
Mientras gran parte de los análisis sobre defensa continúan concentrándose en la adquisición de plataformas, armamento o nuevos sistemas de armas, en algunos de los principales centros de estudios estratégicos del mundo la discusión ha cambiado de eje. Hoy el foco ya no está exclusivamente en qué capacidades poseen las fuerzas armadas, sino en cuán resilientes son frente a un conflicto prolongado, cómo integran nuevas tecnologías y qué tan rápido logran adaptarse a un entorno operacional que cambia prácticamente semana a semana.
Precisamente bajo esa lógica se desarrolló en Londres el seminario “Strategic Resilience: Deterrence, Modernization and Strategic Resilience in Latin America”, organizado conjuntamente por el Royal United Services Institute (RUSI) y el Department of War Studies del King’s College London, una de las escuelas de estudios estratégicos más influyentes del mundo.

La actividad reunió a investigadores, académicos, representantes de la industria de defensa y oficiales de diversos países para analizar cómo la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, la guerra electrónica, la transformación digital y la integración multidominio están modificando el carácter de la guerra.
Uno de los conceptos que más fuerza ha adquirido desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania es el de resiliencia estratégica.
Durante décadas, las fuerzas armadas occidentales concentraron gran parte de sus esfuerzos en desarrollar plataformas cada vez más sofisticadas, bajo la premisa de que la superioridad tecnológica garantizaría la victoria. Sin embargo, la guerra en Ucrania demostró que esa visión era incompleta.
Hoy resulta igualmente importante la capacidad para sostener el esfuerzo militar durante largos períodos, mantener funcionando las cadenas logísticas bajo ataque, proteger las redes de comunicaciones, asegurar la producción industrial, resistir campañas de desinformación y reemplazar rápidamente las pérdidas de material y personal.
En otras palabras, la resiliencia dejó de ser un concepto asociado únicamente a la gestión de crisis para transformarse en un componente central del poder militar. Ello implica que la defensa nacional ya no depende exclusivamente de las Fuerzas Armadas, sino también de la infraestructura crítica, la industria, las telecomunicaciones, la ciberseguridad, el sistema energético, el sector espacial e incluso la capacidad del Estado para mantener funcionando los servicios esenciales durante un conflicto.

No es casual que esta discusión se esté desarrollando precisamente en RUSI, institución que durante los últimos años se ha convertido en uno de los principales laboratorios intelectuales de la OTAN respecto de las lecciones que deja Ucrania.
Uno de los aspectos más relevantes del seminario fue el análisis de las transformaciones observadas en el conflicto ucraniano.
La guerra ha acelerado procesos tecnológicos que probablemente habrían tomado décadas en consolidarse.
Los drones dejaron de ser un apoyo táctico para convertirse en uno de los principales protagonistas del campo de batalla.
La inteligencia artificial comenzó a emplearse para procesar enormes volúmenes de información provenientes de sensores, satélites y vehículos no tripulados.
La guerra electrónica recuperó un protagonismo que muchos daban por superado tras las campañas occidentales de las últimas décadas.
La integración casi instantánea entre sensores y sistemas de armas redujo drásticamente los tiempos de decisión. Y la transformación digital pasó de ser un objetivo administrativo a transformarse en un requisito operacional.
Todo ello está modificando la manera en que se diseñan las futuras fuerzas militares.
Hoy ya no basta con adquirir una aeronave de última generación. La verdadera ventaja competitiva reside en la capacidad de conectar todos los sensores, plataformas y sistemas de mando dentro de una arquitectura común capaz de operar en tiempo real.
La presencia de oficiales chilenos desarrollando investigaciones precisamente en estas áreas permite observar una tendencia que la Fuerza Aérea de Chile viene consolidando desde hace algunos años.
Históricamente, la institución ha mantenido una fuerte orientación hacia la incorporación temprana de tecnologías, favorecida por la naturaleza altamente tecnológica del poder aéreo. Sin embargo, el escenario actual exige avanzar más allá de la simple incorporación de nuevos equipos.
Los estudios desarrollados por los oficiales chilenos en materias como sistemas aéreos no tripulados, transformación digital, innovación tecnológica y resiliencia estratégica apuntan precisamente hacia esa nueva dimensión.
No se trata únicamente de incorporar drones o inteligencia artificial. El verdadero desafío consiste en integrarlos dentro de una doctrina operacional coherente que permita aprovechar plenamente sus ventajas. En ese sentido, la formación académica en instituciones como RUSI representa un mecanismo para acceder directamente al debate doctrinal que actualmente está moldeando las futuras capacidades militares occidentales.
La transformación digital como cambio cultural
Uno de los errores más frecuentes consiste en interpretar la transformación digital únicamente como la incorporación de nuevos sistemas informáticos. En realidad, implica una profunda modificación en la forma de tomar decisiones.
