lentamente.

El avance de la automatización, especialmente en tareas cognitivas, transforma el empleo y jaquea las condiciones que daban sentido al proceso educativo. Cuando empresas reemplazan analistas, administrativos o creativos por sistemas capaces de aprender y ejecutar tareas en segundos, desdibujan la trayectoria que conectaba formación con experiencia. Las “puertas de entrada” al mundo profesional se cierran, y con ellas, una forma de iniciación social, una parte central del contrato social implícito de la educación.

En ese contexto, surge la necesidad intelectual de entender para qué educar, si el sistema puede prescindir de quienes educa.

La dificultad radica en un posible desfasaje estructural. La educación tiende, por naturaleza, a preparar para un mundo relativamente estable, con un horizonte hacia el cual orientarse. Pero cuando las transformaciones tecnológicas avanzan más rápido que la capacidad de redefinir los fines educativos, el riesgo es formar para un pasado que ya no existe o, peor aún, para un futuro que no incluirá a la mayoría.

Paradójicamente, el mismo proceso que permitió a las máquinas aprender obliga a repensar qué significa enseñar. Las nuevas tecnologías operan mediante exposición, ensayo y error. Aprenden como lo hacen los humanos en sus primeras etapas, en ese territorio incierto donde equivocarse es un método.

Sin embargo, mientras las máquinas incorporan esta lógica flexible, buena parte de los sistemas educativos privilegia respuestas correctas por sobre preguntas relevantes, eficiencia por sobre comprensión y adaptación por sobre pensamiento crítico.

Un mundo que reduce la fricción en los procesos económicos optimiza decisiones, elimina errores y automatiza cualquier elección puede volverse, al mismo tiempo, menos propicio para el aprendizaje humano, que necesita precisamente de la fricción entre la duda, el ensayo, la equivocación, el pequeño tropiezo que obliga a pensar. Si todo se vuelve inmediato y perfecto, ¿dónde queda el espacio para demorarse y comprender?

La historia sugiere que cada revolución tecnológica redefine qué capacidades tienen valor. La actual no parece ser la excepción. Pero a diferencia de transformaciones anteriores, esta no sólo desplaza habilidades, sino que cuestiona la centralidad misma del trabajo como organizador social. Y si el trabajo deja de ser el eje, la educación pierde su principal ancla, queda a la intemperie de su propio sentido. Esto la obliga a redefinirse, a pensarse a sí misma como un fin.

Formar ya no puede significar únicamente preparar para producir. Tampoco alcanza con enfatizar “habilidades del siglo XXI” si estas son rápidamente absorbidas por sistemas automatizados. El propósito, más profundo, es educar para comprender, para deliberar, para participar en un mundo donde las reglas aún no están del todo escritas, y donde comprender puede ser más decisivo que ejecutar.

De tal modo, la educación recupera una dimensión muchas veces relegada, que es su función como espacio de construcción de sentido. Si el mercado ya no garantiza integración, la escuela debe asumir el ambicioso rol de formar criterio, autonomía y capacidad de pensar en contextos inciertos, es decir, formar sujetos capaces de habitar la complejidad, de adaptarse a ella.

El riesgo mayor es responder a la automatización con inercia. Persistir en modelos educativos diseñados para una realidad que se desvanece puede resultar más costoso que el cambio tecnológico que se busca acompañar, porque implica sostener una ilusión. Lo que se necesita, más a las claras, es promover la imaginación.

Porque si el mundo aprende a no necesitarnos, el planteo educativo abandona la premisa de cómo insertarnos y adopta una más exigente que es cómo dotarlo de sentido aun en nuestra aparente prescindibilidad. ¿Qué tipo de personas queremos formar cuando la inclusión ya no está garantizada por el sistema?

Responderlo es una decisión política, cultural y pedagógica. Como tal, no admite automatización, atajos ni delegaciones posibles

fuente: CLARIN

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adblock Detectado

Considere apoyarnos deshabilitando su bloqueador de anuncios