
Yamila Bêgné miró al cielo y encontró una novela. La llamó La música de las esferas (Omnívora Editora) y esta mañana en un bar de Corrientes y Callao dice lo siguiente: “Fui muy feliz escribiéndola.” La noticia es que a un mes de su llegada a la mesa de novedades, el libro ya ingresó a imprenta para una reimpresión. Algo no tan habitual en un contexto actual donde los números de ventas no son nada alentadores. Cuenta la narradora: “Estoy muy asombrada, realmente. No sé si se puede atribuir a algo o es el azar. Es incontrolable lo que pasa con los libros, pero yo estoy contenta.”

Esto sucedió así: Bêgné (1983) descubrió la existencia de un planeta enano llamado Eris, y luego a su único satélite natural conocido como Disnomia. Y, por algo es escritora, se enamoró de estas dos palabras: Eris/Disnomia. Esa fascinación lumínica fue la pista de despegue que dio origen a su nueva novela. Una historia en la que una científica vive una noche salvaje de dulce venganza con su ex pareja que le robó algo y ella definitivamente lo quiere recuperar.
A su modo es una novela de intriga y acción donde las alianzas femeninas se fortalecen para equilibrar la balanza que los hombres siempre inclinan a su favor. La música de las esferas se mueve en un terreno de violencia contenida que va estallando de forma paulatina y dosificada. Se trata, por supuesto, de la delicadeza de un golpe bien ejecutado como acto de justicia divina y recomposición.
Esto representa un cambio de lo que venía escribiendo Bêgné: “Siento que mis anteriores libros tenían cierta apretazón de la lengua. No estaban tan volcados hacia la acción y sí hacia el lenguaje, que es algo que amo y que me encanta, pero siempre me costó empujar al personaje a decir algo distinto. Eran historias más hacia adentro y el movimiento era pendular de algún modo”, explica.
Y continúa: “Y en esta, quizás por mi propio cansancio, de mí misma y porque apareció esta voz de la protagonista, de la narradora, siento que pasó algo distinto. Es una novela donde hay mucha acción y en eso me ayudó el arco temporal de una sola noche. Muy rápidamente vino la idea de un capítulo, un espacio de la ciudad, una canción. Entonces, un poco decantación y por el cambio de las anteriores surgió esto pero también porque apareció esta voz que quería necesitaba otra cosa ese personaje”.
Algunos enfrentamientos
La música de las esferas es una novela que plantea en su interior algunos enfrentamientos que le son productivos al lector: la ciencia y la magia, lo femenino y lo masculino, lo racional y lo inconsciente, la música y el silencio, la noche y el amanecer, la ciudad y el espacio verde, la legalidad y el robo, y así. Estas tensiones van estructurando la movilidad de una historia que parece estar hablando, además, de cómo el amor cuando se vuelve desamor ingresa en el territorio de las miserias y ahí nadie se salva de quedar expuesto en toda su humanidad.
Desde este punto continúa la charla de Clarín con la escritora Yamila Bêgné.
CUL / Yamila Bêgné
–¿Esta novela surge de una obsesión con un planeta enano y su luna?
–Nació cuando apareció esta voz de la protagonista y se cruzó con mi obsesión por Eris/Disnomia. Entonces tuve que encontrar una profesión para ella: astrónoma y física. Pero con un acercamiento más atmosférico y emocional y no tan cuantitativo a esas dos esferas. A partir de ahí Eris/Disnomia también se convirtió en motivo en la novela, porque ella va siguiendo el movimiento del cielo nocturno ese 21 de junio. Hice una investigación muy precisa de constelaciones, el movimiento de la luna, Venus y demás para darle cierta verosimilitud.
–¿La ciencia te interesaba o te sirvió para darle solidez a la novela?
–Me interesan mucho las ciencias como discurso, como léxico, como mundo de lenguaje. Aunque no entienda nada o entienda una mínima fracción. Me atrae el sistema cerrado que pretende armar la sonoridad y el mundo que crea, porque es una creación de esas ciencias. Y me interesa como una aproximación desde la ficción a la ciencia sin que sea, necesariamente, ciencia ficción. Me parece muy interesante porque es resignificar esas palabras que por ahí en un contexto monográfico o académico son muy duras, y en un contexto de lenguaje de la ficción o incluso de la poesía se resignifican y connotan otras cosas.
–Es una novela de mucha acción. Incluso hay robos a instituciones.
–Sí, mi preocupación era que resultara verosímil. Porque es bastante extremo entrar a las doce de la noche en un instituto de investigación. Pero a la vez, y ahí quizá viene a ayudarnos lo que más creemos como lectores, si el mundo del lenguaje lo habilita, está todo bien. Yo creo que el personaje lo habilita. Su impulso de esa noche, su desequilibrio. Esa combinación y este deseo de recuperar lo suyo, habilitaba estos momentos extremos de acción. Intenté resolverlo.
–En la novela, las alianzas que construyen las mujeres son de colaboración y los hombres se unen para otra cosa.
–Quizás si lo pienso ahora se me fue un poco la mano. ¿Tendría que haberlos distribuido de otro modo? Me parece que no, creo que funciona muy bien en términos de lenguaje, hasta como drama. A mí me gusta mucho el personaje de Violeta. Esa mujer que colabora con la protagonista, un poco madre naturaleza en la ciudad, algo así. Claramente más grande que ella, que entiende sin que las cosas se digan, y que ayuda sin necesidad de que le pidan ayuda.Es una especie de una guardiana luminosa. Y ayuda al acto de justicia que la protagonista está buscando. Porque está buscando eso, justicia.
–Justicia por mano propia.
–Sí, puede ser. No lo pensé así en el momento de la escritura, pero tiene que ver con eso, ¿no? La sensación de soledad y de indefensión. Y que los únicos andamios que nos sostienen son estas alianzas. Una fe, quizás, en algo. Ella, claramente, no tiene otra opción, no le quedó otra.
Ciudad Universitaria me parece fascinante con esos pabellones que parecen venidos del espacio, tiene algo muy único, muy aislado, muy tétrico también
–Capital Federal es otra protagonista de la novela.
–Ciudad Universitaria me parece fascinante con esos pabellones que parecen venidos del espacio, en medio del río, tiene algo muy único, muy aislado, muy tétrico también. Pensado como panóptico. Y, por otro lado, está mucho esta zona del centro. Desde que soy adolescente, me siento como en casa en Corrientes, entre Callao y el Obelisco. Camino por acá y siento que puede pasar cualquier cosa, pero yo me siento en casa. En estas librerías, toda nuestra generación armó su biblioteca con saldos, libros usados, en estas cinco cuadras, y las calles transversales.
–¿Cómo te sentías al terminar esta novela que es distinta a tus otros libros?
–Para mí es hermoso terminar libros, sos el primero en ver ese mundo cerrado. Para mí hay un momento muy lindo, casi al final, donde uno tiene que ser como de continuista de sí misma, ver el hilado fino, me encanta, es maravillosa esa parte final. Y después, cuando está cerrado, hay un momento de euforia mezclado con tranquilidad. Una tranquilidad de ¿cómo lo hice, no? No porque sea genial, sino porque, ¿cómo ocurrió? ¿Cómo ocurrió este proceso? Y por otro lado, es necesario cerrar un libro para pasar al siguiente. A veces hay otro que está empujando ahí. Cada novela necesita un trabajo específico y eso es muy lindo de escribir. Que no es siempre la misma moldura, ni el mismo trabajo. Hay que aprender a escribir de nuevo un poco en cada novela y sobre todo aprender a corregir de nuevo porque cada novela o cada libro de cuentos necesita una mirada distinta. Si no, sería muy aburrido.

