
La expansión del cultivo hacia nuevas regiones y el avance de las siembras tardías ayudaron a estabilizar la producción, pero también abrieron la puerta a nuevos problemas sanitarios. ¿Por qué aumentan las pudriciones, el vuelco y las micotoxinas? ¿Qué estrategias serán clave para enfrentar este escenario?.
Durante los últimos años, el maíz argentino logró consolidar una mayor estabilidad productiva gracias a la expansión del cultivo hacia nuevas zonas y al crecimiento de las siembras tardías. Sin embargo, esa transformación del sistema productivo también tuvo una contracara que comienza a preocupar cada vez más a técnicos y productores: el incremento de enfermedades, plagas y micotoxinas que afectan tanto el rendimiento como la calidad comercial e inocuidad del grano.
Ese será uno de los principales temas que abordará el reconocido fitopatólogo Marcelo Carmona durante el XIII Congreso Nacional de Maíz «50 años pensando el futuro», que se realizará los días 26 y 27 de agosto en Pergamino.
En su conferencia analizará cómo la evolución del cultivo modificó el mapa sanitario y obligó a replantear las estrategias de manejo.
«La sanidad del maíz no es estática: es un sistema complejo y dinámico que exige estrategias de manejo integradas, sustentadas en la investigación, la experimentación y el monitoreo permanente», sostuvo Carmona.
Entre los problemas que hoy concentran la atención figura el aumento de las pudriciones del tallo y de la espiga, fenómenos que además incrementan el riesgo de vuelco de las plantas y pueden traducirse en pérdidas económicas durante la cosecha.
El especialista también pondrá el foco en Fusarium verticillioides, uno de los patógenos más relevantes para el cultivo, debido a que además de provocar pudriciones puede favorecer la presencia de micotoxinas en los granos, comprometiendo su calidad e inocuidad.
Según explicó, muchas de las consultas que recibe actualmente giran en torno a una misma inquietud: por qué estos problemas sanitarios se presentan con mayor frecuencia y qué prácticas realmente permiten reducir su impacto.

Para Carmona, la respuesta pasa por comprender que el propio sistema productivo cambió. La incorporación de nuevas regiones agrícolas y el incremento de las siembras tardías contribuyeron a estabilizar los rendimientos, pero también generaron ambientes más favorables para el desarrollo de enfermedades, plagas y la acumulación de micotoxinas.
Frente a este escenario, insistirá en que las decisiones de manejo deben apoyarse en evidencia científica y en estrategias integradas que contemplen el monitoreo permanente, la investigación y la experimentación como herramientas para anticiparse a los nuevos riesgos.
«El maíz cambió, los riesgos sanitarios también, y las decisiones de manejo deben basarse en evidencia científica», resumió Carmona.




