
Si John Maynard Keynes despertara hoy, se sorprendería al descubrir que, a ochenta años de su muerte, su nombre sigue siendo motivo de ardorosos debates políticos en un lejano país del Cono Sur americano. No es para menos: la Argentina ha convertido al keynesianismo en un salvavidas indispensable o en el veneno de la economía, según quién sostenga el argumento.

Lo que pocos recuerdan es un vínculo de Keynes con nuestro país que nació de una curiosidad intelectual. En su Teoría General (1936), el economista británico rescató la figura de Silvio Gesell, un economista alemán que vivió durante varios años en la Argentina y dejó su huella, padre del fundador de la mítica Villa Gesell.
Keynes lo llamó un “profeta injustamente olvidado”, fascinado por su idea del “dinero sellado” para evitar el atesoramiento y estimular el consumo. Al punto de señalar que “los pensamientos de Gesell serán en el futuro más importantes que los de Marx”.
Según se cuenta, Gesell desarrolló gran parte de sus ideas mientras vivía en Argentina, inspirado por la crisis económica de 1890. Publicará en esos años varios trabajos: La reforma monetaria como puente hacia el Estado social (1891), El nervio de las cosas (1891) y La nacionalización del dinero (1892). Ante el proyecto de emisión de de moneda fiduciaria, Gesell, en desacuerdo con la medida, publica en 1893, El Sistema Monetario Argentino. Sus ventajas y su perfeccionamiento, y La cuestión monetaria argentina, en 1898.

En su Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas, Horacio Tarcus presenta a Gesell como “autor de una teoría económica anarco-liberal”, y menciona que llegó a ser fugazmente ministro de economía en la República de los Consejos de Baviera en 1919. Aquí se lo recordará por ser el creador de Casa Gesell, en 1887, dedicada a la importación y venta de artículos odontológicos, expandiéndose luego hacia la venta de artículos médicos y la producción y distribución de artículos para bebés, que tendrá un gran éxito comercial en toda Sudamérica.
Esa “semilla geselliana”, germinada en suelo bonaerense, fue un primer puente entre el pensamiento keynesiano salido de Cambridge y nuestras pampas.
Años después, la crisis del ‘30 obligó a la acción. Sin haber leído exhaustivamente a Keynes, cosa que harían luego, figuras como Federico Pinedo y Raúl Prebisch diseñaron el “Plan Pinedo” y crearon el Banco Central. Aplicaron, por pura necesidad pragmática, recetas que hoy llamaríamos “keynesianas”: intervención estatal para salvar la industria local ante el colapso del comercio mundial. Argentina fue, en los hechos, uno de los laboratorios más tempranos del intervencionismo moderno.
Y Keynes observará a distancia esa experiencia.Antes de publicar su Teoría General, mantuvo un contacto indirecto con el debate público local. En 1931, envió una carta al diario La Nación analizando la Gran Depresión mundial. En dicho escrito, remarcó la importancia del “factor psicológico” en las crisis financieras y recomendó evaluar la recesión como un problema coyuntural que requería un cambio de expectativas y no como un mal imposible de resolver.
Hoy, ese legado es un campo de batalla. En una esquina, el presidente Javier Milei no ahorra calificativos: en las páginas de este diario, definió a Keynes como un “genio del mal” y “sicario de la política”, y a su obra como un “panfleto para políticos mesiánicos”. En una charla-conferencia en el Palacio Libertad, insistió en que “el gasto público keynesiano” es la raíz de la decadencia argentina.
En la esquina opuesta, el gobernador Axel Kicillof presentó en la Feria del Libro su libro De Smith a Keynes, sentenciando que “si Keynes viera lo que pasa hoy en Argentina, se vuelve a morir”, en clara alusión a las actuales políticas de ajuste. Y así lo escribió también en nota publicada en Clarín.
El Presidente y el Gobernador, economistas ambos, situados en visiones antagónicas de la política y la economía, reconocen en la Teoría General de Keynes uno de los textos más influyentes del siglo XX. Irónicamente, el hombre que dijo que “a largo plazo todos estaremos muertos” parece gozar de una inmortalidad incómoda en nuestro país. Mientras el mundo debate la digitalización y la inteligencia artificial, Argentina sigue atrapada en un duelo de titanes del siglo XX.
No solo aquí: en un artículo publicado en The Economist en abril, Joseph Sitglitz señala que Keynes “salvó al capitalismo de sí mismo” al proponer intervenciones estatales necesarias para estabilizar la demanda durante una grave crisis. Una figura cuyas ideas contribuyeron a evitar el colapso del sistema democrático frente a las fallas del mercado y a edificar las instituciones económicas de posguerra.

Quizás el verdadero desafío no pase por idolatrar o defenestrar a Keynes, sino por entender sus ideas como herramientas y fuentes de inspiración para enfrentar una emergencia, no un recetario atemporal o una condena perpetua a repetir los mismos errores.
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