
-La polarización no parece ser algo novedoso en la historia argentina ¿o sí?
-No, no es algo novedoso. La polarización, históricamente, como parte de la modernidad política, tiene como punto de partida las revoluciones atlánticas. Y eso es así porque, más allá de sus variantes, las revoluciones se hacen para condenar todo un pasado y prometer un futuro mejor. Las causas revolucionarias generan, inmediatamente, un contrincante: el contrarrevolucionario. Pero una vez que las revoluciones llegan a su fin o se estabilizan bajo la forma de un régimen, el uso de la polarización o del antagonismo como instrumento de construcción de poder se caracteriza por establecer divisiones dentro del cuerpo político, que pueden adoptar distintos nombres, pero siempre articuladas a una causa que las arropa.
-¿Como ha sido en el caso argentino?
-Si queremos trazar una genealogía de la polarización al servicio de la construcción del poder político, el primer gran momento es el rosismo. A esa experiencia le continuaron otras, y por citar los casos clásicos, allí tenemos el yrigoyenismo, el peronismo, el kirchnerismo como expresión del peronismo, y hoy podríamos agregar al mileísmo. No es casual que cada una de estas variantes adopte un nombre propio. Por lo general, los ensayos políticos polarizadores están asociados a liderazgos personalistas que aspiran a encarnar una causa o a un sujeto político, que puede ser la federación, la nación, el pueblo, la libertad, etc.
-¿La contracara de aquel poder polarizante se plasmó en la Constitución Nacional de 1853?
-Los años de construcción del Estado Nacional pueden inscribirse dentro del gran consenso liberal que debía suturar las divisiones del pasado reciente. Un pasado en el que Rosas supo capitalizar la previa división en facciones para convertirse en el líder de la “Santa Causa Federal” – con la utilización de un lenguaje religioso para penetrar en una sociedad que era unánimemente católica – en contra de los “salvajes e impíos unitarios”. En el marco de esa polarización, el rosismo logra un gran apoyo popular, trazando esa primera grieta donde el opositor pasa a ser considerado un enemigo. En el siglo XX, los antagonismos se redefinen. Yrigoyen levantará la bandera de la “causa nacional” contra el “régimen” y Perón la del “pueblo versus la oligarquía”.
-A partir del escenario que describe, ¿qué rol cumplen el caudillismo, el nacionalismo y la concentración de poder?
-Juan Manuel de Rosas puede ser considerado un caudillo pero, al mismo tiempo y sobre todo, construye una arquitectura política sobre la base de los dispositivos de la modernidad: el voto y la utilización de las instituciones creadas por su antagonista, Bernardino Rivadavia, durante la etapa anterior. A través del sufragio en la provincia de Buenos Aires, Rosas es elegido gobernador, logrando además que la legislatura le delegue, en nombre de “la República en peligro”, primero las facultades extraordinarias y luego la suma del poder público. Frente a ello, Rosas hace plebiscitar, de forma directa, la delegación que hace el Poder Legislativo. Así construye un vínculo directo con el pueblo. Por otra parte, al no existir un Estado Nacional, el rosismo va a construir lo que Natalio Botana llama “una gran confederación ejecutiva”: logra que las provincias le deleguen las relaciones exteriores pero gobierna a favor de los intereses de Buenos Aires, utilizando el monopolio portuario sin distribuir los derechos aduaneros. En consecuencia, desde un fisco potente en relación a otras provincias, en una suerte de “federalismo a la carta”, utiliza los subsidios como herramienta de persuasión y extorsión de los gobernadores. De esta manera, evita “constitucionalizar” el país. Por eso, la idea de que Rosas fue un gran defensor de la soberanía nacional es un relato ficcional del revisionismo histórico.
-A propósito, ¿hasta qué punto hoy está presente el revisionismo al momento de pensar la política argentina y la historia?
-El revisionismo ha perdido el lugar protagónico que supo tener durante los gobiernos kirchneristas, cuyas interpretaciones del pasado y sus usos políticos se inscribían en esa corriente. El gobierno actual está en las antípodas de esas versiones y crea sus propias narrativas del pasdo, que son tan reduccionistas como las anteriores. No obstante, el mayor éxito del revisionismo histórico, sobre todo a partir de los años ’70, es haber penetrado en el sentido común de gran parte de la sociedad argentina, recurriendo para eso al maniqueísmo y a su visión decadentista de la historia.
-A grandes rasgos, ¿cómo interpretó cada una de esas expresiones el voto y la voluntad popular? Desde la actualidad, ¿qué rasgos distinguen a un gobierno popular de uno populista?
