
Nunca el ser humano había tenido tanta información al alcance de la mano. Desde una pantalla es posible conocer en segundos qué ocurre al otro lado del planeta, consultar los símptomas de enfermedad, o resolver tareas de distinta dificultad con el soporte de la revolucionaria inteligencia artificial. La sociedad produce más, procesa cantidades ingentes de datos y depende de sistemas financieros, políticos y tecnológicos de una complejidad extraordinaria. Sin embargo, para Yuval Noah Harari, todo este conocimiento colectivo esconde una paradoja: la humanidad sabe mucho más sobre el mundo, pero puede entender bastante menos la vida que lleva.
“Si preguntas quién entendía mejor su vida, un cazador-recolector medio de hace 50.000 años o una persona actual, el cazador-recolector entendía mucho mejor la suya”, sostiene. No plantea que aquellos antepasados fueran más felices o vivieran mejor. Conocían poco sobre las causas de las enfermedades o los ciclos biológicos, pero su existencia dependía de elementos que podían observar y comprender. Hoy se pueden explicar muchos de aquellos fenómenos mientras las decisiones individuales están condicionadas por mercados, algoritmos, leyes y redes digitales cuyo funcionamento pocos conocen realmente.
Los datos tampoco dibujan una sociedad simplemente infeliz. Los últimos datos de Eurostat dan un notable -7,2 de media en el conjunto de la Unión- satisfacción vital de los europeos. A pesar de las dificultades para acceder a la vivienda en muchas zonas o los bajos salarios, los jóvenes de 16 a 29 años siguen mostrando una satisfacción superior a la media. El marco, con matices, refleja un contexto donde el bombardeo informativo y la presión de las redes dan lugar a una sociedad materialmente avanzada que afronta nuevas tensiones sobre bienestar, relaciones y futuro.

Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, lleva años estudiando precisamente estas contradicciones. Autor de Sapiens, Homo Deus, 21 lecciones para el siglo XXI y Nexus, sus libros han vendido unos 50 millones de ejemplares en 65 idiomas. Ahora ha vuelto sobre ellas en una conversación titulada The next 50 years: humanity, AI, power, centrada en cómo la inteligencia artificial puede alterar las estructuras que organizan nuestra vida.
La clave para Harari está en el lenguaje. Hace decenas de miles de años, sostiene, la capacidad de comunicarnos de forma sofisticada permitió levantar estructuras cada vez mayores. Estados, religiones, redes comerciales o sistemas financieros están construidos, en última instancia, sobre palabras: leyes, escrituras, contratos o apuntes contables. Su preocupación surge cuando una tecnología empieza a dominar precisamente ese terreno. “Si este es el sistema operativo de la civilización, ¿qué ocurre cuando algo ajeno toma el control del sistema operativo?”, plantea.
“Aunque seas la persona más poderosa del mundo, si no conoces la verdad sobre ti mismo serás miserable, porque no sabrás ser feliz”
La IA introduce además una diferencia que Harari considera fundamental respecto a tecnologías anteriores. Una imprenta necesitaba que alguien decidiera qué publicar y una bomba necesitaba una orden humana. Los nuevos sistemas pueden recibir objetivos, ejecutar tareas y tomar decisiones dentro de determinados entornos. “La IA es un agente”, resume. Y lleva el razonamiento hasta las finanzas: “En diez años podríamos estar en una situación en la que no quede un solo ser humano en la Tierra que todavía entienda las finanzas”. Es una predicción, no una estimación científica, pero ilustra su tesis sobre la creciente distancia entre las personas y las estructuras que condicionan sus vidas.

La IA introduce además una diferencia que Harari considera fundamental respecto a tecnologías anteriores. Una imprenta necesitaba que alguien decidiera qué publicar y una bomba necesitaba una orden humana. Los nuevos sistemas pueden recibir objetivos, ejecutar tareas y tomar decisiones dentro de determinados entornos. “La IA es un agente”, resume. Y lleva el razonamiento hasta las finanzas: “En diez años podríamos estar en una situación en la que no quede un solo ser humano en la Tierra que todavía entienda las finanzas”. Es una predicción, no una estimación científica, pero ilustra su tesis sobre la creciente distancia entre las personas y las estructuras que condicionan sus vidas.
La IA que va más allá
La misma complejidad llega a algo todavía más íntimo. Harari señala que algunas personas empiezan a confiar conversaciones personales a sistemas artificiales. Una encuesta estadounidense de Common Sense Media de 2025 encontró que el 72% de los adolescentes del país había probado compañeros de IA y que aproximadamente un tercio de sus usuarios había preferido alguna vez hablar con ellos antes que con una persona sobre asuntos importantes.
También cambia el problema de la información. “La verdad es costosa”, afirma Harari. Requiere investigar, contrastar y aceptar conclusiones que pueden resultar desagradables. “La ficción es muy, muy barata”, además de poder construirse de manera sencilla y halagadora. A esa desigualdad se suma que buena parte de lo que millones de personas ven cada día ya está seleccionado por algoritmos de recomendación. Para Harari, los grandes editores contemporáneos “no tienen nombre porque son algoritmos”.
Ahí acaba regresando al cazador-recolector. La IA puede abaratar extraordinariamente la inteligencia entendida como capacidad para resolver problemas, pero no decide qué problemas merece la pena resolver. Harari recupera los cuentos del genio que concede cualquier deseo y cuyos protagonistas terminan pidiendo aquello que no necesitaban. “La inteligencia es el genio: hará realidad todos tus sueños, pero necesitas sabiduría para elegir cuáles son esos sueños”, concluye.
Pau Ortiz
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