El hijo premium y los inmunes al miedo

Una pareja de profesionales urbanos, exhausta, calcula si podrá pagar la colonia, el inglés, la alimentación orgánica, el cumpleaños temático y la terapia emocional preventiva de su único hijo, concebido en un plan muy cuidadoso.

Mientras tanto, en el vagón de un tren suburbano, una familia viaja con cuatro niños, bolsas con algunos alimentos -predominan los panificados- y una tranquilidad que es propia de quienes asumen sus hábitos como algo inmodificable.

Las primeras sentencias serían que el problema es cultural y que las clases medias abandonaron la familia. Solo ejemplos de nuestra tendencia a transformar un fenómeno complejo en una fábula de índole moral, a asignar culpas elegantes.

Durante siglos fueron los herejes, luego los ilustrados, más tarde las feministas, después el marxismo cultural, Netflix, Tinder, la educación sexual, el psicoanálisis, la caída de la autoridad paterna o el gluten. Da igual. Las civilizaciones cansadas siempre encuentran un culpable disponible.

Una hipótesis sociológica dice que la baja natalidad occidental es consecuencia del abandono de los valores tradicionales. Otras presunciones: que las personas ya no forman parejas estables, que no creen en el sacrificio ni desean hijos, que son narcisistas, que prefieren el consumo y una forma de libertad replegada sobre los intereses inmediatos del yo.

La progresión dramática del cuento es más o menos esta: había orden, llegaron las tentaciones -sea el progresismo, el mercado, la tecnología o el individualismo-, cayó la comunidad, fin de la historia.

Sin embargo, cuando se observa con más cuidado, aparecen algunas grietas. Una primera, de índole filosófica, pone en foco los “valores tradicionales”, a riesgo de que sean mal vistos, como una sustancia eterna suspendida fuera de la Historia. La familia tradicional imaginada es, en gran medida, una construcción reciente. El matrimonio romántico, la familia nuclear y el padre proveedor son productos modernos, ligados al capitalismo industrial.

Umberto Eco advertía que una de las patologías del pensamiento actual consiste en inventar un pasado homogéneo que jamás existió. Toda nostalgia fabrica en retrospectiva una edad de oro.

Las familias de la sociedad de Occidente fueron durante siglos estructuras económicas. Se tenían hijos porque constituían una fuerza de trabajo y garantizaban la seguridad para la vejez y la continuidad patrimonial. La fertilidad era una necesidad material. El capitalismo industrial alteró esa lógica y las economías contemporáneas terminaron de transformarla.

La gran contradicción del discurso conservador contemporáneo es atribuir la crisis de la familia a cambios culturales, sin considerar cómo ciertas dinámicas económicas también modificaron profundamente la vida cotidiana y los vínculos.

El hijo pasó a convertirse en un producto de alta complejidad. Exige planificación estratégica y una inversión emocional y económica cuyo retorno nadie puede garantizar. La tradicional pregunta de si el niño sería una buena persona fue reemplazada por si desarrollará correctamente sus habilidades académicas, emocionales y sociales antes de cumplir los diez años.

Quienes niegan la explicación económica suelen ofrecer ejemplos que, sin advertirlo, la confirman. Dicen “los pobres tienen muchos hijos”, cuando en realidad existen comunidades que aún conservan redes familiares y formas de socialización menos individualizadas, con otra relación con el tiempo.

Sería ingenuo negar que las culturas contemporáneas han fortalecido una sensibilidad individualista; cuando la existencia se organiza en torno de los proyectos personales, los sacrificios que implica criar hijos resultan más difíciles de asumir. Pero convertir ese rasgo en una explicación suficiente equivale a confundir una dimensión de la realidad con la realidad completa.

Las sociedades urbanas occidentales produjeron individuos más autónomos, pero también más expuestos a la soledad y a la autoexigencia, obligados a diseñarse emocional, profesional, estética y sexualmente. En ese contexto, tener un hijo se convierte en una carga monumental porque las redes comunitarias que antes distribuían el esfuerzo – abuelas, tías, vecinos – se debilitaron y criar se volvió una tarea extenuante.

La educación revela esto con brutal claridad. La escuela contemporánea es percibida por muchos padres como un sistema altamente competitivo. En algunas ciudades, conseguir una vacante escolar adquiere la intensidad de un examen de admisión. Ellos saben (o creen saber) que cualquier error condenará a sus hijos a la marginalidad futura.

Cada decisión se vive con miedo. Una actividad extracurricular omitida puede parecer una oportunidad perdida. Y, como es sabido, cuando el miedo gobierna, el deseo puede disminuir. Paradójicamente, nunca hubo más discursos sobre el bienestar infantil y nunca fue tan angustiante la idea de tener hijos.

Por eso, el argumento conservador fracasa cuando reduce todo a “la pérdida de valores”. Porque incluso las parejas educadas y sanas tienen menos hijos que hace cincuenta años. Se trata de un cambio antropológico profundo.

Muchos de los mismos sectores que denuncian la decadencia familiar reclaman con fervor el arraigo mientras celebran dinámicas económicas que convierten la adaptación permanente en una virtud. Es como reclamar contemplación monástica en medio de la bolsa de valores.

Si Occidente tiene menos hijos, habrá que reflexionar sobre qué tipo de humanidad emerge de una civilización que convirtió incluso el amor, la crianza y el tiempo compartido en recursos escasos. También será un deber imaginar formas nuevas de comunidad capaces de equilibrar productividad, tiempo compartido y vínculos humanos duraderos.

fuente: CLARIN

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