
En su clásico libro Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política (1995), Norberto Bobbio despojó a las disputas ideológicas contemporáneas de sus ropajes místicos o metafísicos para ofrecer un eje de coordenadas claro y comprensible.
Para el pensador italiano, la diferencia fundamental entre ambas expresiones radica en una sola palabra: igualdad. La izquierda es igualitaria; contempla las asimetrías sociales como distorsiones artificiales que se pueden corregir. La derecha asume que las diferencias humanas son naturales, inevitables o motores del progreso, priorizando la libertad individual y el orden.
En el universo bobbiano, ambas fuerzas son relativas y se necesitan mutuamente para calibrar el péndulo democrático. No hay monstruos, sino prioridades axiológicas distintas.
Vamos ahora a la cumbre internacional de Washington sobre “resurgimiento del terrorismo político”, convocada por el Departamento de Estado en julio pasado. La intervención allí del secretario de Estado Marco Rubio dinamita el tablero de Bobbio. Aunque su foco -se supone- apuntaba al extremismo de izquierda violento, el jefe de la diplomacia estadounidense opera una generalización que extiende su descripción a las ideas de izquierda en general, rotulándolas como un «mal singular».
Rubio eleva la apuesta hacia una ontología moralizante: define ese radicalismo como una «rebelión de los peores contra los mejores, de los débiles y los cobardes contra los fuertes y los buenos». La categoría política se disuelve para dar paso a una batalla estética y psicológica, donde el adversario actúa movido por el resentimiento y un «odio a la civilización».
La distancia entre ambos enfoques no es de grado, sino de naturaleza. Mientras Bobbio ofrece una herramienta de coexistencia donde el centro-izquierda y el centro-derecha pactan las reglas del juego democrático, Rubio plantea una guerra de exclusión. Al asimilar toda vertiente ideológica de izquierda con ese radicalismo destructivo, el diálogo institucional se vuelve imposible; al mal no se lo vota en contra, se lo extirpa.
Bobbio planteaba, justamente, que la díada Derecha-Izquierda debía cruzarse con otra que distingue a extremistas de moderados, de izquierda o de derecha, distinción que el planteo de Rubio, como el de otras derechas extremas en tantos lugares del mundo, parece desconocer. Esta mutación discursiva es un síntoma de nuestro tiempo.
La pérdida de los grandes consensos empuja a los líderes a buscar la cohesión mediante el tribalismo moral. Al simplificar la complejidad social en una lucha binaria entre constructores virtuosos y destructores resentidos, la política abdica de su función mediadora y se convierte en una cruzada existencial.
El peligro de abandonar la brújula analítica de Bobbio es evidente: cuando el oponente deja de ser un rival ideológico y pasa a ser un enemigo civilizatorio, lo primero que se destruye no es la izquierda ni la derecha, sino la democracia.

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