
Solo con buenas ideas es posible abarcar una historia tan vasta como la de la llamada música clásica. Y Alessandro Baricco (Turín, 1958) las tiene. Además, y lo que es tal vez más importante, puede hilarlas en un relato que se despliega como ensayo crítico, fábula antropológica, crónica histórica o semblanza biográfica, según el momento y el caso lo requieran.

Su Breve historia herética de la Música Clásica tiene de historia la fiabilidad de los datos y fuentes, y tiene de herética la lectura oblicua de esa leyenda de grandes creadores, revoluciones estéticas y proezas artísticas. Con devoción infiel, Baricco llega a una nueva narrativa de la música clásica que, sin ser un iconoclasta, logra acercar ese monumento a veces intocable a un presente donde la búsqueda de la belleza parece haberse detenido.
El de Baricco no es un ejercicio vanidoso, sino la asunción de una demanda. Hay algo insatisfactorio en la historia canónica de la música clásica que el autor italiano pone en términos de pistas y códigos que han permanecido ocultos, y un relato demasiado rígido, encorsetado en preconceptos.
No es falta de información. Sino, por el contrario, la ausencia de un nuevo pensamiento que dé sentido a tanta leyenda. Alguna lógica que revele por qué, en un tiempo relativamente corto, la humanidad pasó de asistir a los sonidos como prodigios de la naturaleza hasta escribir obras como Le Sacre du Printemps de Stravinsky.
Descubrimiento y dominación
En esta empresa, Baricco emplea las ideas de descubrimiento y dominación, en lugar de creación. De esforzados y talentosos aventureros del sonido antes que genios. Para el autor de Seda, la historia de la música europea es la genealogía del cercamiento de un misterio, de la manipulación de un afluente. Es la narración de cómo una comunidad particular de seres humanos logró domar los sonidos y llegó a usufructuarlos en su beneficio, espiritual y social.
Hasta utiliza una metáfora de la antropología para englobar el relato: una progresión que va de las comunidades nómadas recolectoras hasta el orden económico de la agricultura, un desarrollo en el cual los humanos aprenden a domesticar la naturaleza y luego a explotarla.
Pero es solo un escenario. Las ideas de Baricco, presentadas con aparente ligereza y sucinta elocuencia, van más allá. Propone pensar el desarrollo de la música como una “solemne oscilación” antes que una linealidad progresiva. Un vaivén entre la idea de una armonía cósmica derivada de Dios y la noción, más pragmática, de múltiples sonidos que los humanos adoptan y trabajan hasta convertirlos en un lenguaje propio.
Si, en el principio, los sonidos eran un misterio, hacia el siglo XIX eran un edificio tan rígido que solo podía desmoronarse en mil pedazos. Es el devenir de la música, pero también el de la humanidad. Baricco lee en ese derrotero las formas en que los hombres se relacionan con los fenómenos de la naturaleza.

