De la conversación a la cancelación: el caso de Ariana Harwicz en Granada

Llevo casi tres décadas dedicada a crear las condiciones para que los libros circulen, los escritores se encuentren y las ideas puedan discutirse. He pasado buena parte de mi vida leyendo para otros: para quienes se sientan frente a un escritor sin conocer todavía su obra, para quienes llegan a una conversación movidos por la curiosidad o por el desacuerdo. No siempre comparto las ideas de mis invitados. Si así fuera, mi trabajo sería bastante menos interesante.

Ariana Harwicz acaba de participar en nuestro Festival Literario Internacional Blue Metropolis, aquí en Montreal. Ahora, la autora de Matate, amor acaba de ser desinvitada de un festival literario en Granada tras manifestar su oposición a los boicots culturales. No se le reprocha una falta literaria. Se cuestiona una posición que sus interlocutores podrían haber discutido con ella, incluso delante del público. Ariana quiere conversar con quienes discrepan. ¿No era ésa la razón de invitarla?

Afiche del Festival Literario Internacional Blue Metropolis, de Montreal 2026.

Granada. De todas las ciudades, Granada.

Allí se firmó, en 1492, el edicto que decretó la expulsión de los judíos de Castilla y Aragón. Más de cinco siglos después, una escritora judía vuelve a ser excluida, esta vez de un festival literario. Hay heridas que la historia no deja de abrir. Y hay ciudades en las que una exclusión debería exigir, cuando menos, una conciencia particularmente aguda de las palabras y de sus consecuencias.

Entre las instituciones que figuran como patrocinadoras se encuentra la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. Tres culturas: la judía, la cristiana y la musulmana. Una fórmula tan repetida que corre el riesgo de convertirse en decoración, en un hermoso rótulo al que ya nadie le pregunta qué significa. ¿Qué queda de esas tres culturas cuando una de sus voces es apartada de la conversación?

Carolina Sanin en Buenos Aires. Foto: Fernando de la Orden.

Entre las numerosas voces que han salido en defensa de Ariana se encuentra la de Carolina Sanín, biógrafa de Alfonso X el Sabio. La ironía es feroz. En el siglo XIII, el monarca, acaso el primer gran gestor cultural de nuestra lengua, reunió a sabios judíos, musulmanes y cristianos en una extraordinaria empresa de traducción, producción y circulación del conocimiento que contribuyó a convertir el castellano en una lengua de saber.

Resulta desolador tener que explicar algo tan elemental a quienes se dedican profesionalmente al mundo del libro en español. Cabe preguntarse con qué conocimiento de nuestra historia y de nuestras tradiciones se arrogan la autoridad de decidir qué voces merecen representarlas. Y tener que plantear esta pregunta para defender la presencia de una escritora judía en Granada.

La pregunta excede este episodio. En los circuitos literarios que se presentan como latinoamericanos o iberoamericanos, no es infrecuente encontrar iniciativas que prescinden de Brasil, de Portugal y del portugués sin detenerse a considerar qué significa esa ausencia. Hispanoamérica, América Latina e Iberoamérica no son términos intercambiables. No se trata de una sutileza terminológica: cada uno nombra una historia y una geografía cultural distintas. El portugués no es una lengua invitada a nuestra conversación; es una de las lenguas que la constituyen.

Conocer una tradición supone reconocer sus dimensiones, sus diferencias internas y sus zonas de contacto. Ninguna institución, por prestigiosa que sea, recibe por ese solo hecho el mandato de hablar en nombre de todos los que la integran. La representación cultural exige conocimiento, escucha y una conciencia de sus propios límites. Antes de decidir quién tiene cabida en una conversación, convendría saber de qué conversación estamos hablando.

Sé que es posible hacer las cosas de otra manera.

Lina Meruane en Buenos Aires. Foto: Fernando de la Orden.

En noviembre de 2023, pocas semanas después del 7 de octubre, me correspondió presentar el Premio Azul con Lina Meruane en el Hay Festival de Arequipa. Se lo habíamos entregado en abril, en Montreal. Durante los días previos intercambiamos audios interminables, algunos de veinte minutos. Lo ocurrido estaba demasiado fresco para las dos. Necesitábamos hablar de ello y decidimos llevar nuestra conversación hacia Volverse Palestina, su libro.

A quienes imaginan que una escritora chilena de ascendencia palestina y una judía brasileña no pueden dialogar, quizá les sorprenda descubrir cuánto tenemos en común. Somos hijas del Mediterráneo, nietas de familias desplazadas al Cono Sur, herederas de lenguas, pérdidas y geografías que nos preceden. Nuestras historias se encuentran mucho antes de que otros pretendan situarnos en bandos irreconciliables.

Queríamos hablar de lo que acababa de ocurrir y de la obra de Lina ante un público capaz de conmoverse por el sufrimiento palestino sin que esa solidaridad exigiera hostilidad hacia los judíos, que acabábamos de sufrir la mayor masacre de nuestro pueblo desde el Holocausto. Nos importaba preservar esa distinción: que la defensa de los palestinos no se convirtiera en coartada para el antisemitismo, ni una conversación literaria en un espacio donde el dolor de unos sirviera de pretexto para expresar el odio hacia otros.

