Inteligencia artificial: la advertencia de Satya Nadella que expone el nuevo negocio del …

Hay frases que parecen técnicas pero esconden una batalla política.

La que lanzó Satya Nadella este fin de semana pertenece a esa categoría.

No fue una discusión sobre algoritmos, chips ni programación. Fue algo bastante más profundo. Habló de poder.

El hombre que conduce Microsoft, una de las compañías que lidera la carrera global por la inteligencia artificial, comparó el avance de esta tecnología con uno de los procesos económicos más traumáticos de las últimas décadas: la deslocalización industrial.

La analogía no fue casual.

Durante años, las grandes corporaciones occidentales trasladaron sus fábricas a países con costos más bajos. En el corto plazo los balances mejoraron. Los accionistas festejaron. Los directorios cobraron sus bonos.

Pero después llegó la factura.

Ciudades vaciadas, empleos destruidos, cadenas productivas rotas y un conocimiento técnico que desapareció sin hacer ruido.

Nadella cree que algo parecido puede estar ocurriendo ahora, aunque en lugar de fábricas lo que está en juego es el conocimiento.

Y ahí aparece el dato que muchos empresarios todavía no quieren mirar.

La inteligencia artificial no sólo automatiza tareas. También aprende de ellas.

Cada consulta, cada procedimiento, cada flujo de trabajo que una organización vuelca en plataformas externas alimenta sistemas que después pueden ofrecer capacidades similares a cualquier competidor.

Lo que ayer era una ventaja exclusiva mañana puede convertirse en una commodity.

En otras palabras: el conocimiento que una empresa tardó años en construir puede terminar licuado dentro de un modelo que utilizan miles de compañías al mismo tiempo.

No hay conflicto sindical.

No hay cierre de plantas.

No hay manifestaciones en la puerta.

El vaciamiento ocurre en silencio.


El capital que no figura


La definición más interesante del planteo de Nadella no tiene que ver con la tecnología sino con la economía.

El ejecutivo bautizó ese activo invisible como “token capital”.

Detrás del término hay una idea sencilla.

Las organizaciones ya no compiten solamente por datos, infraestructura o talento humano. Empiezan a competir por la capacidad de construir sistemas propios que aprendan de su experiencia cotidiana.

Ese aprendizaje acumulado se transforma en una ventaja estratégica.

No aparece en los balances.

No cotiza en bolsa.

No figura en los informes contables.

Pero puede terminar valiendo más que muchos activos tradicionales.

Quien controle el aprendizaje controlará el negocio.

La advertencia está dirigida a los directorios mucho más que a los trabajadores.

Durante meses la discusión pública giró alrededor de cuántos empleos eliminará la inteligencia artificial.

Nadella corrió el eje.

Su preocupación es otra.

Pregunta qué ocurrirá cuando una empresa descubra que el conocimiento que generó durante décadas ya no le pertenece exclusivamente.

La pregunta parece abstracta.

No lo es.

Porque detrás de ella aparecen sectores enteros de la economía.

Estudios jurídicos.

Consultoras.

Medios de comunicación.

Bancos.

Empresas industriales.

Universidades.

Laboratorios.

Todos producen conocimiento.

Y todos enfrentan el mismo dilema.


El negocio detrás del diagnóstico


Ahora bien.

En política siempre conviene seguir una regla sencilla.

Escuchar lo que dicen los actores pero mirar también dónde están parados.

Y ahí aparece la contradicción más interesante de toda esta historia.

Quien hace la advertencia es justamente uno de los principales beneficiarios de la expansión de la inteligencia artificial.

Microsoft vende infraestructura.

Microsoft vende nube.

Microsoft vende automatización.

Microsoft vende herramientas de IA.

Microsoft además mantiene vigente su alianza estratégica con OpenAI.

Es decir, Nadella describe un riesgo real pero también ofrece la solución.

Y casualmente la solución pasa por contratar servicios que comercializa su propia compañía.

No hay nada ilegal ni extraño en eso.

Pero ayuda a entender el contexto.

Porque la discusión ya no gira alrededor de si la inteligencia artificial va a transformar la economía.

Eso ya ocurrió.

La pelea verdadera es quién se queda con el valor que genera.

Quién captura el conocimiento.

Quién acumula poder.

Quién controla la infraestructura.

Quién fija las reglas.

La historia económica demuestra que cuando una tecnología reorganiza mercados también redistribuye influencia.

Pasó con el petróleo.

Pasó con internet.

Pasó con las redes sociales.

Está pasando con la inteligencia artificial.


La discusión que viene


Hay otro aspecto del mensaje de Nadella que merece atención.

Tal vez el más político de todos.

El CEO sostuvo que no existe “permiso social” para un modelo económico que vacíe industrias enteras.

La frase parece dirigida a los reguladores, a los gobiernos y a los sistemas democráticos.

Porque cuando una innovación concentra demasiado poder termina generando resistencia.

La globalización industrial dejó heridas que todavía condicionan elecciones, gobiernos y liderazgos en gran parte del mundo occidental.

Estados Unidos es un ejemplo evidente.

Europa también.

Las consecuencias de aquellas decisiones siguen presentes décadas después.

Nadella sugiere que algo similar podría ocurrir si unas pocas plataformas terminan absorbiendo el conocimiento producido por millones de personas y organizaciones.

La advertencia no parece exagerada.

Tampoco desinteresada.

Por eso generó tanto ruido.

Porque pone sobre la mesa una pregunta incómoda.

No se trata solamente de quién desarrolla la inteligencia artificial.

Se trata de quién conserva el conocimiento que la alimenta.

Y en la economía del futuro, esa diferencia puede valer más que cualquier fábrica.

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