
La fractura del triángulo de hierro del Indio Solari, Skay Beilinson y La Negra Poli hizo estallar por el aire a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Era 2001, todavía no había explotado la crisis en Argentina, aunque se olía. El guitarrista volvió rápido al ruedo: en cuestión de meses sacó su primer disco solita, A través del mar de los sargazos (2002). Solari, en cambio, se recluyó en un estrecho círculo de intimidad alrededor de Virginia y el recién nacido Bruno.
Virginia es Virginia Mones Ruiz, su esposa desde fines de los años ochenta. Se habían conocido “promediando el verano del año ’81”. Virginia es Viruta, como la llamaba el Indio. Fue ella quien, alertada por la cuidadora, corrió a ver qué había pasado con el cantante, inconsciente en la pileta de su casa de Parque Leloir este fatídico viernes 5 de junio a la mañana.
La historia de Viru y el Indio quedó registrada en una canción que el artista publicó en Porco Rex (2007), su segundo disco en solitario. Es el primer álbum que satisfizo al cantante y con el que se cobró cuentas pendientes. El tema 9 es “Y mientras tanto el sol se muere”. Es la canción de amor más sincera que sacó el Indio.
“Y mientras tanto el sol se muere / y no parece importarnos… / Mientras te quiero el sol se apaga / y si Dios queda en nada o no existe / te amaré mucho más“, dice Solari en el estribillo.
El paso del tiempo ya se hacía sentir. Por esos días Solari tenía 59 años. Se lo veía más flaco que de costumbre. Durante algún tiempo había tenido otro motivo para encerrarse: el diagnóstico de hepatitis. “Era torta o mierda”, dijo, en su autobiografía Recuerdos que mienten un poco, sobre la eficacia de las pastillas e inyecciones que fueron el tratamiento contra la enfermedad.
Faltaba casi una década para que dijera, frente a una multitud en Tandil, que “Mr. Parkinson me anda pisando los talones”. Ya estaba rondando la muerte, uno de sus temas recurrentes: “Con un pie en el tren y otro en el andén ardiendo”, había escrito en “La muerte y yo”, de El tesoro de los inocentes (Bingo fuel), un estreno de alta sintonía con los últimos dos de Patricio Rey… pero de resultado final desparejo según Solari.
Con Porco Rex, entonces, se cobró una cuenta personal. Doble. Porque a partir de ahí las guitarras se separaron del fantasma Skay y porque, además, intentó cerrar la cuenta con su anterior banda (“Un precio muy alto pagó, quiso resucitar un muerto”).
Hubo una tercera.
“Hay una canción que le debía a Virginia, ‘Y mientras tanto el sol se muere’: quería dedicarle una canción que estuviera a la altura de la calidad de su amor“, le contó a Clarín sobre esa creación, una melodía a la que luego le tejió la letra.
En su autobiografía, escrita a cuatro manos con Marcelo Figueras, profundizó sobre el cambio del punto de apoyo en sus letras.
“Hoy en día el amor está siendo desacreditado, ridiculizado, como si fuera algo malo o una pavada -algo intrascendente-. Pero uno no vuelve virgen del amor verdadero: es posible que no haya más de una oportunidad para enamorarse así, descubriendo la necesidad de compartir una intimidad más profunda con una persona sin la cual la vida no tiene mucho significado. Es difícil enamorarse de ese modo muchas veces”, reflexionó en el libro.
Andrés Calamaro, que colaboró en el tema “Veneno paciente” de Porco Rex, lo venía cantando desde Honestidad brutal: “Existen las fantasías / pero también existe el amor verdadero / sin ese no puedo seguir entero”. Pero “Negrita” es una canción de corazones rotos. “Y mientras tanto…”, en cambio, es amor correspondido. Hasta el final.
Era también un alejamiento de la cultura rock que, a su vez, lo distanciaba del Solari de los Redondos. “Hay como una especie de teatralización irónica que ha congelado todas las miradas y las transformó en fórmula”, comentó en aquella entrevista con Clarín.
Era otro Indio. Metáforas más llanas, relatos sinceros al estilo “Juguetes perdidos” o “La hija del fletero”. Aunque seguían los guiños y los intertextos -además de las historias de malandras, los ecos del rock y los excesos-, atrás había quedado la fuerte críptica redondita que obligaba a desenredarla con una lectura en diagonal.
Las del viejo Solari son canciones directas, en línea con el giro en sus declaraciones políticas: “Martinis y tafiroles” (también de Porco Rex), “Ceremonia durante la tormenta” (de El perfume de la tempestad, 2010), “A la luz de la luna” (de Pajaritos, bravos muchachitos, 2013) y “La oscuridad” y “La pequeña mamba” (de El Ruiseñor, El Amor y La Muerte, de 2018).
La cumbre es la carta de despedida, “Encuentro con un ángel amateur”, casi recitada con rítmica de tuit y tatuaje. Desde ese aviso de “Empiezo por el final, terminaré en el principio” y el dolor porque “la traición duele hacia atrás” hasta la aceptación fatal: “Solo me falta saber la fecha y el lugar y allí iré cantando”.
En la tapa de su último disco (El Ruiseñor…) alcanzó a colocar una foto de su padre, José, y de su madre, Celina, abrazados en un retrato de otra época. Le quedaba otro deseo: dedicarle a ella, que murió en 2008 a pocos días de cumplir 100 años, una canción. Tenía las palabras, faltaba la música.
La que escribió fue la de Viru. En el estadio Ciudad de La Plata, en diciembre de ese año, miró a la derecha, señaló hacia el fondo del escenario y le cantó: “Te voy a buscar / en la oscuridad“.
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