
Las imágenes se repiten: “Estoy cansado de que me grite y me trate mal”. “Se quedó sola en casa todo el domingo; no quiso ir al cumpleaños del abuelo, y ya no la puedo obligar”. “Responde con monosílabos cuando le pregunto si se peleó con los amigos”. El encuentro de los padres con la adolescencia de sus hijos genera un reacomodamiento familiar: no solo cambian los jóvenes, sino que los padres deben aceptar que sus propios hijos crecieron y están en pleno proceso de cambio. Para la psicóloga Florencia Alfie, este momento es nuestra “oportunidad para generar el vínculo que queremos tener con nuestros hijos el resto de la vida”.
Desde la teoría pero sin olvidar qué pasa en la práctica (tiene tres hijos adolescentes), en su nuevo libro Cómo sacar a un adolescente de su habitación (VR Editoras) propone “entender un poco más qué es lo que les está pasando a nuestros hijos, aun cuando ellos no lo puedan poner en palabras”.
Si bien busca ser una guía frente a cuestiones o problemáticas puntuales, para ella lo más difícil de todo es “darnos cuenta que nuestros hijos han crecido; que tenemos una versión nueva de ellos frente nuestro y que eso implica que nosotros también nos actualicemos: nuevas versiones de hijos, nuevas versiones de padres”.

La adolescencia dura más de lo que se creía
“Históricamente la definición de adolescencia iba desde los 10 hasta los 19 años. Pero hoy sabemos que el cerebro sigue desarrollándose mucho más tiempo”, explica.
Según señala la psicóloga especializada en adolescencia, la neurociencia y otras investigaciones muestran que la última región cerebral en madurar es el área prefrontal, ubicada detrás de la frente y responsable de funciones como la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Ese proceso recién culmina entre los 24 y los 25 años.
Además, “a partir de los 8 o 9 años empezamos a encontrar indicios de preadolescencia: malas contestaciones, que se encierran más y otras conductas típicas de esta etapa”.
“Cuando uno habla esto con los padres se agarran la cabeza, ¡porque son un montón de años!” Sin embargo, insiste en que no tiene por qué ser una etapa para sufrir. “Son muchos años para pasarla mal. Con un poquito de información, una pizca de humor y paciencia, la adolescencia se puede pasar mejor y también se puede disfrutar”.
“A pesar de que los padres me odien cuando lo digo, siempre digo que celebro que un adolescente confronte y lleve la contra; que vos le digas ‘hacé esto’ y haga lo otro porque, en definitiva, se está descubriendo, está viendo quién quiere ser. Y todo eso, si no sale para afuera, si el adolescente no explota y lo saca, se lo traga y terminan implosionando y haciendo síntomas por otro lado”, dice la psicóloga.
Es que detrás de estos cambios actitudinales que se suelen agrupar como “rebeldía adolescente”, la persona atraviesa transformaciones profundas en el cerebro: “Es un cerebro que está en actualización, en remodelación”, explica Alfie. Es que durante la adolescencia ocurre la llamada “poda neuronal”, un proceso mediante el cual se eliminan conexiones que ya no se utilizan y se crean otras nuevas, preparando al cerebro para la vida adulta.
En conversación con Clarín, la psicóloga compara este fenómeno con la actualización de un celular: durante un tiempo parece que funciona peor, pero en realidad se está reconfigurando para operar mejor.
“Cuando los adultos nos preguntamos por qué no estudió antes para un examen, por qué no puede anticiparse o por qué toma riesgos innecesarios, hay una cuestión cerebral detrás. Es un cerebro que busca nuevas experiencias, que valora mucho más la gratificación inmediata y que todavía no mide las consecuencias de sus acciones como lo hará más adelante”, señala.
“Más allá de lo que es el proceso neurológico en sí, hay un montón de cosas que pasan a nivel cerebral. Antiguamente se decía que ‘estaban hormonales’ o ‘en la edad del pavo’, pero hoy preferimos entender de una manera más empática, comprensiva y respetuosa, que es una cuestión cerebral y hay toda una cuestión biológica detrás de esto”.

¿Cuánto entendemos a los adolescentes?
La serie Adolescencia generó un cimbronazo particular: se empezó a hablar del mundo de los adolescentes como si fueran un mundo desconocido y muchos se dieron cuenta que no entendían a sus hijos o no conocían sus intereses y preocupaciones. ¿Cómo se llegó a ese punto? “Durante mucho tiempo se habló muchísimo de primera infancia, pero parecía que cuando los chicos cumplían 10 años, ‘misión cumplida’, como si fueran un producto terminado. Y ahí había un agujero, faltaba información y faltaban grupos de contención y de acompañamiento”, señala Flor.
En su doble rol de madre y psicóloga, cuenta que siempre acostumbró a pasear por librerías buscando material de crianza, y advirtió que los títulos solían ir de “cómo conectar cálida y amorosamente con mi hijo recién nacido” a “socorro, tengo un hijo adolescente”:
“La adolescencia parece el cuco de la crianza, una etapa a la que nadie quiere llegar porque parece que se viene el fin del mundo. Por eso creo que estuvo bueno lo de la serie, porque se empezó a hablar de una etapa que no se hablaba, y había mucha necesidad. Como para que abramos los ojos con qué está pasando con nuestros hijos en casa: ¿cuánto puede estar pasando cuando nosotros creemos que todo está tranquilo y calmo?”