Al inicio, adivinando en ellos las señales dejadas por Dios como pistas de la perfección, según los griegos y más tarde los romanos. Luego, reuniéndolos como ofrendas de esa divinidad que debían ser retribuidas, en lo que llama “La Primera Música”: el Canto Gregoriano y las primeras polifonías.
Y más tarde, con cada vez mayor intensidad, una insistente determinación por dominar los recursos del sonido para usarlos como vehículo estético de las grandes conquistas intelectuales del hombre.
A contrapelo del canon, la cronología de Baricco está hecha de gestos instintivos, avances anárquicos y grandes verdades seguidas de retractaciones. Evita proyectar el encuadre mental contemporáneo a las músicas de la prehistoria tanto como caer en las trampas de las categorizaciones y saltos de calendario. No olfatea los rastros del progreso cuando la noción ni siquiera existía, ni busca pioneros cuando todavía no se concebía la idea de autoridad sobre los sonidos.
Con agudeza, marca que la evolución musical entre la polifonía y la irrupción de Beethoven, por ejemplo, tomó quinientos años no por lentitud sino por constituir una “pequeña eternidad”: aquellas comunidades musicales no ansiaban el progreso que regía la disciplina del genial compositor alemán. Situarla en línea con la música de los siglos XVIII y XIX, dice Baricco, es un error irreparable: “es una forma de no volver a entenderla nunca más”.
La decadencia de esa “primera música” tampoco puede ser vista como un colapso civilizatorio, según el autor. Para él, la música que satisfizo a los humanos durante cinco siglos podría haber perdurado por siempre.
Desorden creativo
Pero si quedó atrás fue porque surgió, hacia el siglo XVI, un desorden creativo posibilitado por las nuevas ideas del bajo continuo, la armonía y el concierto. Luego, la seconda prattica de Monteverdi inaugurará la idea de que la música podía describir las vicisitudes espirituales de los humanos, no solo reflejar la armonía divina.
Baricco llama Big Bang al período que va de 1710 a 1730. Se publican los concerti grossi de Arcangelo Corelli, el Tratado de Armonía de Jean-Philippe Rameau y Bach presenta el primer volumen de El clave bien temperado. Aparece el fortepiano y se despliega la era dorada de los instrumentos de cuerda.
Beethoven: Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55, «Heroica» – Otto Tausk – Sinfónica de Galicia
Y sobre todo, aparece la música por la música, sin utilidad litúrgica religiosa o pagana, con un orden racional y jerárquico que responde a las inquietudes de un nuevo tipo de actor social. Es un momento de florecimiento que, sin embargo, Baricco vincula con una de sus ideas fuerza: la convicción de que cada gran avance implica un gran renunciamiento.
Las potencialidades abiertas por el régimen de la tonalidad, con el temperamento igual y el teclado “completo” del piano, marcaron el camino hacia el paraíso perdido de la perfección que ofrecían las grandes sinfonías, pero en contrapartida trajeron el destierro de cualquier sonido que no acatara sus reglas. Va más allá, provocativo: define a la Música Clásica como una música “prefabricada”.
En su ajedrez, “componer una pieza musical equivalía a colocar en secuencia bloques prefabricados mientras se mantenía lo que Leopold Mozart definía, en italiano, como filo: una idea coherente de partida”.
Con el “jardín sonoro” de la Música Clásica, donde los acontecimientos se alineaban en paisajes sentimentales de una “elegancia controlada”, la experiencia humana encontró un lenguaje y los hombres una forma de relatarla. Baricco ubica el punctum en los últimos conciertos para piano de Mozart: es ahí, dice, donde la inmovilidad de la Europa aristocrática y el dinamismo burgués se encuentran en el mismo sonido.
Pero es la sinfonía Heroica de Beethoven (la Séptima), estrenada en abril de 1805, la que abre la era moderna. La crónica de los hechos resume el desplazamiento, asegura Baricco: primero interpretada en privado para un príncipe, luego para un banquero y por fin puesta a consideración del público. Es la secuencia de un movimiento que no tendrá vuelta atrás para la música, como tampoco quedará principio en pie luego de Beethoven.
Beethoven: Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55, «Heroica» – Otto Tausk – Sinfónica de Galicia
La intensa belleza de la obra del compositor nacido en Bonn define, para Baricco, una “visión” de la modernidad. Heroísmo, épica, violencia, dominio, fe en la técnica, sed de grandeza y triunfo de la libertad: con esos valores, perseguidos con tesón y entrega total, Beethoven designó una estética de la magnánima tarea del hombre moderno por crear un mundo nuevo. Y fundó la religión de la música.
Revolución de Beethoven
La revolución de Beethoven y su culto, en talentos mesiánicos como el de Richard Wagner, hicieron confluir el triunfo del hombre moderno con el desastre. Lo que siguió al extremismo emotivo de Wagner fue, según Baricco, una inevitable diáspora: lo que hemos dado en llamar música contemporánea.
En ella, el autor ve un “desorden espectacular” que sacó a la música de la torsión trituradora a la que la llevaron los músicos clásicos y los modernos. Es el tiempo en que Stravinski y Schönberg demuelen las catedrales de sus antecesores y fundan un “ateísmo musical sofisticado”.

Son las señas de un “acercamiento más suave” a la naturaleza de los sonidos que Baricco celebra como una audacia más ante la Música Clásica, a la que caracteriza como “espléndida” en su repertorio pero “invendible” desde lo ideológico. “Sería necesario”, concluye, “recuperar una formidable historia de talento y de imaginación, a menudo separándola de las promesas que la generaron y de las creencias que la alimentaron”.
Un final en el que Baricco no esquiva debatir el lugar que estas músicas ocuparon en las políticas de los Estados europeos durante el siglo XX, y el rol que cumple en un presente cuyo corazón “late en otra parte” y al son de otros ritmos.
Breve historia herética de la música clásica, de Alessandro Baricco (Feltrinelli Editores).
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