En este país siempre fuimos pioneros y descubridores de las grandes ideas y sus creadores. Filósofos, psicoanalistas, historiadores, científicos encontraron en nuestro país un territorio fecundo para expandir su obra. Hoy diríamos viralizar. Tierra pródiga en reconocimientos concretos y o simbólicos, se llenaron auditorios para escuchar y vivar a Jürgen Habermas, Umberto Eco, José Ortega y Gasset, Albert Einstein: todos fueron ungidos como grandes y necesarios intelectuales de estos dos últimos siglos. Otros llegaron con libros e influencias como Claude Lévi-Strauss, Sigmund Freud, Gilles Deleuze, Zygmunt Bauman (aquí la lista es infinita).

Michel Foucault, de quien se cumplen 100 años de su nacimiento (Poitiers, 15 de octubre de 1926), no vino a la Argentina pero ya en los años 60 era leído y en poco tiempo sus libros llegaron y se distribuyeron sostenidamente. Ya desde entonces, se tejía su leyenda. Fue curioso que en la visita de su biógrafo Didier Eribon –en 1987– a Buenos Aires, el solo hecho de haber escrito el primer texto biográfico del filósofo muerto tres años antes, lo volvió una luminaria capaz de llenar el auditorio del Colegio de Escribanos porteño.
En Los usos de Foucault en la Argentina, la notable investigación de la historiadora Mariana Canavese se distingue el aporte fundamental del psiquiatra y psicoanalista José Bleger, quien, en Psicoanálisis y dialéctica materialista, libro que escribió en 1958, cita el primer libro de Foucault: Enfermedad mental y personalidad, publicado en Francia en 1954. Ese texto fue traducido, con entusiasmo y gran olfato intelectual, por Emma Kestelboim, una estudiante de psicología rosarina. Luego fue publicado por editorial Paidós en 1961. Ya en 1970, el ensayista José Sazbón destacó la importancia de un libro clave para la filosofía como Las palabras y las cosas. Lo divulgó en su Análisis de Michel Foucault. También el filósofo Enrique Marí compartió lecturas del filósofo sin traducir, en sus clases en la Facultad de Derecho de la UBA de modo clandestino durante la última dictadura. Hasta llegó a “traficar” libros de modo secreto y a su propio riesgo de quien los militares solo sabían que era un autor subversivo. En Las palabras… Foucault arranca citando el ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”, de Jorge Luis Borges.

Un egresado de las carreras de filosofía (Vincennes) y de sociología (Sorbona), llamado Tomás Abraham –alumno de Foucault– comenzó a dictar la materia Problemas filosóficos en el CBC de la UBA en 1985. Un año antes mientras dictaba una materia similar a los ingresantes de la recuperada carrera de Psicología, supo de la muerte de su maestro. Abraham congregaba multitudes en sus clases en la primavera democrática y continuó enseñando la obra de Foucault y filosofía en general en el ámbito privado del Colegio Argentino de Filosofía donde dictaban clases Marí, Edgardo Chibán, entre otros. La muy popular y escénica filósofa Esther Díaz lo enseñó en su cátedra de Pensamiento Científico en el CBC.

Gracias al trabajo del filósofo Edgardo Castro, considerado uno de los mayores expertos globales en la obra de Foucault, conocimos innumerables escritos y conferencias inéditas. El ensayista Luis Diego Fernández, uno de los más importantes pensadores de la escena contemporánea argentina, sigue encontrando actualidad en el pensamiento de Foucault.
Durante décadas, textos foucaultianos sobre ética, sexualidad y pluralismo acompañaron los debates sobre ampliación de derechos y movimientos sociales. Hoy, es una herramienta clave para entender la deriva reaccionaria y sus consecuencias. La pregunta sobre el poder, sigue congregando audiencias deseosas de tener una respuesta adecuada para estos tiempos sin horizonte.