– ¿Cómo afrontar los conflictos con adolescentes?
– Cuando son chicos, mamá y papá son todopoderosos: si les decís “andá a bañarte”, “vení a comer” o “ponete esta ropa”, suelen hacerlo. El trabajo del adolescente, en cambio, es confrontar y diferenciarse. Por eso muchas veces responde “no quiero”. No tenemos que vivirlo como un rechazo personal, de “me lo hace a mí”: lo hace porque necesita convertirse en alguien distinto para poder crecer.
– ¿Y con los límites? ¿Hasta dónde se puede prohibir?
– Con los límites pasa algo parecido. Aunque su tarea sea contrariarlos, los necesitan. Siempre doy el ejemplo de una cancha de fútbol: si no tenés delimitado el espacio, dónde están las líneas o los arcos, no sabés por dónde va el partido, no sabés cómo jugar. Los límites cumplen esa función: guían el comportamiento y les permiten saber qué se espera de ellos, y qué pasa si eso no se cumple.
Por eso decimos que el límite es amor y cuidado. Aunque no les guste, en el fondo agradecen saber que hay padres ahí, guiando y apuntalando. Nuestro trabajo es no claudicar en ese rol, bancarse la cara de traste, explicar y sostener las consecuencias. Hoy preferimos hablar de consecuencias naturales o lógicas antes que de castigos, porque enseñan mucho más que el miedo o la humillación.

– ¿Cómo manejar las faltas de respeto, algo que es muy difícil no tomarse “personal”?
– Es súper difícil, pero primero hay que entender qué es normal y esperable. Los revoleos de ojos, los silencios, los portazos o las respuestas monosilábicas forman parte de la etapa. Si uno puede entender eso, ya no te enganchás tanto.
No quiere decir que vayas a permitir todo. Más de una vez uno tiene que poner un freno y decir “a mí no me vas a hablar de esta manera” o “esto en casa no”. Pero lo principal es no entrar en una escalada. Si me grita y yo le grito más fuerte, terminamos actuando como dos adolescentes. Y el adolescente no necesita otro adolescente enfrente: necesita un adulto -con su corteza prefrontal cerrada- que aporte calma y racionalidad.
Por eso, cuando llegamos al punto de “no puedo soportar lo que me estás diciendo”, a veces conviene tomar distancia (irte a hacer las compras, hablar por teléfono con una amiga, ponerse a hacer la cena), correrse de la situación y retomarla al día siguiente. En ese momento se ponen los límites y se marca lo que no corresponde, pero desde la calma y el respeto. Además, siempre enseñamos desde el ejemplo: si yo grito e insulto, ¿cómo le voy a pedir al mismo tiempo que no grite e insulte? Si puedo hablar con tranquilidad y respeto, probablemente aprenda eso.
– ¿Hasta cuándo insistir con los planes familiares?
– El punto siempre es encontrar el equilibrio. Una palabra fundamental en la adolescencia es negociar: no te voy a permitir todo, pero tampoco te voy a prohibir todo.
Por ejemplo, si todos los domingos vamos a comer a lo de los abuelos, entiendo que antes era un planazo, pero hoy es un clavo, porque hoy los padres y familiares nos caemos del pedestal y quienes ocupan el centro de la escena son los amigos. Entonces aparece la negociación: no voy a permitir que todos los domingos te quedes solo, pero si un domingo al mes querés quedarte o armar otro plan, buenísimo. Hay un equilibrio.
También podemos buscar planes que les interesen y los convoquen. El desafío es mostrarles que fuera de la habitación pasan cosas interesantes. Puede ser un recital, una obra de teatro, un partido de fútbol de su equipo favorito, una sala de escape o simplemente salir a comer una hamburguesa. Lo importante es seguir encontrando momentos de conexión.
Después depende de la edad. Si mi hija de 14 años me dice que se quiere quedar sola mientras nosotros estamos fuera todo el día, probablemente le diga que no. En cambio, si el de casi 18 quiere quedarse, tiene otra autonomía y lo puedo evaluar de otra manera. Los límites y los acuerdos siempre se ajustan a la edad y se van renegociando a medida que crecen.

– ¿Qué problemáticas de salud mental observás con más frecuencia en los adolescentes?
– La idea del libro no es alarmar, sino ayudar a entender. Hay tanta información dando vueltas que está bueno poder ordenar un poco el panorama. Hoy lo que más vemos es ansiedad, desde la pandemia para acá es la consulta más frecuente. También hay depresión, pero la ansiedad aparece muchísimo.
Y eso está muy ligado al tema de las pantallas y las redes sociales. Tengo 45 años, y antes también había cuestiones de comparación y de inseguridad, pero hoy esa comparación es 24/7. Las redes sociales han hecho que estos chicos crezcan con un nivel de insatisfacción e inseguridad que trae un montón de problemas.
Hay una sobreexposición de lo que pasa en sus mundos: antes quedaba en la intimidad o en el mundo interno del grupo; hoy circula en el chat o se hace un meme. Todo eso impacta en los niveles de ansiedad. Lo vemos en chicos que no quieren ir a una fiesta, que tienen miedo de interactuar o que sufren ante la idea de rendir un examen oral por la mirada de los demás.
Al mismo tiempo, hay más conciencia sobre la salud mental, y eso está bueno. Ya no se ve ir al psicólogo como un problema, sino como un acompañamiento. En una etapa de tanta vulnerabilidad está bueno tener un lugar donde canalizar lo que me pasa, una familia que acompañe, un grupo de pares, proyectos.

– Límites, presencia, escucha… ¿Qué necesitan los adolescentes de sus padres?
– Un poco todo eso. Yo siempre digo que no necesitan padres perfectos, sino padres disponibles, padres presentes, física y emocionalmente. Necesitan padres que brinden afecto, mirada y contención, que escuchen el doble de lo que hablan, sin criticarlos y con un interés genuino. Que pongan límites y normas y sostengan el otro lado de la cuerda, para que ellos puedan diferenciarse. E incluso para que tengan con quién pelear.
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