-Yo diría que en todos los casos se manifestó una voluntad refundacional que venía a proponer una ruptura con el pasado. No obstante, esa vocación refundacional se expresó con distintas intensidades vinculadas a las formas de interpretar el voto. Como sabemos, el voto es el expediente técnico que vehiculiza el principio de legitimidad de la soberanía popular. Ahora bien, el sufragio puede ser procesado desde la lógica de la autorización, que supone la regla de la mayoría asociada al horizonte de unanimidad, o como un momento fundamental pero no excluyente del proceso de toma de decisiones que atañe a toda la comunidad política poblada por una pluralidad de voces. En ese amplio arco, lo que distingue a un gobierno popular de uno populista es, entre otros factores, el modo en que es entendida la regla de la mayoría. Un gobierno de base popular puede estar abierto a la deliberación y a la negociación con los opositores para arribar a consensos, mientras que un gobierno populista aspira a representar el “todo”, y no a una parte de la sociedad.
-¿Qué uso de la historia se hace hoy desde el discurso presidencial?
-Estamos ante el primer gobierno con fuerte apoyo popular que se autodefine no solo como liberal sino como libertario. Se trata de una novedad en el derrotero del liberalismo argentino que presenta rasgos propios. En el siglo XIX, el liberalismo no tuvo en el plano político un contrincante conservador como ocurrió en casi todos los países hispanoamericanos y en el marco del conflicto de legitimidades desplegado en el siglo XX fue exhibiendo una marcada dificultad para aceptar el pluralismo político. Por lo demás, hoy hay una reivindicación del orden roquista y una valoración de Juan Bautista Alberdi como referente liberal. Como contracara, el discurso oficial establece como punto de inicio de la decadencia argentina el momento de surgimiento de la democracia de masas. Hay un pasado mitificado de la supuesta “Argentina potencia” de finales del siglo XIX y principios del XX.
-El presidente se autodefine liberal-libertario ¿estos dos conceptos son contrapuestos o complementarios? ¿Qué líneas de ruptura o continuidad advierte entre el modelo político libertario y el de la llamada Generación del ‘80, el del orden conservador”?
-En principio, más que continuidades, marcaría dos grandes líneas de ruptura. La primera remite a la noción de Estado. Luego del largo ciclo guerrero que atravesó el territorio desde 1810 a 1880, con las guerras de independencia, civiles e internacionales, el orden instaurado con el roquismo vino a consolidar la titánica tarea de construir un Estado en sus diversas esferas: instituciones, infraestructura, comunicaciones, educación, entre las más relevantes. La segunda refiere al denominado “régimen de notables”. Un régimen que albergaba a diversas variantes del liberalismo, cuyas entrenadas dirigencias disputaban internamente los espacios de poder contando con credenciales y expertise en las tareas asignadas. Lo que hoy observamos es que la figura de la motosierra viene a suplir aquella labor constructivista, y que esa motosierra está en manos de improvisados personajes que poco se parecen a los “notables” de antaño. El lema roquista “Paz y Administración” ha sido reemplazado por la “batalla cultural” -una más, por si hacía falta- y la “destrucción” del Estado.
-¿Qué ocurre con la idea de representación política hoy?
-Tal como la concebimos hasta el último cuarto del siglo XX, la idea de representación política parece haber explotado. Bernard Manin, en un trabajo de los años ‘90, periodizaba la metamorfosis del gobierno representativo en tres grandes etapas: el parlamentarismo entre los siglos XVIII y XIX, la democracia de partidos desde fines del siglo XIX y gran parte del siglo XX, y luego la democracia de audiencias. El siglo XXI ha redefinido esa democracia de audiencias al intensificarse la crisis de las organizaciones partidarias, conjuntamente a la emergencia de las redes sociales que plantean una supuesta horizontalidad que contrasta con la revitalización de liderazgos políticos decisionistas de diversos signos políticos. Estamos experimentando una transformación vertiginosa, tal como ocurrió a fines del siglo XIX con la aparición de los partidos políticos modernos. Está por verse si se trata de una nueva metamorfosis o de algo distinto a lo que conocimos hasta el presente.
-Dados los usos y costumbres que han introducido las redes sociales al lenguaje y el intercambio político de nuestro tiempo, ¿se puede hablar de una deliberación política tal como la entiende la democracia representativa clásica?
-Sigo teniendo esperanzas de que eso es posible. De hecho, a partir de 1983, la reconstrucción democrática se apoyó en la reivindicación del pluralismo y la deliberación pública e intentó hacer confluir la tradición liberal y la democrática. Fue una etapa, tal vez efímera, en la que se construyó un consenso sobre la tragedia del pasado reciente y donde emergía una prospectiva de futuro. Hoy no estamos viviendo un momento donde la conversación pública sea posible, se han remplazado los argumentos por los gritos. Se hace cada vez más difícil la deliberación en un mundo donde se ponderan positivamente el antagonismo y la polarización.
