
Porque si el mundo “es una porquería”, que no se note. Porquería, como escribió Discépolo y cantaba Gardel, no por una visión caprichosa, antojadiza o agorera. Más bien factual.
Enumeremos los “merengues” del siglo XXI: Gaza, guerra en Ucrania, guerra en Líbano, guerra en Sudán. Los que sí y que no con Irán. El Estrecho de Ormuz, acogotado. Cuba en las tinieblas. Bolivia “complicada”. Toque de queda en Ecuador. Narcos en México. Hantavirus, ébola… Haití. Más de 800 millones de pobres y un puñado de multimillonarios tech. Crisis climática, el miedo a la Inteligencia Artificial y, como frutilla: Trump 2.0.
“Que no se note” porque en medio del barro y “todos manoseados”, el “amigo americano” blande proyectos como si nada, de una dimensión paralela al mundo incinerado.
A saber: la ya célebre construcción de un salón de baile descomunal en la Casa Blanca, un “Arco del Triunfo” apoteósico en DC, el retoque del Estanque del Lincoln Memorial para que parezca una pileta de natación azul profundo, en vez de verde moho.
La nueva genialidad es una pista de aterrizaje para el Marine One porque el helicóptero presidencial quema el césped del Jardín Sur. Dato curioso si se recuerda que Trump arrancó parte del pasto, manzanos y rosales del Jardín de las Rosas y después lo llenó de pasarelas de piedra y cemento.
El helipuerto en cuestión, un círculo en granito negro de unos 30 metros de diámetro, compone la última pieza en la larga lista trumpista de proyectos concretos que desvía la mirada desde el escenario global convulsionado hacia un debate infinitamente más simple.
Dan Ingle, un vocero de la Casa Blanca citado por The New York Times, justificó que “el presidente Trump ha seguido realizando mejoras en la Casa Blanca y en todo Washington D.C. para beneficiar a futuros presidentes y a los estadounidenses”.
Levantar espectaculares decorados en momentos aciagos ha sido, después de todo, una antigua estrategia que los líderes a través de los tiempos han usado para sobrevivir.
Napoleón Bonaparte construyó el auténtico “Arc de Triomphe” cuando el caos político siguió a la revolución. Mussolini trazó avenidas gigantes y plazas ceremoniales. El régimen nazi convirtió la arquitectura colosal en un teatro político. Y Stalin construyó el Metro de Moscú… para “que no se note”.
Cantemos: “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también”.
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