
Serán las playas sobre el Atlántico y el Pacífico, los volcanes, la jungla tropical, la amabilidad de la gente, la naturaleza desbordante y una biodiversidad increíble. O, quizás, una combinación de todos estos factores.
Mientras el avión aterriza en el aeropuerto Juan Santamaría, en San José de Costa Rica, nos proponemos descubrir por qué este pequeño país centroamericano atrae cada vez más argentinos.
“En 2025 recibimos 32.443 turistas argentinos, con un crecimiento de 29,7% respecto a 2024. Y en los primeros meses de este año también crece a dos cifras. El turismo argentino despegó considerablemente el año pasado, con el mayor incremento entre los mercados de Sudamérica”, dirá unas horas más tarde Ireth Rodríguez, jefa de Promoción Turística del Instituto Costarricense de Turismo (ICT), en un desayuno previo a la apertura de Expotur, la mayor feria de turismo del país.

Por su parte, el Director de Mercadeo de ese organismo, Óscar Saborío Ramírez, señaló que en ExpoTour 2026 hubo casi 17 operadores de Argentina -“un número importante”-, y dio una pista esencial para nuestra búsqueda: “Lo que nos distingue en el mundo es nuestra gran biodiversidad; por eso prácticamente todas nuestras actividades de turismo están relacionadas con la naturaleza. Biodiversidad, naturaleza, aventura, relajación, bienestar”.
Del volcán a la ciudad
Y todo -los volcanes, la jungla, las playas- está cerca, a un paso. Una excursión desde el centro de la capital, San José, al volcán Irazú, por ejemplo, no lleva más de una hora, y es otro mundo; del ajetreo de la ciudad a la tranquilidad de praderas verdes, vistas a las montañas y silencio.

El Irazú -Parque Nacional- tiene 3.432 msnm y es el más alto del país, aunque mide apenas un poco más que el cercano Turrialba, que esta mañana se asoma de a ratos entre las nubes, con su cima a 3.340 metros. El Turrialba uno de los volcanes activos del país, junto a uno de los más famosos y visitados, el Poás, también cerca de la ciudad.
“La mayor parte, diría el 99% de las zonas altas del país, están totalmente protegidas, porque en países como Costa Rica, ubicado 10 grados norte del Ecuador, son las generadoras de agua: las nubes pegan sobre las partes altas y producen agua en forma constante por condensación, llamada lluvia horizontal”, explica nuestro guía, Diego Soto, conocedor del país como pocos.

Y todo mientras vamos descendiendo por las hermosas laderas del volcán, con fantásticas vistas a laderas verdes y, abajo, el valle de Cartago, ciudad que supo ser primera capaital del país, hasta que la naciente oligarquía cafetalera decidió trasladarla a San José.
En los alrededores vemos cabañas y restaurantes que se suelen llenar los fines de semana, porque estas laderas -como las de otros volcanes- son destinos de escapadas de fin de semana, o por el día.
Ya el enigma está casi descfirado: la pista que buscábamos aquí está escrita en clave verde, porque la conservación de la naturaleza no es casual, sino fruto de una decisión política que lleva años, y que se sigue profundizando.
Claro que también hay ciudades con hormigón y altos edificios, como San José, que vale la pena recorrer por sus varios y muy interesantes atractivos, especialmente el espectacular Teatro Nacional: inaugurado en 1897 al calor de la oligarquía cafetalera, que buscaba un teatro lírico a nivel d los mejores de Europa, suma mármol de Carrara, oro de 22 quilates, esculturas y pinturas, entre ellas la famosa “Alegoría del café y el banano”, de Aleardo Villa.
Justo al lado, merece otra visita el Museo del Oro Precolombino, construido en forma subterránea -12 metros bajo tierra- para no tapar la vista a, justamente, su ilustre vecino.
Rumbo al Caribe tropical
Pero inevitablemente el foco de un viaje por este país de 51.100 km2 -casi como la provincia de Jujuy- se centra en la naturaleza, omnipresente y celebrada. No en vano los ticos se saludan con un musical “Pura Vida”, que, nos explica nuestro guía, representa “una forma de vivir, más simple, consciente y en armonía”. Con la naturaleza y entre las personas, porque la amabilidad contagiosa y natural de la gente, sin excesos, sin sonrisas forzadas, es otro de sus valores.
Pero como el foco es la naturaleza, partimos a uno de sus clásicos destinos, en la costa norte del Caribe costarricense: Tortuguero, un pueblo ubicado en el parque nacional del mismo nombre, una región de agua y selva que, por su gran biodiversidad, es ideal para la observación de aves y animales. Y famoso sobre todo por proteger una de las playas de anidación de tortugas verdes más importantes del hemisferio occidental.