-¿Qué riesgos conlleva forzar la historia y sus interpretaciones desde el prisma de la actualidad?
-Los usos memoriales y políticos de la historia reducen, estrechan y simplifican a la historia misma. Para dotar de legitimidad el presente y el proyecto de futuro al que se aspira – si es que existe tal cosa y no se trata de una mera construcción de poder – el pasado queda subsumido, modelado y reducido a la intensión presentista: no hay un interés por indagar el pasado y problematizarlo sino un interés de legitimación política.
Una historia de la polarización argentina, de Rosas a Milei
El persistente retorno de Juan Manuel de Rosas a la discusión pública no es una anomalía historiográfica, sino el síntoma de una matriz política que se resiste a clausurarse. En su libro Juan Manuel de Rosas: Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la república, editado por Siglo XXI Argentina, la historiadora Marcela Ternavasio se sitúa en la herencia decimonónica para proponer un artefacto de lectura disruptivo: un ensayo que dialoga con los dilemas del presente sin contaminar el rigor del pasado. La obra reconstruye el ascenso de un estanciero que, sin pergaminos militares en las guerras de la revolución, devino en árbitro absoluto de una confederación convulsionada y ensayó una de las ingenierías institucionales más asfixiantes de nuestra historia.
El núcleo de la propuesta de Ternavasio radica en desarmar el engranaje del “unanimismo” rosista. A través del examen de la correspondencia privada del Restaurador, la autora ilumina las operaciones simbólicas y materiales que transformaron una jefatura provincial en un culto político de masas. Rosas no solo administró el orden; instituyó una fe colectiva fundada en la división tajante entre “amigos y enemigos” (la dicotomía “salvajes unitarios” vs. Santa Federación). Así, se articuló un lenguaje político donde la disidencia equivalía a la traición. La exigencia de la cintilla punzó, la proliferación de retratos oficiales y la omnipresencia de rituales cívicos no fueron adornos decorativos, sino una avanzada parafernalia propagandística destinada a saturar el espacio público y anular cualquier atisbo de pluralidad.
Un acierto central de esta investigación consiste en desarmar lo que podríamos llamar el “teatralismo institucional” de Rosas. Sus recurrentes amagos de renuncia a las facultades extraordinarias o al manejo de las relaciones exteriores ante la Legislatura, no eran actos de debilidad sino jugadas de ajedrez político de un pragmatismo implacable. Rosas simulaba retirarse para forzar el clamor público y la subordinación absoluta de la elite, transformando la amenaza de renuncia en un dispositivo de ratificación plebiscitaria de la suma del poder público. La correspondencia tardía de Rosas revela a un líder plenamente consciente de que la construcción del enemigo interno era el reflejo especular de su resistencia ante el enemigo extranjero, legitimando la concentración de facultades como un imperativo de supervivencia nacional.
Al abordar esta maquinaria de polarización, Ternavasio reconstruye una lógica que utilizó las propias reglas de la legalidad republicana para consolidar una autocracia. El Rosas que emerge de estas páginas es un experimentador de la movilización popular, un estratega que transformó la obediencia, el terror y la búsqueda de la uniformidad en herramientas de gobernabilidad estables.
Ternavasio ofrece un mapa de carreteras del liderazgo carismático rioplatense. Al diseccionar el pasaje de una jefatura facciosa a un culto de masas, esta lectura funciona como un espejo retrovisor adecuado para entender un rasgo de la historia política argentina: esa recurrente tentación de canjear la deliberación institucional por la homogeneidad de la fe colectiva y la suma del poder, un repertorio y una tentación que siguen presentes y asedian los cimientos de nuestras democracias contemporáneas.
Itinerario
Marcela Ternavasio es Doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, Profesora Honoraria de la Universidad Nacional de Rosario e investigadora del CONICET. Es miembro de número de la Academia Nacional de la Historia y miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Políticas y Morales. Autora de numerosos libros, acaba de publicar Juan Manuel de Rosas. Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la república (Siglo XXI, 2026).
Al toque
Un líder: Raúl Alfonsín
Un prócer: Julieta Lanteri
Un libro: La Montaña Mágica
Una película: El Gatopardo
Una serie: Borgen
Un deporte: Gimnasia deportiva
Una comida: Milanesas con papas fritas
Una bebida: Vino Malbec
Una sociedad (que admire): La uruguaya
Un lugar: Mi casa
Una pasión: Escribir historia
Un logro: Mi familia ampliada
Un sueño: Aprender a cocinar
Un recuerdo: La plaza Guernica
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