
Mundo
La ia en acción
Durar la eternidad es el sueño de todo poder. Las posibilidades abiertas tientan a los amos del algoritmo: un mundo mecánico, previsible, rentable. Terminar con la incertidumbre política y establecer la verdad tecnológica. ¿En serio?
Vuela un pájaro nocturno. “¿Esa lechuza es artificial?” Pregunta Rick Deckard. “Naturalmente” le contesta la recepcionista. Es una escena de la película “Blade Runner”, que nos regaló Ridley Scott en 1982. En otro futuro distópico, Harrison Ford debe cazar robots humanoides tan perfectos que están prohibidos en la tierra. Se los conoce como replicantes.
Hoy estamos más cerca que nunca del reemplazo de la política por dispositivos basados en la inteligencia artificial. Atrás quedaron las intervenciones de Cambridge Analytica en los triunfos de Macri en 2015 en Argentina, la campaña del Brexit en 2016 en el Reino Unido y la primera elección de Trump en 2017. Y todo sólo en base a información de Facebook. Esas apenas fueron “caricias significativas” de principiantes comparado con lo que sucede ahora. En efecto, las tecnologías alrededor de los algoritmos, un caleidoscopio estadístico -según dicen-, permite perfilar el comportamiento de cada votante y proyectar diferentes escenarios. No es todo, sobre los datos cosechados también habilita una campaña electoral hecha a medida de cada persona, e incluso llegamos al extremo que existan consultas humanas a las máquinas de “inteligencia artificial” sobre qué candidato votar. Según parece hay algunas que comparan los candidatos, mientras que otras indican a quien hay que elegir, siempre en base a las preferencias de los usuarios, pero antes que nada privilegia quienes son más amigables para los financiadores del algoritmo. Hábleme de guerra cognitiva. Es el caso de Gemini (Google) y Grok (X-Elon Musk). Los porcentajes de menores de 35 años en edad de votar que consultan con la IA a quien votar varían entre un 5 y un 20% en diferentes elecciones, tanto en el viejo como en el nuevo continente. Por último, muchas veces los resultados de la votación son procesados por los mismos dueños de las plataformas, tal vez una empresa subsidiaria o en comunión de intereses. Son esos “resultados rápidos” que no esperan el escrutinio completo, pero que ya fijan al ganador y al perdedor. En elecciones que se juegan apenas en un par de puntos -o de décimas- esa oportuna aunque interesada presencia decide el resultado. ¿Será el caso de Perú o Colombia? Vale preguntarse cómo llegamos a esto.
Quizás fue con “la caída de los relatos” de la modernidad, que cundió en los últimos decenios del siglo pasado. Allí, el que-me-importismo cualunque de la posmodernidad nos lega eso que el mercado es el que mejor asigna recursos. Pasamos de los intelectuales (qué pensar) a los marketineros (qué corbata usar). Habida cuenta de los resultados, la antimodernidad que transitamos se basa sobre la infalibilidad del mercado, sobre todo cuando está equivocado, y no pese a que el mercado se equivoque -siempre favorece a los mismos- sino porque siempre favorece a los mismos. Es que así funcionan la libertad de mercado. No hay equivocaciones, son decisiones. El asunto es asegurar que esa relación de dominación sea tanto legal como legítima, tan urgente como necesaria. Ahora nos condensan esas visiones en un todo que presenta el bien contra el mal.
Esa precaria consideración moral de los problemas económicos y sociales abre la puerta a los dogmas metafísicos. Pero como Dios parece estar del lado de los pobres, es preciso construir una alternativa que garantice la continuidad en el tiempo de la explotación, que de ser posible la haga irreversible. Allí donde calza la fascinación por la IA, de las posibilidades así como los condicionantes que implica. Se van los marketineros, nos dejan a los influencers. La soberanía ya no reside en el pueblo, sino en quien paga el algoritmo, siempre presente en cada secuencia de lo que queda de la política. Ganan los bots, que pretenden ser los nuevos militantes. Según la Real Academia, un bot es un “programa que imita el comportamiento humano”. Y si hay que imitar lo que no se es para ganar, entonces será. Incluso si implica tocar algunos porcentajes en el conteo rápido de los votos. La tecnología no miente, “naturalmente”. Es que las creencias de los amos de la IA es el “dark enlightement” (todo un oxímoron), donde encontramos a Peter Thiel, Curtis Yarvin y Nick Land. Se dicen reaccionarios, no creen ni en la democracia ni en la justicia social y además odian a las mujeres. Festejan el “aceleracionismo”, una forma futurista de fascismo. Exigen a los gobiernos el reemplazo de la política por la técnica probabilística que venden.
Nos proponen un Apocalipsis sin revelación, un anticristo sin el regreso de Dios. Sacrificios, pero sin fin: naciones y pueblos disfrutarán la catástrofe permanente. La humanidad será conducida por amos globales exigentes que no sufren los dolores que causan. Por cierto, prefieren reemplazar los humanos por robots, o al menos que sean así de previsibles en cuidada programación. “robot” es una palabra checa que viene de “servidumbre”. ¿Sueñan los replicantes con ser gemelos digitales? “Lágrimas en la lluvia”, diría Roy Batty en la voz de Rutger Hauer. Suena Vangelis.
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