
En Principios de filosofía, René Descartes describió la filosofía como un árbol cuyas raíces son la metafísica, el tronco la física y las ramas las demás ciencias. Aunque su concepción no prosperó, la metáfora demostró ser muy pregnante y durante siglos usamos esa imagen para pensar cómo cada generación agregaba nuevas ramas alimentadas por la experiencia, la observación y el contacto con el mundo.
La inteligencia artificial, en cambio, parece proponernos otra imagen. No la de un árbol, sino la de una serpiente que comienza a morderse la cola.
Hoy millones de personas le preguntan a ChatGPT, Gemini o Claude desde qué restaurante elegir hasta cómo interpretar una noticia o resolver un problema de salud.
Para responder, estos sistemas ya no dependen únicamente de los datos con los que fueron entrenados sino que también buscan información actualizada en la web.
La Inteligencia Artificial empieza a responder sobre el mundo utilizando textos que antes generó otra máquina.
El problema es que una parte creciente de esa web ya no fue escrita por personas, sino por los mismos algoritmos. En otras palabras, la inteligencia artificial empieza a responder sobre el mundo utilizando textos que antes generó otra máquina. Y esos textos, a su vez, pueden haber sido producidos a partir de respuestas todavía anteriores, en un círculo que comienza a cerrarse.
Se trata de un cambio en la ecología de la información. Hasta ahora los buscadores nos orientaban hacia una enorme diversidad de páginas escritas por periodistas, especialistas, aficionados, instituciones o personas entusiastas.
Ahora los asistentes de inteligencia artificial sintetizan esa información y la devuelven convertida en una única respuesta utilizando fuentes también de origen sintético.
Un trabajo reciente de investigadores de la empresa Graphite exploró qué ocurre cuando un asistente conversacional utiliza la web como fuente y esa web comienza a llenarse de respuestas generadas por otros asistentes.
En todas las simulaciones surgía una suerte de “colapso de búsqueda”, en el que las respuestas se homogeneizaban, tendiendo a parecerse cada vez más entre sí.
Y esos textos, a su vez, pueden haber sido producidos a partir de respuestas todavía anteriores, en un círculo que comienza cerrarse.
Así, el uróboro (el símbolo del Antiguo Egipto que muestra a una serpiente que se muerde la cola y forma un círculo cerrado) deja de ser una licencia literaria para convertirse en una descripción precisa del problema. Cada vuelta del ciclo reduce un poco la diversidad original, cada respuesta alimenta la siguiente y los datos se reciclan sin fin.
Las consecuencias van más allá de una cuestión técnica: cuando todas las respuestas convergen hacia formulaciones similares, desaparece lo singular, las perspectivas menos populares, las experiencias locales y los enfoques inesperados.
La respuesta más probable desplaza lentamente a las respuestas más originales y perdemos toda fricción.
Y aquí no estamos hablando del futuro: Graphite estima que cerca de la mitad de las páginas con formato de artículo disponibles en internet fueron generadas principalmente mediante inteligencia artificial.
La serpiente sigue creciendo y moviéndose pero no avanza mucho sino que gira sobre sí misma, convencida de que recorrer el mismo círculo una y otra vez es lo mismo que descubrir un mundo nuevo.
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fuente: Inteligencia Artificial: cuál es el verdadero origen de las respuestas a nuestras preguntas”> GOOGLE NEWS