–¿En qué momento te encuentra esta novela?
–Creo que es un momento de cambio. Me impulsa. Siento que hay algo distinto que me salió. Un poco por azar, un poco también porque escribí las anteriores. Por el mero peso de los años escribiendo, la escritura va mutando. Y era un cambio que de algún modo venía buscando, pero en otro punto me encontró. Eso es lo lindo de escribir, ¿no? Que no todo es controlable, al contrario. A veces sucede algo distinto. Yo siempre tengo ganas de escribir, para mí es muy importante estar siempre pensando en la escritura. Yo creo que tiene que ver con la acción, con el verbo. En esta novela encontré también la diversión y el placer. Y lo brillante de lo verbal. Me interesa profundamente el lenguaje. Entenderlo y desentenderlo. Aprenderlo y desaprenderlo. Creo que es más lindo desaprender que aprender. Es más difícil aprender, ¿no? Porque una aprende de sí misma en una novela, después lo tenés que desaprender para la siguiente, si no querés escribir la misma novela. Entonces eso me interesa también, desaprender lo que en algún momento me pareció terreno firme, desestabilizarlo para moverlo levemente. Porque también desestabilizar es muchísimo. Mover levemente el mundo de la escritura hacia otra cosa.
- Nació en Buenos Aires, en 1983.
- Publicó las novelas Cuplá, (Omnívora), La máquina de febrero (Leteo), Estas piedras (Omnívora) y, recientemente, La música de las esferas (Omnívora).

- También, cuatro libros de relatos, entre ellos Los horizontes (Bajo la luna).
- Obtuvo una mención de honor en el Premio Nacional de Novela Sara Gallardo y también en el FNA.
- Recibió la Beca Néstor Sánchez y fue escritora residente en el International Writing Program de la Universidad de Iowa.
La música de las esferas, de Yamila Bêgné (Omnívora Editora).
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