Mundos íntimos. Un guardavidas ayudó a una mujer a ir al agua. Subí la foto y se viralizó. Sorpresa: la gentileza aún es un valor.

No soy influencer y menos que menos famosa. Tampoco tengo una cantidad inmensa de seguidores, pero hace unos meses subí un posteo a Instagram que se hizo viral y hasta se convirtió en noticia. Es decir, llegó a los diarios. Lo que más me sorprendió no fue el éxito de la publicación, medido en likes, sino la conversación que generó: en solo dos días casi mil personas participaron de un trabajo colaborativo y detectivesco para reconstruir la verdadera historia —que yo desconocía— detrás del relato.

Enero, Punta del Este, Uruguay.

Son las once de la mañana en la playa brava. La bandera está amarilla. El agua está helada, como siempre, y hace calor. Mucho calor.

Una señora de entre setenta y ochenta años está parada en la orilla por lo menos hace media hora. De a ratos avanza hacia el mar y sumerge los pies hasta la rodilla, no más, y regresa a la arena firme. En eso aparece el guardavidas.

Yo estoy sentada ahí cerca, así que escucho la conversación.

-¿Se quiere dar un baño, señora? —le pregunta.

Efecto. Esta es la imagen que Valeria Sol Groisman subió a Instagram y que tuvo enorme repercusión.

La mujer lo mira: ¿acaso no es obvio?

—Me gustaría, sí.

Épocas. El hijo de la señora de la foto (malla blanca y azul) en una imagen antigua con Augusto, el guardavidas, a su derecha.

—Agárrese de mi brazo —le dice, entonces.

—¡Qué pudor! —responde, pero acepta la gauchada.

Las imágenes muestran a la mujer y al guardavidas bañándose en el mar. No sé si es la primera vez que el chico ofrece este servicio: yo nunca vi cosa igual.

Al día siguiente, más o menos a la misma hora, el guardavidas va sombrilla por sombrilla.

—¿Alguien que tenga ganas de meterse al agua y no se anime?

Después dicen que los jóvenes de hoy…

La disfrutable levedad de mirar sin ser mirado.

Creo que la costumbre de escribir relatos mínimos a partir de escenas que veo o escucho viene de la época en que cursaba mi maestría en Periodismo. Tenía veintipico, estaba embarazada de mi hija mayor y daba clases en un terciario. Aunque ya en ese entonces lo que más me gustaba era la literatura, en mi trabajo seguía atada al universo de lo fáctico.

El profesor de las últimas dos horas de los viernes era Miguel Wiñazki, y una de las tareas que solía asignar a la clase consistía en ocupar un banco del Parque Lezama, observar los alrededores con detenimiento y tomar nota. El texto que debíamos entregarle no tenía que ser una crónica pura. Wiñazki no exigía datos, no esperaba que conversáramos con la gente ni que chequeáramos nada: podíamos divagar con absoluta libertad. Es decir, llenar los huecos, fantasear, inventar. Yo creo que nos quería entrenar en el arte de aflojar la mano, que, en definitiva, no es otra cosa que perderle el miedo a la hoja en blanco.

Para mí su clase era el paraíso. Wiñazki me habilitaba a hacer lo que yo disfrutaba sin tener que violar reglas ni mandatos. Abro paréntesis: al terminar la secundaria me anoté en Letras, pero mi papá me dijo que me moriría de hambre. En aquella época, la frase sonaba a destino y, entonces, me fui para el lado del Periodismo y la Comunicación. Cursé dos carreras en forma paralela, y ninguna de las dos me conformaba del todo. Con el tiempo les tomé cariño.

Recuerdo que uno de los trabajos que entregué consistía en un diálogo ficticio entre dos personas que —supuse— estaban enamoradas. La descripción de la fisonomía, la vestimenta y los gestos del hombre y la mujer era minuciosa, estrictamente veraz, pero el parlamento era producto de mi imaginación. En una escena los puse a discutir y al final los reconcilié. Yo estaba recién casada.

Desde entonces, el Ejercicio Wiñazki —así lo llamé— es parte de mi vida cotidiana. Me siento en un bar o en una sala de espera de un consultorio médico, y mi cabeza se llena de historias. Nombrar a los personajes, identificar y aislar sus particularidades, mover las piezas hasta que el relato toma forma. Todo eso incluye mi divertimento.

El mejor relato del verano.

Una estrategia de ese estilo fue la que puse en juego aquella mañana en la playa. Observé con ánimo de acumular detalles, capturé la escena con una foto, intenté escuchar de qué hablaban los protagonistas de la escena (solo alcancé a oír palabras sueltas), imaginé lo que faltaba, uní los cabos y, finalmente, apunté un primer borrador en la aplicación de notas de mi celular. Prefiero el papel —el sentido de una palabra o de una frase, para mí, se completa con la forma particular en la que queda plasmada la escritura en la hoja—, pero el teclado de bolsillo es bastante práctico. Resuelve. Siempre resuelve.

Lo que más me gusta del Ejercicio Wiñazki es el vértigo de la inmediatez. Se trabaja con lo que hay, no se sale a buscar nada. Podría definirse como una variante de la escritura automática, una técnica creativa —basada en el fluir de la conciencia— que surgió al interior del surrealismo, a principios del siglo XX. Lo que yo tenía era a un guardavidas ayudando a una mujer a bañarse en un mar revoltoso. Ese era el único hecho comprobable; y la foto, la evidencia. En algún momento pensé en acercarme y entrevistarlos, pero me dio fiaca: estaba de vacaciones.

