De no creer: Humor y Poder – Goya – Identidad Correntina

Por Jagua Arandú para Identidad Correntina

Sentado debajo de un sauce correntino, con una notebook que seguramente tiene más memoria que la que me queda después de los setenta y pico, el Jagua Arandú mira el espectáculo nacional y llega a una conclusión sencilla:

De no creer.

No porque en la Argentina se discuta política. Eso ocurre desde antes de que existieran los partidos políticos.

Lo difícil de creer es que un jubilado de Goya pueda conversar con una Inteligencia Artificial sobre Aristófanes, Freud, la libertad de prensa, las patentes farmacéuticas, las semillas mejoradas y los editoriales de los diarios más importantes del país.

Y sin embargo, acá estamos.

Mientras tanto, en Buenos Aires, se libra una batalla singular.

De un lado aparece un Presidente que suele repartir adjetivos con la misma generosidad con que un sembrador reparte semillas en primavera.

Del otro lado aparecen periodistas, editorialistas y humoristas de enorme prestigio defendiendo la tradición crítica del periodismo argentino.

Entre ellos, el histórico José Claudio Escribano, cuya pluma elegante acompañó durante décadas los grandes debates nacionales.

Y también dos maestros del humor político que supieron hacer pensar a varias generaciones de argentinos: Alejandro Borensztein y Carlos María Reymundo Roberts.

Sería absurdo negar sus méritos.

Durante años hicieron algo extraordinario.

Lograron que la gente reflexionara mientras se reía.

Y eso no es poca cosa.

Porque el humor siempre ocupó un lugar especial en la historia argentina.

Los argentinos nos reímos de los gobiernos.

De la economía.

De la inflación.

De los políticos.

Y, cuando no queda otra alternativa, hasta de nosotros mismos.

Por eso resulta tan curioso observar cómo el humor y el poder parecen haberse encontrado en la misma esquina.

Por momentos la discusión parece una clase magistral de filosofía política.

Por momentos parece una sesión académica sobre la libertad.

Y por momentos recuerda a dos patrones discutiendo por la mensura de un campo mientras los peones escuchan desde el alambrado.

El problema es que mientras arriba vuelan palabras como república, institucionalidad, enjundia periodística, libertad de expresión, propiedad intelectual y doctrina libertaria, abajo la vida sigue transcurriendo con problemas mucho más concretos.

Hay jubilados mirando el precio de los remedios.

Hay productores mirando el costo del gasoil.

Hay comerciantes mirando la caída de las ventas.

Y hay familias haciendo cuentas frente a la góndola del supermercado.

Por eso el ciudadano común observa esta batalla con sentimientos encontrados.

Admira la inteligencia de los protagonistas.

Respeta sus trayectorias.

Pero muchas veces no logra descubrir qué relación tiene esa guerra de gigantes con los problemas cotidianos.

Quizás estemos asistiendo a un fenómeno mucho más profundo.

La caída de los antiguos monopolios de la palabra.

No porque hayan desaparecido los grandes periodistas.

No porque hayan dejado de existir los intelectuales.

Ni porque el talento haya perdido valor.

Sino porque la tecnología modificó las reglas del juego.

Hoy cualquier persona puede acceder a bibliotecas digitales, consultar documentos históricos, comparar opiniones y hasta debatir con una Inteligencia Artificial desde una ciudad del interior profundo.

La información ya no desciende exclusivamente desde los viejos púlpitos.

Ahora circula.

Se comparte.

Se discute.

Se contradice.

Y eso genera incomodidad.

A los políticos.

A los empresarios.

A los periodistas.

A los académicos.

A todos.

Porque nadie disfruta perder influencia.

Mientras tanto, debajo del sauce, el Jagua sigue observando.

Escuchando a Escribano.

Leyendo a Borensztein.

Disfrutando las ironías de Reymundo Roberts.

Escuchando también a quienes piensan distinto.

Y aprendiendo de todos.

Porque quizás la verdadera libertad no consista en imponer una verdad única.

Quizás consista simplemente en conservar el derecho a discutirla.

Incluso cuando el interlocutor sea una máquina.

Mirá vos, chamigo.

Quién hubiera dicho que la revolución tecnológica iba a terminar sentando en la misma mesa a un jubilado correntino, a tres grandes periodistas argentinos y a una inteligencia artificial.

Definitivamente, tiempos raros.

Y, para el Jagua Arandú, tiempos absolutamente fascinantes.

fuente: GOOGLE NEWS

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