Luego de pasar por los pueblos de Guápiles y Guácimo, en Siquirres tomamos la ruta 806 hasta Caño Blanco, un puerto donde cambiamos de transporte, porque de aquí en adelante, por unos días, no veremos más rutas ni calles; todo será por agua, como en una “Venecia tropical”.
Dejamos el bus y subimos a una lancha-colectivo que, primero por el río Parismina y luego por otros ríos y canales, navega dos horas hasta el pueblo de Tortuguero, en un inmenso y fascinante mundo verde.
El Parque Nacional Tortuguero se creó en 1970 y hoy suma 77.000 hectáreas, la mayoría de las cuales (50.200) son marítimas y el resto, terrestres. O terrestres a medias, se podría decir, porque lo que abunda aquí es agua: una gran red de lagunas, estuarios y canales.

Los hoteles se ubican en estrechas franjas de tierra entre ríos o entre un río y el mar Caribe, aunque atención: este Caribe no es el de las postales perfectas, que en Costa Rica sí existe pero hacia el sur, hacia la frontera con Panamá; aquí, en el norte, el Caribe es un mar bravo y peligroso.
“Hay corrientes muy fuertes, además de rayas e incluso cocodrilos, que van y vienen entre el agua dulce y salada”, nos advierte Diego, y grandes carteles que se suceden en la playa piden “no nadar” y explican cómo escapar de las fuertes corrientes de retorno.
Aquí la playa es para las tortugas; tanto las adultas, que entre julio y octubre llegan por las noches a desovar –se pueden ver en excursiones nocturnas con guías y luces infrarrojas-, como las bebés, que recién nacidas surgen de la arena y se apresuran hacia el mar.
Entre caimanes y “monos despertador”
“Mañana los van a despertar de manera especial”, nos había anticipado el guía al llegar al hotel, el Mawamba Lodge, situado, como todos, a orillas del río. Y no son aún las 6 de la mañana cuando un fortísimo rugido nos pone los ojos como el dos de oro. Por un segundo, el cerebro aún confundido por el sueño nos da la imagen de un T-Rex hambriento deambulando por los jardines del hotel.
Pero no, es un mono aullador -es el macho el que grita por las mañanas- inofensivo pero con un grito intimidante. Tal vez nos avise que se viene la hora de desayunar y partir a nuestro primer safari de observación de flora y fauna.

Salimos por un concurrido río por donde van y vienen lanchas con turistas y provisiones para el pueblo y varios lodges en la jungla, y nos vamos internando en ríos más tranquilos disfrutando del espectáculo de la naturaleza: decenas de mariposas, aves -un anhinga secando sus alas por aquí, un martín pescador alerta por allí, jacanas, en lo alto águilas y tucanes-, además de basiliscos -a los que llaman “lagartijas jesucristo”, porque pueden caminar sobre el agua-, caimanes, cocodrilos, varias especies de monos, un perezoso en lo alto de un árbol, iguanas y más.
La experiencia se vuelve más cercana y emotiva cuando dejamos la lancha y subimos a kayaks para remar en silencio, a la sombra de majestuosos árboles cuyas copas se elevan más de 30 metros.
La mejor vista del lugar se obtiene desde la cima del cerro Totuguero, una curiosidad geológica que se eleva casi 120 metros, como una gran roca solitaria, sobre el bosque tropical. El ascenso -al que nos acompaña el guía Henry Abraham Flores- lleva unos 40 minutos, y regala una gran postal de un mundo verde, ríos, la playa, el Caribe y, abajo, el pueblo de San Francisco entre la jungla.

Al regreso nos espera otra sorpresa: una espectacular cena en el restaurante Katonga, del Mawamba Lodge: no es uno más, sino el único restaurante flotante de la zona, que navega por el río mientras los comensales disfrutamos de un menú de cuatro tiempos a bordo, acompañados por las luces del pueblo y los hoteles reflejadas en las aguas.
Es como un cierre perfecto para esta incursión en la naturaleza, que más tarde seguimos explorando no muy lejos, en el ecolodge Tilajari, ubicado en Muelle de San Carlos, en la zona centro-norte del país.
Allí, la frutilla del postre será el encuentro cercano con un perezoso en plena noche, pero eso ya es parte de otra historia.
MINIGUÍA
Cómo llegar
• No hay vuelos directos de Buenos Aires a San José. Las mejores opciones son LATAM (vía Lima), Avianca (vía Bogotá) y Copa Airlines (escala en Panamá); desde US$ 581 ida y vuelta, con bolso personal y equipaje de cabina.


Dónde alojarse
• En San José, Crowne Plaza (4 estrellas): habitación doble Standard, desde US$ 147 por noche; con desayuno, US$ 199.
• En Tortuguero, Mawamba Lodge: habitación doble con desayuno, entre US$ 120 y US$ 350, según la temporada. En octubre, desde US$ 138.
• En Muelle de San Carlos, Tilajari Eco Lodge: desde US$ 75 la doble con desayuno.
Cuánto cuesta
• Flotada por el río Peñas Blancas con almuerzo en finca Don Pedro, US$ 90 por persona.
• Tour de 3 horas por finca Sirapiquí con almuerzo, US$ 50.
• Entrada al Parque Nacional Tortuguero, US$ 18.

Moneda
Es el colón, que cotiza a 454 por dólar. Se aceptan dólares prácticamente en todos lados, aunque el vuelto se da en colones.
Dónde informarse
• es.visitcostarica.com
• @visit_costaricaes
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