Una Iglesia con menos respuestas y más preguntas | Seúl

En 1891, León XIII escribió su famosa carta Rerum novarum (“De las cosas nuevas”), donde plasmó las grandes líneas de la Doctrina Social con la cual la Iglesia iba a enfrentar los desafíos de cosas nuevas traídas por la Revolución Industrial. Ahora, 135 años después, León XIV profundiza en su Magnifica humanitas (“Magnífica humanidad”) el camino iniciado por su antecesor y pone su mirada sobre esa inmensa cantidad de “cosas nuevas” que caracterizan nuestro tiempo, como la inteligencia artificial.

Lo hace, sin embargo, con una diferencia de tono central. Buena parte de las interpretaciones de la encíclica publicada hace dos semanas pusieron énfasis en las advertencias y las críticas de León XIV sobre inteligencia artificial, como si hubiera seguido el modelo de León XIII sobre la revolución industrial. Pero donde León XIII buscaba dar cátedra e impulsar una moral, León XIV convoca a un diálogo con la ciencia, la política y las familias. La Iglesia ya no se siente por encima de nadie sino parte de una conversación amplia, en la que no pone reglas sino que propone una sabiduría. En el siglo XIX, la Iglesia se sentía dueña de la verdad; ahora, invita a animarse a la dimensión misteriosa de la vida.

Para sintonizar con este tono conviene detenerse primero en los textos donde León XIV describe la situación. Antes de proponer caminos o aventurar juicios, se suele ofrecer una mirada inicial de la realidad, y es ahí donde se transparenta la clave: en el modo de mirar y nombrar lo que ocurre. Por eso resulta especialmente sugerente comparar el tono de los dos Leones (el XIII y el XIV), porque permite identificar las verdaderas “cosas nuevas” que han acontecido y siguen aconteciendo en la Iglesia, porque también en ella, y no sólo en “el mundo”, han irrumpido novedades significativas.

Por eso resulta especialmente sugerente comparar el tono de los dos Leones (el XIII y el XIV), porque permite identificar las verdaderas “cosas nuevas”.

Decía León XIII, en 1891, al comienzo de su carta: “Disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose de las instituciones públicas y de las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”.

El paso siguiente es hablar de “los socialistas” y los “hombres codiciosos y avaros”. Prestemos atención al lenguaje: “Al pretender los socialistas que los bienes de los particulares pasen a la comunidad, agravan la condición de los obreros, pues, quitándoles el derecho a disponer libremente de su salario, les arrebatan toda esperanza de poder mejorar su situación económica y obtener mayores provechos”. Y continuaba: “Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta”.

Luego escribía, con toda naturalidad, que la solución a ese enfrentamiento entre “socialistas” y “hombres codiciosos y avaros” se encontraba en las enseñanzas de la Iglesia: “Confiadamente y con pleno derecho nuestro, atacamos la cuestión, por cuanto se trata de un problema cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia”.

Ni socialistas ni neoliberales

El esquema conceptual es claro: en un extremo se encontraban los “socialismos” y todos sus males; en el otro, lo que más tarde se llamaría liberalismo, neoliberalismo o capitalismo, también con todos los males que se le atribuyen. En el centro o, mejor dicho, por encima, la Iglesia diciéndole al mundo lo que debe hacer. “Con pleno derecho nuestro”, por si quedaba alguna duda.

El tono de Rerum novarum se puede describir como combativo, jurídico y correctivo. El Papa hablaba ante una “cuestión obrera” que percibe como moralmente desordenada, marcada por explotación, pobreza y confrontación entre capital y trabajo. Su actitud ante el mundo era normativa: buscaba poner límites morales claros, corregir abusos y reconstruir el orden social desde conceptos como derechos, deberes, propiedad, salario justo, familia, asociaciones obreras y el rol del Estado, entre otros.

¿Cuál es el tono de León XIV en Magnifica Humanitas? Podemos encontrarlo en su descripción del camino recorrido, en su manera de presentar la situación y en su actitud ante ese recorrido y esa situación. Con respecto al camino de la Iglesia desde los tiempos de León XIII, el Papa actual escribe: “Han pasado muchas décadas desde entonces, y el Magisterio, los pastores, los teólogos y los fieles han seguido reflexionando sobre las cuestiones sociales a la luz del Evangelio”. En otras palabras: se reconoce que no solo hay “cosas nuevas” en el mundo sino también en la Iglesia, y que ya no es suficiente repetir lo anterior.

Ya no se habla de un conjunto estático de conceptos sino de “un patrimonio de sabiduría”, donde se pueden encontrar “principios”, “criterios” y “orientaciones”.

Luego avanza, y también conviene poner atención al lenguaje: “Hoy, la Doctrina social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar”, dice León XIV. “Se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificando caminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo”.

Es fácil descubrir en estas palabras un cambio de tono y actitud notable con respecto a León XIII y, también, con respecto a la Doctrina Social misma. Ya no se habla de un conjunto estático de conceptos sino de “un patrimonio de sabiduría”, donde se pueden encontrar “principios”, “criterios” y “orientaciones” que no nacen de los mismos conceptos sino de mucho más allá. Se fundamentan en un territorio extraño para las ideas de la modernidad, incluida la IA: “En la Sagrada Escritura y en la Tradición”.

