El hormigón como origen de la experiencia gastronómica japonesa

En la cultura japonesa, la arquitectura suele encontrar valor en aquello que permanece esencial: la materia expresada con honestidad, la construcción precisa de la atmósfera y la capacidad de otorgar significado a los vacíos, la luz y la sombra. Desde esa sensibilidad, OADD Arquitectos desarrolla Norimōto en el complejo Al Río de Vicente López.

El nombre del restaurante, asociado a las ideas de origen y fundamento, encuentra un correlato espacial en una propuesta que reduce el proyecto a sus elementos fundamentales y construye una experiencia centrada en la observación, la cercanía y el oficio.

Ubicado en un local de esquina de alta exposición urbana, el proyecto se inserta en un sector caracterizado por una fuerte presencia arquitectónica y un proceso de consolidación todavía en desarrollo.

Axonométrica.

Frente a esa condición, la intervención evita apoyarse en recursos expresivos llamativos y concentra su identidad en una estrategia más contenida, basada en una materialidad acotada, una geometría rigurosa y un cuidadoso manejo de la iluminación.

Planta baja.

El punto de partida es la propia estructura existente. El hormigón visto no se oculta ni se reviste, sino que se incorpora como componente central de la propuesta.

Planta entrepiso.

A partir de ese soporte original, el proyecto desarrolla un diálogo entre dos expresiones de una misma materia: una superficie lisa asociada al contenedor preexistente y otra rugosa y táctil que introduce una nueva capa arquitectónica dentro del espacio.

El basamento como organizador del espacio

La operación principal consiste en la incorporación de un tabique de hormigón de carácter pétreo que funciona simultáneamente como soporte físico y conceptual del proyecto. Inspirado en la lógica del ishibadate, sistema tradicional japonés en el que la piedra constituye la base de una estructura superior, este elemento organiza la totalidad de la intervención.

La condición de esquina y el perímetro vidriado exponen la actividad interior hacia el espacio público.

Sobre ese basamento se apoyan las instalaciones y equipamientos destinados a la preparación gastronómica, junto con una barra longitudinal de madera que alberga a los comensales. De esta manera, una única pieza arquitectónica articula dos dimensiones complementarias: la precisión técnica requerida por la elaboración de los platos y la experiencia de quienes participan del acto de comer.

La barra concentra la preparación y el encuentro en una única pieza arquitectónica.

La barra asume así un papel que trasciende el mobiliario. Se convierte en infraestructura, superficie de trabajo, lugar de encuentro y elemento ordenador del salón. La preparación deja de permanecer oculta y pasa a formar parte de la experiencia espacial, incorporando el trabajo de los cocineros como componente visible y activo del lugar.

La construcción de la sombra

La organización del espacio se apoya en una lectura precisa de la sección existente y de las condiciones de iluminación natural. Hacia el perímetro vidriado se mantiene la máxima altura disponible, fortaleciendo la relación con el exterior y permitiendo el ingreso de luz natural. A partir de allí, una secuencia de planos suspendidos modifica gradualmente la percepción del volumen interior.

La secuencia de planos suspendidos acompaña el recorrido y modifica la percepción del espacio.

Esta operación produce una transición progresiva entre la amplitud inicial y un ámbito más contenido y próximo a la escala humana. El recorrido conduce la atención hacia el corazón operativo del proyecto: la barra y los movimientos precisos de los itamaes durante la preparación de cada pieza.

La sobriedad material es uno de los componentes del proyecto.

La estrategia remite a una tradición espacial japonesa que reconoce en la penumbra un recurso proyectual capaz de otorgar profundidad y densidad a la experiencia. En lugar de buscar una iluminación homogénea, el proyecto trabaja con distintas intensidades lumínicas que construyen jerarquías y orientan la mirada.

Hormigón, madera y acero configuran un interior definido por la precisión geométrica.

La luz natural domina las áreas cercanas a la fachada mientras que, hacia el interior, una iluminación artificial tenue se integra a los planos suspendidos. El resultado es una atmósfera donde la arquitectura retira protagonismo para concentrar la atención sobre la actividad que ocurre en torno a la barra.

El área de trabajo integra la dimensión técnica de la gastronomía a la experiencia arquitectónica.

La materialidad refuerza esta búsqueda. Hormigón visto, madera de kiri y guatambú, acero inoxidable y superficies cerámicas claras conforman un lenguaje austero en el que cada elemento expresa su condición sin recursos superfluos.

La modulación del cielorraso organiza el espacio sin recurrir a elementos decorativos.

Funcionalmente, el restaurante se organiza en dos ámbitos principales: las áreas de preparación y servicio, por un lado, y el sector destinado a la recepción, la barra gastronómica y el retiro de pedidos por otro.

La puerta roja introduce el único contraste dentro de una composición.

Sin embargo, la operación arquitectónica busca diluir los límites entre ambos mundos. La actividad técnica no se esconde, sino que se integra a la experiencia del usuario y adquiere visibilidad dentro del conjunto. La puerta roja introduce el único contraste significativo dentro de una paleta deliberadamente contenida y señala el acceso con precisión.

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fuente: CLARIN

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