
El otro día se me ocurrió buscar en Internet fotos de Woodstock. Del festival de Woodstock de 1969, ese concierto fundacional de la historia del rock de masas. Ese que fue un fenómeno inesperado, que sobrepasó en convocatoria a los organizadores, que desmadró al pequeño pueblito de Bethel al norte de Nueva York y que a fin de cuentas se transformó en el emergente de lo que estaba pasando con la juventud norteamericana de aquellos años. La globalización estaba en ciernes; la película y el disco llevaron al acontecimiento de paseo por las juventudes del planeta (por cierto, los famosos BARock de Argentina fueron parte del espejo mundial de Woodstock).
Décadas después la industria musical intentó replicar al del 69, pero todo quedó en un sancocho sin alma con barro artificial que fue todo menos un hecho artístico de fuste.
Pero del Woodstock original estábamos hablando. De la noche reciente en la que se me ocurrió revolver fotos de esos tres días de música, arte, sexo, drogas y común unión. Google me devolvió toneladas de imágenes que empecé a revisar como quien hojea una revista antigua. Hasta que algo empezó a no cerrar. Demasiado color en esas fotos. Demasiada psicodelia. A algunas las recordaba, tengo libros y revistas sobre el tema, y a muchas, ¡oh, San Google! nunca las había visto. Entonces las amplié.
Alojadas en distintos canales, webs, redes, etc. Las amplié y se me rompió la Matrix. Cortes de pelo que no correspondían del todo, una exagerada aparición de las kombis de VW pintarrajeadas de colores. Banderas y estandartes con el símbolo de la paz en demasía. Gente mirando a cámara, posando. Algunas parecían selfies, un concepto que en aquel tiempo no existía. Como si fueran fotos del casting de una película actual sobre lo que pasó ese verano en ese lugar…
Tuve unos segundos de zozobra. Buena parte de lo que estaba mirando era mentira. Imágenes generadas con IA según los estándares estéticos de la contracultura norteamericana de fines de los 60’s o algo así. Y sembradas en la red como quien tira semillas al viento, con los orígenes más disímiles. Fotos falsas que vaya uno a saber para qué fueron generadas pero que ahí están hoy, mezcladas con las verdaderas.

Primero me decepcioné por no encontrar sólo las imágenes documentales que pretendía. Inmediatamente me espanté. No pude no pensar en la novela 1984 y el ministerio de la Verdad, que manipulaba la Historia a gusto y necesidad.
No digo que haya maldad o inquina en quienes generaron y publicaron esas capturas truchas que hoy aparecen en Google cuando alguien busca imágenes de Woodstock 69.
Digo que por suerte soy de la generación bisagra que aún detecta estas alteraciones al pasado. No sé si mis hijos están preparados para hacerlo: eso es lo que me aterra.

Federico Wiemeyer
Bio completa
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

—