Días más tarde publiqué en Instagram lo que había escrito sin mayor expectativa que recibir un par de likes y dos o tres notificaciones de los conocidos de siempre. Pero las redes son impredecibles. A los pocos segundos cayeron los primeros mensajes, que, en tono jocoso, buscaban averiguar en qué playa trabajaba el guardavidas joven y musculoso: “Qué parada es?”, “Yendo”, “Me enamoré”, “¿Dónde hay que anotarse?”, “Amarlo”, “Con ese guardavidas me arriesgo hasta con un tsunami”, “Daba ganas de agarrarse, tengas la edad que tengas”. Al rato empecé a notar que la publicación despertaba gratitud hacia el trabajo de los “guardianes de la bahía”, en referencia a la serie Baywatch, protagonizada por un joven David Hasselhoff.

También esperanza: “No todo está perdido”, “Me encantó, no se pierde la esperanza de que hay gente linda”, “Todo un ejemplo y esto lamentablemente no es noticia. Para mí es un notición. Bravo por el salvavidas”, “El mejor relato del verano”. Era todo aplauso, chiste fácil y servicio al consumidor de balnearios. Los likes se multiplicaban en cuestión de segundos, igual que los comentarios, que iban mutando como por oleadas. La gente aportaba datos de la playa, de cómo se comporta el mar en esa época del año y del trabajo de los guardavidas: “Por eso muchos les dicen bañeros. Hace muchísimos años acompañaban a las personas que querían meterse al mar, sobre todo a señoras, con esos trajes de baño largos hasta la rodilla y cofias de baño”, “Siempre vamos a esa parada (…) Hemos charlado con ellos (los guardavidas) y en particular con el de la foto. Es un joven del interior que ama el mar y le encanta su profesión”.

De un momento para el otro, para mi sorpresa, los mismísimos personajes de la historia irrumpieron en escena. Y cuando digo escena me refiero al feed de mi cuenta. Aparecieron el guardavidas, sus amigos, algunos vecinos de sombrilla que también habían sido testigos de la escena (“Lo vi en vivo. Divino gesto (…). Felicitaciones!”) e incluso una señora que buscaba sus cinco minutos de gloria y aseguraba ser la de la foto. En fin, nadie quería quedarse afuera.

Poco después escribió Soledad: “Soy hija de la señora de la foto. El guardavidas se llama Augusto. Todos los guardavidas de esa parada son un encanto. A saber, Agustín, el Taya y Carratu”.

Hasta ese momento yo no creía que el posteo diera para mucho más. Era poco consciente de la dimensión que puede llegar a asumir un relato mínimo, incompleto, anónimo y sin demasiada relevancia pública. Le agradecí a Soledad y me respondió enseguida: “Algún día te puedo contar la historia que hay detrás de ese guardavidas que ayuda a una señora mayor a saltar las olas. Quizás en ese pequeño acto la esté salvando del abismo”. Fue entonces que le dije que sí, que quería saber más.

El hermano de Soledad, campeón entrerriano de natación, había fallecido un año antes de cáncer a los 49 años. Era alto y de ojos grises, amante del río y del mar. Los números le hablaban y su fuerte era la negociación. Tenía dos frases de cabecera: “la vida es injusta” y “¿cuánto cuesta? ¿y por qué tanto?”. Antes de morir, expresó su última voluntad: quería que sus cenizas se esparcieran en la misma playa donde pasaba cada verano con su familia.

Los guardavidas de la Parada 8 —entre ellos, Augusto— fueron parte de la ceremonia de despedida.

“No es una gran historia —me advirtió Soledad casi al principio—, pero cuando vi la foto vino a mi mente una historia de resiliencia”. Sin saberlo, lo que yo capturé al azar fue el instante exacto en el que su mamá, tomada del brazo de Augusto, “estaba jugando con su hijo”, en palabras de Soledad.

A poco de cerrar esta nota, volví a contactarla. Le pedí que le preguntara a su mamá qué sintió en ese momento. La respuesta llegó enseguida —supongo que habrán estado juntas— y era muy similar a lo que me había comentado Soledad: bañarse en el mar, justo en ese lugar, representaba la posibilidad de “ir al encuentro de su hijo”. Y estaba contenta de haberlo podido hacer de la mano de Augusto, que había sido su amigo, pero que además la cuidó tal como lo hubiese hecho su hijo. Por último, me enteré de que no había sido ella la que le pidió que la acompañara en su aventura, sino al revés. Augusto “sabía cuál era el significado” de ese acto. Por eso se ofreció. No era una obligación, era su privilegio.

“Se viralizó nomás. Ser buena gente es noticia”, escribí horas después de subir el posteo, y fue ahí cuando Augusto se comunicó conmigo y me agradeció. “Fue un acto sencillo de mi parte, creo que este tipo de gestos amables deberían ser algo de todos los días. La verdad me impresionó la repercusión que tuvo. Gran parte es gracias a tu lindo relato”, me dijo Augusto a través del chat de Instagram. En ese mensaje se coló el nombre de la protagonista y recién me doy cuenta de eso ahora, que releo toda nuestra conversación. Para mí siempre será la señora de la foto.

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* Nota escrita por Valeria Sol Groisman con con la colaboración de Soledad Etchevere, la hija de la señora de la foto.

fuente: CLARIN

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