
lunes, 10 de agosto de 2026
10/08/2026 – En una nueva edición del ciclo “Un mundo artificial, ¿una sociedad más humana?”, Gustavo Béliz, miembro permanente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano y director y autor principal del Atlas de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Humano de América Latina y el Caribe, propuso una reflexión sobre uno de los grandes desafíos que plantea la revolución tecnológica: cómo aprovechar las posibilidades de la inteligencia artificial sin permitir que sus efectos económicos y sociales terminen desplazando a la persona humana.
El punto de partida de esta nueva conversación fue una imagen muy particular. Durante un viaje hacia Cafayate, Béliz se encontró con una montaña conocida como “El Titanic”, cuya forma recuerda a un barco hundiéndose. La imagen le sirvió como metáfora para pensar los riesgos de una tecnología que avanza a gran velocidad, pero que puede terminar siguiendo el mismo destino de aquel transatlántico si no advierte a tiempo los límites éticos y humanos de su desarrollo. “El Titanic se construyó pensando que era el barco más avanzado y tecnológicamente más apropiado del mundo y resultó que no percibió el iceberg que terminó hundiéndolo”, explicó.
El verdadero centro de la inteligencia artificial es el trabajo
La reflexión de Béliz tomó luego un camino profundamente vinculado con la realidad social argentina. Durante su visita a Cafayate, coincidió con la peregrinación de San Cayetano, patrono del trabajo, y encontró allí una imagen que le permitió unir distintos elementos de su análisis: el trabajo, los sectores más vulnerables, la educación y la inteligencia artificial.
Para el especialista, el trabajo debe permanecer en el centro de cualquier discusión sobre inteligencia artificial, especialmente cuando se piensa en los sectores más pobres. La tecnología no puede evaluarse únicamente por su capacidad de aumentar la productividad o reducir costos; también debe medirse por su impacto sobre las oportunidades laborales, la distribución de la riqueza y la dignidad de quienes trabajan.
Esta preocupación adquiere una dimensión internacional. Béliz mencionó una declaración impulsada por más de 3.500 economistas de distintas corrientes ideológicas que advierten sobre las consecuencias económicas y sociales de la inteligencia artificial y reclaman actuar ahora. El objetivo es que la transformación tecnológica no destruya puestos de trabajo sin generar alternativas, sino que pueda aumentar las oportunidades laborales mediante políticas redistributivas y una preparación adecuada de las sociedades.
No se trata de detener la tecnología, sino de decidir hacia dónde va
El debate, según Béliz, no debería plantearse en términos de tecnología sí o tecnología no. La cuestión fundamental es qué tipo de desarrollo tecnológico queremos construir y a quiénes beneficiará.
En este punto, la encíclica Magnífica Humanitas de Pope Leo XIV ofrece un criterio central: poner a Dios en el horizonte y al ser humano en el centro de las decisiones. Béliz vinculó esta enseñanza con los riesgos derivados de la concentración tecnológica y de los modelos de negocio que buscan maximizar la rentabilidad incluso cuando eso puede entrar en conflicto con el bienestar de las personas.
La preocupación es especialmente importante cuando se trata de grandes plataformas tecnológicas. El especialista recordó que la encíclica reclama decisiones públicas de largo alcance frente a intereses inmediatos de plataformas concentradas en pocas manos, particularmente cuando estos intereses pueden afectar a los menores. Detrás de esta advertencia aparece una tensión fundamental: mientras algunas empresas buscan resultados económicos inmediatos, las sociedades necesitan pensar en las consecuencias que estas tecnologías tendrán dentro de diez, veinte o treinta años.
El desafío de los monopolios tecnológicos
Béliz llamó la atención sobre el creciente poder de los grandes actores tecnológicos y la necesidad de evitar que la inteligencia artificial quede concentrada en pocas manos.
La discusión no se limita al control empresarial. También involucra la capacidad de las sociedades para decidir qué tecnologías adoptar, con qué reglas y bajo qué criterios. Cuando los algoritmos intervienen cada vez más en decisiones económicas, laborales, educativas y sociales, la regulación deja de ser un asunto exclusivamente técnico para convertirse en una cuestión de bien común.
Por eso el especialista insistió en que hay que actuar ahora, antes de que determinados modelos de concentración tecnológica se consoliden de manera difícilmente reversible. La declaración internacional de economistas que mencionó apunta precisamente en esa dirección: anticiparse a los efectos distributivos de la inteligencia artificial y diseñar mecanismos que permitan que sus beneficios lleguen a una mayor cantidad de personas.
La inteligencia artificial también interpela a la escuela
En medio de esta transformación, Béliz otorgó un lugar central a la educación. Citó el punto 147 de Magnífica Humanitas, donde León XIV plantea que “la escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital”, sino a ofrecer aquello que la tecnología por sí sola no puede proporcionar: tiempo compartido para aprender y relaciones confiables.
