
En la era del software antiplagio y la verificación digital, copiar y pegar un texto se ha vuelto un riesgo torpe y fácilmente detectable. Sin embargo, existe una forma de apropiación mucho más sutil: el plagio de ideas.
Andrea Sztychmasjter
La discusión sobre trabajos prácticos e incluso tesis hechas con Inteligencia Artificial (IA) en el ámbito académico enciende las alarmas de docentes de todas las áreas y cada vez que pueden muestran su “preocupación” sobre esto y hacen numerosas recomendaciones sobre cómo no copiar.
Estudiantes sin embargo también se preguntan qué tanto utilizan los docentes la IA para realizar las clases. Otro tanto ocurre cuando académicos al tener que cumplir con los famosos “papers”, ponencias en congresos y ensayos varios para seguir sumando a sus abultados curriculums son “inspirados” por investigaciones periodísticas, notas publicadas en pasquines y artículos que deambulan por la web en muchos casos con nombre y apellido pero que esos mismos académicos copian y olvidan poner comillas.
Cuando un/a periodista invierte tiempo en estructurar una hipótesis, recopilar datos inéditos o trazar un enfoque metodológico original, y un tercero toma ese andamiaje conceptual para firmarlo como propio (simplemente cambiando las palabras), la infracción ocurre a plena luz del día. Pero demostrarlo es una batalla cuesta arriba.
Esta es una discusión que periodistas también deben propiciar, sobre todo porque el marco jurídico de la propiedad intelectual protege la expresión concreta de una obra (el texto literal, la fotografía, el código), no la idea abstracta detrás de ella. Esta distinción crea una zona gris que beneficia al plagiario hábil.
En el periodismo, investigar un tema requiere rastrear fuentes y construir un enfoque. Que otro medio replique la investigación al día siguiente atribuyéndose el hallazgo sin citar la primicia es una práctica frecuente que suele quedar impune bajo el escudo del “seguimiento de la noticia”. Pero peor aún es que un académico copie una idea periodística para realizar supuestas nuevas investigaciones omitiendo totalmente los disparadores periodísticos (que pertenecen a otra persona) que llevaron a presentar sus textos académicos.
Estudiosos sobre el plagio académico y periodístico aseguran que la respuesta no podrá depender únicamente de algoritmos de detección de texto. Exige fortalecer los códigos normativos, exigir transparencia en las cadenas de fuentes e investigación, y recuperar la ética de la citación: reconocer que las ideas no nacen en el vacío.
Extractivismo de ideas
Existe un abismo infranqueable entre la genealogía cultural del conocimiento —donde las ideas dialogan y se transforman— y el extractivismo intelectual, en el que un trabajo previo es drenado para firmarlo con otro nombre y presentarlo en una ponencia universitaria, en un ensayo académico o tesis. En ese espacio intermedio operan los copiadores seriales, quienes suelen recurrir a una muletilla nihilista para disculpar su práctica: “a fin de cuentas, todo es copia” o “nada es original”.
El verdadero diálogo cultural toma influencias dispersas, las confronta, añade un ángulo inédito y reconoce la filiación del pensamiento. Aplicar el “todo es copia” de forma unidireccional sirve para disculpar su falta de atribución, pero jamás para reconocer públicamente que el núcleo de su producción pertenece al trabajo de otra persona.
Apropiarse de una idea o enfoque periodístico no requiere copiar una sola palabra. El hurto se produce en la arquitectura invisible de la investigación.
Lo ético
Los copiadores seriales toman una idea y la presentan como una revelación propia y simulan que el hallazgo nació de una epifanía individual.
El copiador de ideas espera a que el trabajo original sea publicado, contacta a las mismas fuentes y le agrega otras propias, redacta el texto con sus propias palabras y vende el contenido como investigación propia. Abulta su curriculum académico y después cobra del estado por sus supuestas investigaciones.
Es una forma de nihilismo operativo que busca desmantelar los estándares éticos. Invisibiliza el trabajo ajeno, borra el valor del proceso. La idea no vale por el enunciado en sí, sino por el esfuerzo y el método que sostienen ese enunciado.
El reclamo frente al hurto de ideas no busca congelar la cultura ni negar la influencia mutua. Busca defender la honestidad del trabajo intelectual: la diferencia entre construir sobre los hombros de gigantes declarando a qué hombros te subiste, o pararte sobre ellos en la oscuridad y asegurar que eres más alto por naturaleza.
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