Las organizaciones militares modernas requieren reducir los tiempos entre la detección de una amenaza, su procesamiento, la toma de decisiones y la ejecución de la respuesta.
Ello exige procesos altamente digitalizados, intercambio permanente de información y sistemas capaces de integrar múltiples fuentes de inteligencia. Pero también requiere un cambio cultural.
Las organizaciones excesivamente jerarquizadas, con procesos lentos y estructuras rígidas encuentran mayores dificultades para adaptarse a escenarios donde las decisiones deben adoptarse prácticamente en tiempo real. Ese es uno de los aspectos donde la experiencia internacional adquiere mayor relevancia.
Entre las áreas de investigación desarrolladas por los oficiales de la FACh destacan los Sistemas Aéreos No Tripulados (UAS). La experiencia en Ucrania confirmó que estos sistemas ya no constituyen una capacidad complementaria.
Actualmente cumplen funciones de reconocimiento estratégico, inteligencia, vigilancia, adquisición de blancos, ataque de precisión, guerra electrónica e incluso logística.
Los avances tecnológicos están reduciendo constantemente los costos de estas plataformas mientras aumentan su autonomía y capacidad de operación en ambientes complejos.
Todo indica que las futuras fuerzas aéreas operarán mediante una combinación de aeronaves tripuladas y no tripuladas, integradas dentro de un mismo sistema de combate.
La discusión ya no consiste en reemplazar pilotos por drones.
El verdadero desafío es construir una arquitectura donde ambos sistemas operen de manera colaborativa.
Otro aspecto abordado durante el seminario fue el creciente peso del espacio como dimensión operacional.
La observación satelital, las comunicaciones seguras, los sistemas de navegación y el monitoreo permanente del territorio constituyen hoy capacidades críticas para cualquier fuerza militar moderna.
Chile ha comenzado a avanzar en esta materia mediante el Sistema Nacional Satelital y diversas iniciativas relacionadas con observación terrestre.
Para la Fuerza Aérea, la integración entre capacidades espaciales, sensores terrestres, radares, aeronaves y sistemas no tripulados representa uno de los principales desafíos tecnológicos de la próxima década.
Otro aspecto que merece especial atención es el valor de este tipo de vínculos académicos.
Las alianzas entre instituciones militares y centros de pensamiento permiten acceder a investigaciones, metodologías y análisis que difícilmente podrían desarrollarse de manera aislada.
RUSI mantiene una estrecha relación con gobiernos, fuerzas armadas, universidades e industria de defensa, convirtiéndose en un espacio privilegiado para anticipar tendencias estratégicas antes de que se materialicen en programas concretos de modernización.
Para una fuerza aérea de dimensiones relativamente acotadas como la chilena, este tipo de cooperación representa un importante multiplicador de capacidades intelectuales.
Aunque Hispanoamérica no enfrenta actualmente conflictos interestatales comparables con los observados en Europa Oriental, ello no significa que pueda permanecer ajena a estas transformaciones.
Las nuevas tecnologías poseen un carácter transversal.
La inteligencia artificial, la automatización, la ciberdefensa, el espacio y los sistemas autónomos terminarán incorporándose progresivamente en todas las fuerzas armadas, independientemente del nivel de amenaza que enfrenten.
Por ello, participar tempranamente en los espacios donde estas doctrinas se están desarrollando permite reducir la brecha tecnológica y doctrinal respecto de las principales potencias militares.
Una inversión en conocimiento
La presencia de oficiales de la Fuerza Aérea de Chile como investigadores visitantes en RUSI representa mucho más que una instancia de perfeccionamiento profesional, constituye una inversión institucional en capital intelectual.
Las futuras capacidades militares no dependerán únicamente de presupuestos o adquisiciones, sino también de la capacidad para comprender cómo evoluciona la guerra y adaptar oportunamente la doctrina, la organización y los procesos.
En ese contexto, la experiencia adquirida en Londres permitirá incorporar nuevas perspectivas sobre resiliencia estratégica, transformación digital, integración multidominio y sistemas autónomos, conocimientos que probablemente influirán en los futuros procesos de modernización institucional.
La guerra en Ucrania ha demostrado que la innovación ya no es un proceso lineal ni exclusivamente tecnológico. Es, sobre todo, una capacidad organizacional para aprender, adaptarse y evolucionar con rapidez. En ese escenario, la formación avanzada de oficiales en centros de excelencia como RUSI no solo fortalece las competencias individuales, sino que contribuye a preparar a la Fuerza Aérea de Chile para un entorno estratégico cada vez más dinámico, interconectado e incierto.
Porque, al final, la principal lección que deja el actual escenario internacional es que las guerras del futuro comenzarán mucho antes del primer disparo: en la capacidad de anticipar, innovar y construir resiliencia. Ese parece ser, precisamente, el valor más profundo de la presencia chilena en uno de los principales centros de pensamiento estratégico del mundo.
*Fotografía de portada empleada a modo de ilustración.
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