La afirmación supone una mirada profundamente humanista sobre la educación. En lugar de intentar que las instituciones educativas compitan con la velocidad de los algoritmos, se trata de fortalecer precisamente aquello que ninguna tecnología puede ofrecer de la misma manera: el encuentro personal, la escucha, la formación integral, la vida comunitaria y la capacidad de aprender junto a otros.
Béliz contó que este debate apareció con fuerza en encuentros realizados en Salta y también en la Universidad Católica de Santa Fe, donde docentes e investigadores están pensando nuevas maneras de utilizar la inteligencia artificial en la educación y en la economía. El objetivo, señaló, es que la tecnología se convierta en un vehículo para el bien común, la solidaridad y el desarrollo humano, y no solamente en una herramienta orientada a la rentabilidad.
Interioridad, unidad, amor y alegría
La propuesta educativa de León XIV incorpora además cuatro conceptos que Béliz presentó como verdaderas luces para atravesar la transformación tecnológica: interioridad, unidad, amor y alegría.
La interioridad resulta fundamental porque ningún docente puede transmitir valores profundos si no cultiva previamente su propia vida interior. La unidad invita a utilizar la tecnología para construir puentes y no para profundizar las polarizaciones. El amor recuerda que transmitir conocimiento no alcanza si no existe una relación humana detrás de ese proceso. Y la alegría permite evitar que el debate sobre la tecnología quede atrapado exclusivamente en el miedo, la crítica o el pesimismo.
En esta perspectiva, educar en tiempos de inteligencia artificial no significa simplemente enseñar a utilizar nuevas herramientas. Significa formar personas capaces de discernir, relacionarse, pensar críticamente y utilizar la tecnología con una finalidad que trascienda el consumo y la eficiencia.
La inteligencia aumentada no debe reemplazar al ser humano
Otro de los ejemplos abordados durante la entrevista fue el desarrollo de los llamados gemelos digitales. Béliz mencionó el caso del reconocido científico y futurista Ray Kurzweil, quien llegó a presentarse en una conferencia internacional mediante un avatar digital capaz de incorporar parte de su conocimiento y dialogar sobre cuestiones vinculadas con la inteligencia artificial.
También señaló que ya existen experiencias empresariales en las que agentes de inteligencia artificial participan junto a directivos humanos en reuniones y aportan sugerencias sobre decisiones corporativas. Estas herramientas pueden ampliar las capacidades humanas, pero plantean un interrogante decisivo: ¿qué ocurre si dejamos que las máquinas no solo nos asistan, sino que comiencen a determinar qué decisiones debemos tomar?
Para Béliz, el criterio debe ser inequívoco: la inteligencia artificial puede aumentar nuestras capacidades, pero el ser humano debe permanecer en el centro. De lo contrario, las decisiones podrían quedar determinadas por intereses de dominio, acumulación o rentabilidad, desplazando los valores que deberían orientar la vida social.
Una transformación que necesita esperanza
A pesar de las advertencias, la mirada de Béliz no es pesimista. Por el contrario, insistió en la necesidad de abordar este proceso con un espíritu de esperanza, especialmente ante la próxima visita del Papa León XIV a la Argentina.
La invitación, explicó, es a discernir y profundizar estos desafíos desde una actitud propositiva, recuperando precisamente aquellos valores que el Papa ha señalado: interioridad, alegría, amor y unidad. En este camino también evocó la figura de Edith Stein, cuya memoria se celebró recientemente y cuya vida constituye un testimonio de búsqueda de la verdad y profundidad interior en medio de uno de los períodos más oscuros de la historia.
Béliz recuperó una de sus frases: “Hay que dar a la vida interior el alimento que necesita, sobre todo cuando la actividad exterior es mucha”. La expresión adquiere una enorme actualidad en una época en la que la inteligencia artificial multiplica los estímulos, acelera los ritmos y puede saturar nuestra atención. Frente a esa velocidad, la vida interior aparece como un espacio necesario para recuperar el silencio, discernir y preguntarnos hacia dónde queremos ir.
En definitiva, el desafío no consiste simplemente en aprender a convivir con la inteligencia artificial, sino en decidir qué sociedad queremos construir con ella. La revolución tecnológica puede convertirse en una oportunidad para ampliar las capacidades humanas, generar nuevas oportunidades laborales y mejorar la educación, pero solamente si permanece subordinada a criterios éticos y al bien común. Como plantea Béliz, la pregunta fundamental no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino para qué queremos utilizarla y qué lugar estamos dispuestos a reservarle al ser humano en ese futuro.
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