Inteligencia humana en tiempos de IA: la velocidad que nos trajo hasta acá – Los Andes

En este último tiempo, en todos los ámbitos se discute la necesidad de establecer algunos protocolos de trabajo frente a la irrupción de la inteligencia artificial. Principalmente, la preocupación es por el debilitamiento de habilidades esenciales que se ejercitan menos que antes de la llegada de la cultura digital, como la escritura propia, la memoria, la creatividad, la capacidad de resolver problemas, la paciencia para leer, el debilitamiento de la atención, la habilidad de pensar críticamente. La preocupación es legítima. Nunca antes una tecnología había sido capaz de producir textos, imágenes, respuestas, diagnósticos, planes, explicaciones o simulaciones con semejante velocidad, lo que es, en muchos casos, una gran oportunidad. Sin embargo, la preocupación por el impacto que produce nos lleva a pensar si el fenómeno de que la humanidad esté menos dispuesta a aprender, crear, comunicar comprender se inicia con la llegada de la IA o si es consecuencia de prácticas que vienen construyéndose desde hace décadas. La pregunta sería entonces: ¿qué nos encontró haciendo (o dejando de hacer) la IA cuando irrumpió en nuestras vidas?

La cultura de la velocidad

El fenómeno de la velocidad no nació con internet ni con los teléfonos inteligentes. Su origen puede rastrearse mucho antes, cuando la modernidad industrial convirtió el tiempo en una variable de rendimiento. La organización científica del trabajo, la línea de montaje, la producción en serie y la obsesión por hacer más en menos tiempo instalaron una idea poderosa: la eficiencia empezó a ser leída como una virtud superior. Pero fue en la segunda mitad del siglo XX, especialmente desde los años cincuenta, cuando esa lógica dejó de pertenecer solo al mundo de la fábrica y empezó a organizar la vida cotidiana. El fast food es quizás una de las imágenes más claras de ese cambio cultural. No vendía solamente comida rápida: vendía una forma de estar en el mundo. Comer sin esperar, recibir siempre lo mismo, pagar poco, circular rápido, no detenerse demasiado. La velocidad comenzó a presentarse como comodidad, modernidad y progreso.

Con el tiempo, esa matriz se expandió mucho más allá de la comida. La rapidez se volvió un valor en el consumo, en el trabajo, en la comunicación, en la educación y en las relaciones sociales. Lo rápido empezó a confundirse con lo eficaz. Lo breve, con lo claro. Lo inmediato, con lo valioso. Lo disponible, con lo verdadero.

Décadas después, la cultura digital profundizó esa transformación. Ya no se trataba solo de producir más rápido, sino de vivir más rápido. Mensajes instantáneos, respuestas inmediatas, notificaciones permanentes, información en tiempo real, contenidos breves, audios acelerados, videos de pocos segundos, titulares que reemplazan lecturas completas. La atención empezó a fragmentarse y la espera comenzó a sentirse casi como una anomalía.

En ese escenario, pensar se volvió una práctica cada vez más difícil. No porque hayamos perdido la capacidad de hacerlo, sino porque cada vez hay menos condiciones culturales para sostenerlo. Pensar requiere tiempo: de observación, análisis, de construcción de sentido. Y el tiempo se volvió un bien incómodo.

La inteligencia artificial aparece entonces como una herramienta perfecta para una época que ya venía pidiendo atajos. Puede escribir por nosotros cuando escribir nos demanda tiempo y esfuerzo. Puede resumir cuando leer se vuelve pesado. Puede explicar cuando no queremos atravesar la dificultad de entender. Puede crear cuando incomoda la página en blanco. Puede responder cuando ya no sabemos formular buenas preguntas. Y es que cuando se dejan de ejercitar estas habilidades, se debilitan. Ahí nos encontramos hoy. Pero no es la IA la que inaugura ese camino: lo profundiza, lo acelera y lo vuelve más visible.

La paradoja de nuestro tiempo

Una sociedad puede volverse tecnológicamente muy sofisticada y, al mismo tiempo, intelectualmente empobrecida si delega la potestad de pensar. La IA no nos obliga necesariamente a pensar menos. También podría ayudarnos a pensar mejor. Podría ampliar nuestras posibilidades, acelerar tareas mecánicas, abrir puertas creativas, personalizar aprendizajes, facilitar accesos. Pero eso solo ocurrirá si hay una inteligencia humana activa detrás: capaz de preguntar, evaluar, seleccionar, corregir, imaginar, interpretar y decidir. Sin esa inteligencia humana, la inteligencia artificial no amplifica capacidades: reemplaza vacíos.

De allí que el desafío no sea defender una nostalgia por el mundo anterior a la tecnología. Ese mundo no volverá. Tampoco se trata de demonizar herramientas que ya forman parte de la vida cotidiana, laboral, educativa y cultural. El verdadero desafío es recuperar una pregunta de fondo: qué tipo de humanidad queremos ser en convivencia con estas tecnologías. El desafío más profundo es volver a educar capacidades humanas básicas: sostener la atención, leer con profundidad, conversar sin interrupción, argumentar con fundamentos, tolerar la frustración, esperar, revisar, crear, preguntarse por el sentido de lo que se hace. Y para eso, se requiere tiempo.

Los requerimientos de la inteligencia humana

La inteligencia humana no se conserva sola. Se ejercita. Se acompaña. Se educa. Se cultiva en prácticas concretas, cotidianas, muchas veces pequeñas: leer juntos, conversar, hacer preguntas, no responder todo de inmediato, permitir el error, sostener una tarea difícil, volver sobre una idea, mirar el mundo con curiosidad.¿Cómo llegamos hasta acá? Llegamos, en parte, porque fuimos aceptando pequeñas renuncias: leer menos, escuchar menos, conversar menos, escribir menos, contemplar menos, sostener menos la dificultad. Llegamos porque confundimos velocidad con inteligencia, productividad con creatividad, conexión con comunicación, información con conocimiento.Ahora la inteligencia artificial nos pone frente a un espejo difícil. No solo nos pregunta qué puede hacer una máquina. Nos pregunta qué estamos dispuestos a hacer para recuperar los espacios que nos corresponden, en los que no podremos ser reemplazados: habitar una pregunta, construir sentido, comprender al otro, imaginar un futuro y decidir, finalmente, qué vale la pena hacer con lo que sabemos.

* La autora es especialista en innovación educativa.

fuente: Inteligencia humana en tiempos de IA: la velocidad que nos trajo hasta acá – Los Andes”> GOOGLE NEWS

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