Ariana Harwicz en el Teatro Colón. Foto: Ariel Grinberg.

Confiábamos en Cristina fuentes La Roche, directora del Hay Festival, uno de los encuentros literarios más prestigiosos de las Américas, que conduce con extraordinaria habilidad y cuidado. No pedimos que se modificara el título anunciado ni adelantamos a las coordinadoras el rumbo que tomaría el encuentro. Contábamos con la libertad necesaria para que la conversación encontrara su propio camino.

Las dos somos doctoras y conocemos los instrumentos del análisis del discurso. El título del libro nos ofrecía una puerta de entrada: volverse es transformarse, pero también regresar, girar la mirada hacia lo que quedó atrás. ¿Cómo se vuelve a una tierra en la que nunca se ha vivido? ¿Qué significa heredar un lugar?

Seguimos las preguntas del libro hasta llegar a aquello que nos dolía. Recuerdo la lágrima viva en los ojos del público y los pañuelos que aparecían discretamente en la primera fila. No habíamos evitado nada. Tampoco habíamos necesitado convertir nuestras identidades en trincheras. La literatura había hecho su trabajo.

El nuestro, como programadores, consiste en darle esa posibilidad.

Una invitación no equivale a una adhesión. Una entrevista no es un homenaje. Nuestra responsabilidad es leer las obras, investigar, formular preguntas rigurosas y crear las condiciones para que ocurra una conversación que el público no encontraría en otra parte. Si sólo convocamos a quienes confirman nuestras convicciones, dejamos de programar literatura y empezamos a administrar consensos. Y si cedemos a la exigencia de retirar a una autora porque sus ideas incomodan, no sólo perdemos esa conversación: dejamos establecido el criterio con el que podrá cancelarse la siguiente.

Ariana es una escritora judía argentina que vive en Francia, no una portavoz de Milei ni de Netanyahu. Si el propósito de excluirla es aliviar el sufrimiento palestino, sería interesante conocer el mecanismo: ¿qué ayuda concreta produce su ausencia? ¿Qué gana el pueblo palestino? El dolor de un pueblo merece algo más que convertirse en argumento para silenciar a una escritora.

Como me dijo una vez Javier Sinay, nuestro D-os es un libro.

El judaísmo no habla con una sola voz. El Talmud conserva interpretaciones enfrentadas, objeciones y opiniones minoritarias. No necesita borrar una interpretación para transmitir otra. El desacuerdo forma parte de nuestra tradición intelectual.

De Proust a Kafka, de Zweig a Levi, de Singer a Bellow, de Celan a Glück, de Auster a Roth, de Benjamin a Arendt, de Sontag a Oz, de Grossman a Chabon, de Malamud a Kertész; de Lispector a Glantz, de Pizarnik a Gelman, de Kamenszain a Scliar, de Gerchunoff a Chejfec. Y Leonard Cohen.

Cohen, poeta, novelista y músico de Montreal, llevó su herencia judía hasta las últimas canciones de su vida. En You Want It Darker pronuncia Hineni: aquí estoy. Es la respuesta de Abraham al llamado divino, una palabra de presencia y disponibilidad que, en la voz grave de Cohen, parece contener siglos de plegarias, dudas y conversaciones con D-os. La tradición no aparece allí como una etiqueta identitaria, sino como una lengua íntima desde la cual interrogar la existencia.

Ingrid Bejerman es periodista, doctora en Comunicación, profesora de la Universidad Concordia y directora de Programación en Español y Portugués del Festival Literario Internacional Metropolis Bleu/Blue Metropolis, en Montreal.

Estos autores no comparten una voz ni una manera de ser judíos. Pero el judaísmo, vivido, heredado, interrogado o incluso rechazado, es una dimensión fundamental de estas obras. Sin ellas, nuestra literatura sería inconcebible.

Los libros escritos por judíos seguirán existiendo, con o sin invitaciones. Quienes pierden al excluir nuestras voces son los festivales y sus públicos. Se pierde la pregunta que nadie había pensado formular, la objeción que habría obligado a precisar una idea, la posibilidad de descubrir que el interlocutor al que habíamos reducido a una etiqueta tenía algo que decirnos.

Escribí estas líneas en los días previos a Yom Kippur, tiempo de examen de conciencia y reparación. Pienso en Granada y en la distancia que separa una sala en la que dos mujeres pueden conversar desde sus historias compartidas de otra en la que una escritora ya no tiene permitido entrar.

No hace falta estar de acuerdo con Ariana Harwicz. Hace falta leerla. Y conversar con ella.

Ingrid Bejerman es periodista, doctora en Comunicación, profesora de la Universidad Concordia y directora de Programación en Español y Portugués del Festival Literario Internacional Metropolis Bleu/Blue Metropolis, en Montreal. Lleva casi tres décadas tendiendo puentes entre lenguas, literaturas, territorios y públicos.

fuente: CLARIN

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