
El 23 de agosto de 1926, Rodolfo Valentino murió en Nueva York. Tenía 31 años, el cine todavía era mudo y él era una de sus mayores estrellas.”
Al día siguiente una multitud se abalanzó sobre la funeraria donde lo velaban. Hubo vidrios rotos y la policía debió contener a la gente: 100.000 personas pasaron por las calles para despedir al actor más deseado del mundo.
Y no es que dentro de la casa velatoria tampoco había mucha calma. Pola Negri, actriz polaca, amante de Valentino y supuesta futura esposa, se desmayó junto al féretro. El servicio fúnebre contrató a cuatro actores para que, vestidos como Camisas Negras, se hicieran pasar por una guardia de honor fascista enviada por Benito Mussolini. Era mentira.

Es que alrededor de Valentino ya circulaban tantas historias exageradas o imposibles de comprobar como películas había protagonizado: admiradoras que intentaban suicidarse, romances, escándalos, rumores sobre su sexualidad. Una postal de la época directamente lo mostraba llegando al cielo, donde lo recibía Enrico Caruso, el tenor italiano que antes que él había conocido una fama planetaria.
Pensemos en figuras trágicas de fama y éxito. James Dean: muerte joven + imagen congelada. Elvis Presley: histeria de masas + erotismo + imagen + fenómeno cultural. Faltaban décadas para ambos, pero el actor de El Sheik ya había ensayado buena parte de esa fórmula.
Valentino, el primer latin lover
Su nombre completo era Rodolfo Alfonso Raffaello Pierre Filiberto Guglielmi di Valentina d’Antonguella.
Y alcanzaba con una palabra: Valentino.
Nacido en Castellaneta, Italia, Valentino fue una de las primeras estrellas globales del cine y el hombre con el que Hollywood fabricó una figura que todavía se entiende sin traducción: el latin lover.

El historiador Sergio Pujol, en su ensayo Valentino en Buenos Aires – Los años 20 y el espectáculo, lo define como “el primer latin lover de factura cinematográfica”.
“Si bien Valentino encarna la figura del ‘macho’ que domina a la mujer, física y psicológicamente, también es el fetiche sexual al que se orienta el deseo femenino. Muy de los años 20: la mujer como sujeto deseante”, explica Pujol en el libro.
Y Hollywood encontró la película perfecta para venderla así. En El Sheik, Valentino era Ahmed Ben Hassan, un jeque que secuestra a Lady Diana Mayo, una chica inglesa independiente que no quiere saber nada con que un hombre decida por ella.
Desierto y rapto; deseo y dominación: vista un siglo después, la película enciende unas cuantas alarmas de corrección política. En 1921 encendía otras cosas.
La película fue también un antecedente del cine de aventuras en tierras exóticas que mucho después tendría títulos como Lawrence de Arabia, El viento y el león o Indiana Jones. Y su éxito fue tal que apareció “The Sheik of Araby”, canción que interpretaron músicos como Louis Armstrong, Django Reinhardt y hasta los Beatles.
El italiano que hizo de argentino y enseñó un baile prohibido
Pero la historia comienza antes del mito. Antes de llegar a Hollywood, Valentino había pasado por los salones de París y, ya en Nueva York, daba clases de baile a señoras mayores. El tango estaba de moda. Muy de moda: tanto que en Europa había obispos preocupados por aquella danza argentina en la que los cuerpos —escándalo— se tocaban.
Hasta Pío X terminó metido en el asunto. En 1914 circuló la historia de que pidió ver bailar un tango para medir cuánto pecado había allí.

