
Si realmente alguien optó amar una camiseta porque esa camiseta te gana tres campeonatos por año y se nutre de figuras millonarias e incluso convoca multitudes, ese alguien, pobre de él, no sabe lo que es el amor. Porque el amor, ante todo, no se nutre de los grandes momentos de estrellato y luces de neón, de los éxitos y victorias que de tantas se vuelven deslucidas; no se alimenta, el amor, de la gloria inacabada. Por el contrario, el amor se aprende y fortalece en la adversidad. En ese hogar en donde un día no hubo para comer, en esas vacaciones soñadas que hubo que suspender, en el auto con las cubiertas lisas que, aun así, en lo precario de lo material, te conduce a la felicidad. Prueben: la medida del amor está en las escasez. No en vano el algarrobo da más vaina cuanto menos agua recibe: supervivencia se llama; ponga huevo y vaya al frente también se le dice.
Todo eso para decir que lo que sentimos gran parte (todos) de quienes amamos a Belgrano es un amor nacido en tierra yerta, florecido en el rigor del desierto, madurado en la desdicha. Cada tanto recordamos el primer clásico -que ganamos-, el Nacional del ’68 y el Regional del ’86 y todo eso que suma en materia de ¿éxitos? deportivos. Pero estamos seguros que sin esos logros, la medición improbable del amor marcaría el mismo nivel de locura. ¿Existirá alguna hinchada que cante que no viene a la cancha por ser campeón, sino sólo porque lo quiere? Bueno, eso cantamos:
No vengo por salir campeón / vengo porque te quiero.
Yo vengo para recordar / a los que ya se fueron.
Doy gracias a todos los que dejaron la vida / esta barra no se olvida / los lleva en el corazón.
Por Belgrano viviré / donde juegues te alentaré / ni la muerte va a poder / desde el cielo te alentaré.
El domingo, sea el resultado que sea, ya es histórico. De todos modos, no se puede ocultar que el deseo del pueblo celeste es, por una vez en 121 años, tener una linda cena como todo persona sueña y merece, hacer esas vacaciones en familia tantas veces planificadas, cambiarle las cubiertas al R12 para que se luzcan en el barrio. Se lo merecen los Orgaz y Rosario Soria, Salvador Martínez y Ernesto Barabraham; se lo merecen los miles que se bancaron la quiebra y los descensos pero que, ante todo y en la adversidad, aman una identidad que tiene un color, un barrio y un escudo que jamás se traicionó. Y eso D10S lo sabe bien: en él y en los once que llevan el cielo como bandera confiamos.
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