La mujer que venció a los Andes

Dicen que muchas veces imposible es igual a no intentado. La francesa Adrienne Bolland podría ser una buena muestra. La menor de siete hermanos, nacida en 1895 en las afueras de París, demostró desde el principio una enorme determinación y mucho carácter: la “pequeña terrorífica” la llamaban en su casa. A los 24 años ingresó a una escuela de aviación; a los dos meses obtuvo su brevet de piloto. Le pidió entonces una oportunidad al director de la escuela y dueño de la Societé des Avions Caudron.

El hombre le hizo una apuesta: la contrataría si se animaba a hacer un loop, una de las acrobacias aéreas más arriesgadas. Bolland no sólo aceptó el desafío sino que lo concretó con todo éxito. Así consiguió su primer trabajo, auténtica pionera. “Me convertí en una persona diferente en un avión. Me sentía pequeña, humilde. Porque en tierra, la verdad, es que era totalmente insoportable”; diría después. Para Caudron la joven piloto servía para demostrar cuán fáciles de comandar eran sus aviones.

Le sugirió un vuelo sobre el Canal de la Mancha: fue la segunda mujer en hacerlo. El siguiente objetivo fue Argentina, con la idea de que hiciera vuelos de demostración. Bolland se enamoró de los Andes y se planteó el desafío de cruzarlos. Los aviones de que disponía no eran los más aptos. Pero Caudron rechazó su pedido de enviarle otros. Ni siquiera eso la detuvo. Con 25 años, 40 horas de vuelo, un pijama de seda y diarios debajo de la chaqueta de cuero para intentar abrigarse, el 1° de abril de 1921 despegó de Mendoza. Atravesó peripecias de todo tipo, y cuando sintió que estaba todo perdido, vio un claro en medio de la niebla, se lanzó en picada y aterrizó en Santiago de Chile.

Aclamada, primera mujer piloto en cruzar la Cordillera, rechazó los elogios: “¿Esto es gloria? La gloria no vale nada comparada con la alegría interior de lograr algo”. Casada con un aviador, la pareja se enroló en otros compromisos: el apoyo a los republicanos en la Guerra Civil Española y a la Resistencia en la Segunda Guerra. Hasta su muerte, a los 79 años, Adrienne recordaba: “Nadie pudo hacerme cambiar de opinión nunca. Repetía una y otra vez: ‘No me rendiré’. Y me fue muy útil en la vida; nunca me rendí”.

Silvia Fesquet

fuente: CLARIN

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