La soberanía pedagógica en la era de la inteligencia artificial – BAE Negocios

“Las redes constituyen la nueva morfología social de nuestras sociedades”. Con esta afirmación, Manuel Castells anticipó una transformación que hoy adquiere una vigencia inesperada. Si las redes reorganizaron la economía, la política y las relaciones sociales, la irrupción de la inteligencia artificial está comenzando a reconfigurar un ámbito aún más profundo: la forma en que las personas aprenden, producen conocimiento y toman decisiones.

La educación latinoamericana está ingresando, quizás sin advertirlo plenamente, en una nueva etapa histórica. En apenas unos años, plataformas desarrolladas por empresas como Google, Microsoft y OpenAI dejaron de ser simples herramientas digitales para convertirse en asistentes permanentes del aprendizaje. Millones de estudiantes consultan hoy una inteligencia artificial antes que un libro, un docente o una biblioteca. Al mismo tiempo, docentes de todos los niveles recurren a estas herramientas para planificar clases, elaborar actividades, evaluar producciones y generar materiales didácticos.

La velocidad de esta transformación obliga a formular una pregunta que trasciende lo tecnológico: ¿quién está configurando el conocimiento que circula en nuestras aulas?

La discusión ya no gira en torno a si debemos utilizar inteligencia artificial. Esa respuesta parece estar resuelta. La cuestión verdaderamente estratégica consiste en preguntarnos desde qué modelos culturales, qué prioridades económicas y qué formas de comprender el mundo se entrenan las herramientas que comienzan a mediar buena parte de los procesos educativos.

No estamos frente a un simple cambio de soporte.

Estamos frente a la construcción de una nueva infraestructura del conocimiento.

Durante décadas, América Latina debatió acerca de la dependencia económica, energética o financiera. Hoy comienza a emerger otra dimensión, menos visible pero posiblemente igual de trascendente: la dependencia tecnológica aplicada a la producción y circulación del conocimiento.

Las plataformas de inteligencia artificial no son neutrales. Tampoco lo son los datos con los que fueron entrenadas, los criterios mediante los cuales priorizan la información ni las arquitecturas algorítmicas que organizan las respuestas de millones de usuarios cada día.

Esto no implica atribuir una intencionalidad política deliberada a las empresas que las desarrollan. Significa reconocer un hecho objetivo: los modelos actuales aprenden principalmente de enormes volúmenes de información producidos en contextos culturales, científicos y económicos donde predominan las perspectivas del norte global. Como consecuencia, determinadas formas de interpretar la realidad adquieren mayor presencia, mientras que otras pueden quedar relegadas o escasamente representadas.

La educación debería observar este fenómeno con especial atención.

Como sostiene Manuel Area Moreira, la competencia digital no puede reducirse al dominio instrumental de las tecnologías. Formar ciudadanos digitales implica desarrollar capacidades críticas para comprender quién produce la información, cómo circula y bajo qué intereses se organiza el ecosistema digital.

La inteligencia artificial vuelve esa advertencia más actual que nunca.

No alcanza con enseñar a utilizar estas herramientas; también resulta imprescindible enseñar a comprenderlas.

Cuando una inteligencia artificial resume un texto, recomienda bibliografía, organiza un argumento o responde una consulta compleja, no solo procesa información: también propone una determinada manera de estructurar el conocimiento.

Ese aspecto suele permanecer invisible.

El debate educativo continúa centrándose en si los estudiantes copiarán trabajos o si los docentes podrán ahorrar tiempo en la planificación. Son preguntas legítimas, pero insuficientes. El verdadero desafío consiste en comprender que estas plataformas comienzan a ocupar un lugar que históricamente pertenecía a instituciones culturales como la escuela, la universidad, las editoriales y las bibliotecas.

Por primera vez, una infraestructura tecnológica privada interviene cotidianamente en la construcción del conocimiento escolar a escala global.

Esta situación no debería conducir al rechazo de la inteligencia artificial. Sería un error semejante al que hubiera significado rechazar Internet por temor a sus transformaciones.

El desafío consiste en construir capacidades propias.

Aquí aparece un concepto que América Latina debería comenzar a incorporar a su agenda estratégica: la soberanía pedagógica.

No se trata de aislarse del mundo ni de desarrollar soluciones tecnológicas exclusivamente nacionales. Tampoco de competir, en términos de inversión, con las grandes corporaciones tecnológicas. La soberanía pedagógica consiste, más bien, en la capacidad de una sociedad para decidir qué conocimientos considera relevantes, cómo adapta las tecnologías a sus necesidades y qué horizonte educativo desea construir.

Desde esa perspectiva, la inteligencia artificial representa una enorme oportunidad para la región.

Puede democratizar el acceso al conocimiento, reducir brechas educativas, fortalecer procesos de personalización del aprendizaje y ampliar las posibilidades de docentes e investigadores.

Sin embargo, esas ventajas solo alcanzarán su verdadero potencial si América Latina deja de ocupar exclusivamente el lugar de consumidora tecnológica y comienza a fortalecer sus propias capacidades de innovación.

Ello supone invertir en investigación, promover ecosistemas regionales de inteligencia artificial, fortalecer las universidades, desarrollar repositorios científicos abiertos en español y portugués, incentivar la producción de datos de calidad y generar plataformas capaces de dialogar con nuestras realidades económicas, sociales y culturales.

Como afirma César Coll, el potencial transformador de una tecnología no reside en la herramienta en sí misma, sino en los usos educativos que las instituciones y los docentes son capaces de construir alrededor de ella.

Esa afirmación adquiere hoy una dimensión geopolítica.

No basta con incorporar inteligencia artificial a las aulas. Es necesario preguntarse qué tipo de inteligencia queremos incorporar y con qué proyecto educativo pretendemos articularla.

Con frecuencia, la discusión sobre la inteligencia artificial se presenta como una carrera por desarrollar modelos cada vez más potentes. Quizás América Latina deba formular una pregunta diferente: no solamente cómo acceder a la mejor inteligencia artificial disponible, sino cómo construir un ecosistema educativo capaz de utilizar esa tecnología para fortalecer su identidad, potenciar su producción científica y contribuir a su desarrollo regional.

Porque la soberanía del siglo XXI ya no se juega únicamente en los recursos naturales, la energía o la infraestructura digital.

También se disputa en un terreno mucho más silencioso, pero decisivo: la capacidad de una sociedad para decidir quién organiza el conocimiento con el que educará a las próximas generaciones.

En ese escenario, la inteligencia artificial no constituye simplemente una innovación tecnológica.

Es, probablemente, uno de los espacios donde se definirá el futuro educativo, científico y estratégico de América Latina.

Bibliografía

Area Moreira, M. (2012). La alfabetización en la sociedad digital. Fundación Telefónica.

Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Alianza Editorial.

Castells, M. (2010). La era de la información: Economía, sociedad y cultura. Vol. I: La sociedad red (3.ª ed.). Alianza Editorial.

Coll, C. (2008). Aprender y enseñar con las TIC: expectativas, realidad y potencialidades. Fundación Santillana.

* Profesor en Filosofía y en Ciencias de la Educación (CESBA), tecnólogo educativo y referente en innovación pedagógica (UTN). Subdirector del Instituto Crónica (Grupo Olmos) con más de veinte años de trayectoria en docencia, gestión educativa y formación superior. 

fuente: inteligencia artificial – BAE Negocios”> GOOGLE NEWS

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