
Vivir con un perro en una ciudad nos obliga a plantearnos el espacio que necesita realmente un animal para estar bien. Los últimos datos recopilados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que el 64,7% de la población reside en pisos o apartamentos, frente al 35,1% que vive en viviendas unifamiliares.
Aunque las razas pequeñas siguen teniendo un peso importante, los registros de la Real Sociedad Canina de España (RSCE) muestran un ligero regreso de perros de pastoreo y caza de mayor tamaño. El Setter Inglés continúa entre los más inscritos y razas como el Pastor Alemán o el Golden Retriever mantienen una presencia destacada.
La respuesta no depende únicamente de los metros cuadrados en los que se vivan. El nivel de actividad, la edad, el temperamento, las oportunidades de salir al exterior y la estimulación que recibe cada día también forman parte de la ecuación.

¿Los metros cuadrados determinan el bienestar?
La RSCE sostiene que un perro grande puede adaptarse a una vivienda reducida si sus necesidades están correctamente atendidas. Su presidente, José Miguel Doval, lo explica de forma gráfica: “Un ejemplar grande puede vivir perfectamente en un piso si se atienden sus necesidades, mientras que uno pequeño puede sufrir estrés o sedentarismo si no realiza suficiente actividad”.
El tamaño corporal y la necesidad de actividad no son equivalentes. Elegir un perro pequeño pensando únicamente que necesitará menos dedicación puede llevarnos a un error parecido al de descartar automáticamente uno grande por vivir en un apartamento.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) señala que el espacio importa, pero también lo hacen el enriquecimiento, el acceso al exterior, el ejercicio y las oportunidades de interacción social y con humanos.

¿Qué habría que compensar si el piso es pequeño?
Aquí aparece la parte práctica. Una vivienda no tiene por qué funcionar como el principal lugar donde el perro satisface todas sus necesidades físicas y conductuales. Si dispone de menos espacio dentro de casa, cobra todavía más importancia la calidad de lo que ocurre fuera de ella.
No se trata solamente de sumar minutos caminando. Los paseos ofrecen oportunidades para explorar, olfatear y relacionarse con el entorno. Dentro de casa pueden incorporarse actividades de búsqueda de comida, juguetes interactivos o ejercicios de aprendizaje adaptados al individuo.
La investigación sobre enriquecimiento ambiental también apunta en esa dirección. Diferentes trabajos han observado que proporcionar estímulos y oportunidades de interacción puede favorecer indicadores de bienestar, aunque la respuesta varía considerablemente entre perros y no existe una receta universal.
De hecho, dos perros que pesan 30 kilos pueden tener necesidades muy distintas dependiendo de su genética, edad, salud, experiencias previas y personalidad.
La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales obliga a mantener a los animales de compañía en condiciones que garanticen su bienestar y desarrollo saludable y contempla expresamente el respeto de sus necesidades fisiológicas y etológicas. La norma, por tanto, no reduce una convivencia adecuada a una cifra de metros cuadrados.
Por eso, un piso grande no compensa por sí solo una vida escasa en paseos, interacción y estímulos, de la misma manera que una vivienda pequeña no implica automáticamente un mal bienestar.
Casandra Maggio
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