Las novedades no terminan ahí. Más adelante, el Papa actual avanza un paso más al decir que este fundamento ayuda a leer los desafíos “en diálogo con las ciencias”. No se trata de una concepción del mundo que se impone sino de una sabiduría que es trascendente (porque se nutre de la Sagrada Escritura y la Tradición), pero que dialoga con la ciencia. Es precisamente ese diálogo el que “nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente”. La lucidez exige tanto el conocimiento científico como la mirada que ve más allá de las ciencias.

La lucidez exige tanto el conocimiento científico como la mirada que ve más allá de las ciencias.

León XIV concluye diciendo que la Doctrina Social de la Iglesia “no es un conjunto estático de conceptos sino un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa. A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación”.

No se trata entonces de conceptos inmutables sino de “un cuerpo”, es decir, de algo que está vivo. Es en ese momento donde León XIV expresa el deseo de “sumar mi voz” y manifiesta la necesidad de recibir la asistencia de un “Espíritu de sabiduría” que, observemos el detalle, no es presentado como una propiedad privada de los eclesiásticos que reciben alguna inspiración desde lo alto, sino como un Espíritu que “habita en el mundo desde su creación”.

En el paso siguiente, León XIV invita a la acción: “Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación”. La frase de León XIV muestra conocimiento sobre el tema y muestra un camino que se reconoce difícil. Por una parte, dice que es necesario “adoptar instrumentos normativos adecuados” y, por otra, señala que la cuestión “no se limita a la regulación”. En ningún momento presenta a la Iglesia como dueña de una solución que los demás deben adoptar; más bien ofrece una mirada trascendente, una invitación a elevar la perspectiva y a atreverse a una apertura hacia la dimensión misteriosa de la existencia.

Esta idea se refuerza enseguida cuando escribe: “Por esta razón es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo. […] Por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?”

Clérigos en el siglo XIX

Las diferencias con respecto a León XIII son evidentes: ahora se invita a “iniciar un discernimiento compartido”; ahora la Iglesia, junto con todos, se plantea las preguntas e invita a encontrar entre todos las respuestas. En esa diferencia de tono se encuentra la “cosa nueva” que llama la atención porque requiere para muchos en la Iglesia un cambio de mentalidad inmenso. No se trata solo de diferencias de matices entre dos papas separados por más de un siglo: son diferencias de tono sobre muchos mensajes del siglo XIX que hoy se siguen escuchando desde la Iglesia.

Sorprendentemente, el Papa actual habla desde una sensibilidad y un horizonte que muchos sectores de la Iglesia parecen no compartir. Mientras León XIV usa un tono de diálogo, de cercanía y de reconocimiento del mundo contemporáneo, no pocos clérigos siguen expresándose como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto del siglo XIX. Hablan con el tono de un León XIII que se dirigía a los gobiernos con la autoridad de quien tiene “pleno derecho” de dictar las condiciones del orden social. Esta pretensión hoy resulta inadmisible cuando los interlocutores son gobiernos elegidos democráticamente y los ciudadanos ejercen su responsabilidad como adultos libres.

En Magnifica humanitas, la Iglesia aparece como partícipe de un discernimiento global. León XIV no presenta a la Iglesia como experta en inteligencia artificial, sino como portadora de una sabiduría espiritual. El trabajo a realizar desde la Iglesia no consiste entonces en imponer una moral sino en entrar en diálogo con científicos, educadores, legisladores, trabajadores, familias y pueblos vulnerables para orientar la IA hacia el bien común, la justicia, la paz y la dignidad. La “cosa nueva” se encuentra en el tono. La Doctrina Social de la Iglesia ya no puede ser presentada como una serie de principios que se deben obedecer. Ya nadie desde la Iglesia se puede presentar “por encima” de los demás, sino “al lado”, “junto”; no se está hablando de unas verdades indiscutibles sino proponiendo “una sabiduría”.

Las primeras y apresuradas reacciones que ha generado Magnifica Humanitas ponen en evidencia la obsesión de muchos clérigos, o laicos clericalizados, o algunos periodistas, de seguir hablando como en el siglo XIX.

Las primeras y apresuradas reacciones que ha generado Magnifica Humanitas ponen en evidencia una cosa bastante vieja: la obsesión de muchos clérigos, o laicos clericalizados, o algunos periodistas, de seguir hablando como en el siglo XIX. Cuando las autoridades civiles elegidas en democracia tienen que escuchar como alumnos aplicados los sermones eclesiásticos, o cuando cualquier “experto” explica que en esta encíclica la Iglesia “condena la IA”, o cuando se escuchan expresiones como “combate contra las tecnológicas”, no solo presenciamos una imagen de tiempos pasados, también presenciamos algo que no coincide con las “cosas nuevas” que propone el Papa León XIV.

Este desajuste no es menor. Revela una dificultad de fondo para asumir que el lugar de la Iglesia en las sociedades contemporáneas ha cambiado. Hablar hoy como León XIII no es fidelidad a la tradición; es una forma de no escuchar ni al mundo ni al Papa actual.

fuente: GOOGLE NEWS

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