En Los cuatro jinetes del Apocalipsis interpretó a Julio Desnoyers, un argentino vestido de gaucho que baila tango en La Boca. Es una de las escenas más famosas de su carrera y tiene una paradoja perfecta: el primer gran amante latino de Hollywood era italiano y alcanzó la fama mundial en la piel de un argentino.
Casi treinta años después, el tango y Valentino reaparecieron juntos en Sunset Boulevard, una de las grandes películas sobre la crueldad de Hollywood. Gloria Swanson interpreta a Norma Desmond, una antigua estrella del cine mudo encerrada con sus recuerdos y convencida de que todavía es famosa.
En un momento levanta el mentón, pone el brazo en posición de baile y recuerda que hizo colocar mármol en el piso para bailar tango con Rodolfo Valentino.
El director Billy Wilder pudo narrar lo que ocurrió cuando llegó el cine sonoro: los dioses enormes de la pantalla tuvieron que abrir la boca. Y no todas las voces combinaban con aquellas caras.
Valentino se ahorró la prueba. Los discos que dejó grabados permiten escuchar una voz aflautada, con fuerte acento del sur de Italia. Una voz pequeña para una imagen gigantesca. La clase de pesadilla que el clásico Cantando bajo la lluvia convertiría después en comedia.
Perfumes, joyas y un “párense de manos”
Valentino era un espectáculo incluso cuando no filmaba. Brazaletes, joyas de oro, perfumes fuertes, abrigos de chinchilla y el pelo engominado hacia atrás. Kenneth Anger, en su libro de historia y chismes Hollywood Babilonia, llamó a todo aquello su “pronunciada coquetería italiana”.
Los hombres de la época copiaban el look: a los que llevaban el pelo como él empezaron a decirles “vaselinos”.

Los diarios se burlaban de su estilo dandy y cuestionaban su masculinidad. Hubo rumores sobre su sexualidad. Cuando un periodista del Chicago Tribune lo señaló como afeminado, “Rudy explotó” y lo desafió a boxear.
El periodista no apareció. Valentino terminó enfrentándose con Frank “Buck” O’Neill, periodista deportivo del New York Evening Journal y boxeador amateur. Rudy tampoco era un improvisado: entrenaba con Jack Dempsey, campeón mundial de peso pesado y toda una celebridad deportiva.
La pelea fue en la azotea del Ambassador Hotel de Nueva York.
Ganó Valentino.
La prensa lo trataba de afeminado y Valentino terminó a las trompadas con un periodista en la terraza de un hotel de lujo. Cien años antes de Párense de Manos, Rudy ya había organizado su propia velada.
El Sheik: el primer indie
Rudy fue pasando de estudio en estudio y en cada salto consiguió mejores contratos. Llegó a United Artists, la compañía que habían creado Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y D. W. Griffith precisamente para tener más independencia de los grandes estudios. Después fundó su propia productora.
Valentino supo que ser una estrella también significaba controlar cómo se fabricaba Valentino. Decidía sobre su vestuario, el diseño, los escenarios y discutía decisiones estéticas. Se enfureció porque Sangre y arena (1922), uno de sus grandes éxitos, no se filmó en España.

La estrella ya no era solamente “la estrella”. Era también el pelo, las joyas, las fotografías, el cuerpo, los romances, los rumores y las peleas con los medios.
Entre la persona y el personaje aparece un héroe glam cincuenta años antes del glam: ambiguo, exagerado, hermoso, como salido de la tapa de un disco de David Bowie o T. Rex. Su muerte joven hasta podría entrar en una balada dulce, dark y americana de Lana del Rey.
Pujol lo resume mejor: “Lo que sobresale en Valentino es justamente el personaje, la máscara. Pero así funciona el star system: los actores no crean personajes, sino que los encarnan. Son más arquetipos que actores”.
La muerte de Valentino a los 31 años
Su última película fue El hijo del Sheik, de 1926. Volvió al personaje que lo había convertido en fenómeno y llegó a verla estrenada pocas semanas antes de morir .
Murió de una peritonitis el 23 de agosto. Una semana después, su amigo Henry Louis Mencken escribió quizá el retrato más triste de la distancia entre la estrella y el hombre. Valentino tenía aquello con lo que millones podían fantasear: dinero, fama, mujeres que lo deseaban, multitudes que gritaban su nombre.
Pero Mencken retrató a un hombre al que semejante éxito primero había desconcertado y después empezaba a aterrorizar. El sueño de millones se había convertido, para Valentino, en una pesadilla.

Cien años después, sus películas pertenecen a un cine que la mayoría nunca vio ni verá. Y, sin embargo, Valentino nos resulta extrañamente familiar: el cuidado de la imagen, la ropa, los rumores sobre su sexualidad, las peleas con la prensa, los fans desbordados y una muerte demasiado joven que terminó de convertirlo en mito.
Murió a los 31 años, sin llegar a escuchar su propia voz en el cine. Las películas estaban a punto de aprender a hablar.
Y las estrellas recién empezaban a aprender a ser como él.
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