Un lugar al que regresar

Estoy por salir de casa cuando un pequeño rayo asoma debajo de una nube en el teléfono, como un aviso materno.

Hay certezas populares que nunca entendí. Una de ellas es la insistencia en decir “qué feo día” cada vez que llueve. ¿Por qué es un día feo? Para mí, los días de lluvia son particularmente hermosos. Me encanta ver, oír, tocar la lluvia. No sé por qué compramos tantas frases hechas, ideas prefabricadas por vaya a saber quién (ni hablar de las que se arrogan la autoridad de decidir qué califica como “bello”).

Tal vez mi cariño por días que muchos denostan, tenga que ver con dos recuerdos lejanos. Antes de conocer la mala fama de un cielo gris, mi experiencia fue otra: los días de chubascos, que no podíamos jugar al aire libre, en el jardín de infantes nos proyectaban películas. Pocas mañanas me resultaban más fascinantes que esas, puertas adentro, frente a la magia de una pantalla, con el sonido intermitente de gotas cayendo fuera. Quizá esa misma lluvia anticipó mi vocación de guionista; mi amor por el cine… Y por ella. En otra escena, me veo acuclillada en la cocina mirando cómo se llena un balde celeste en la terraza. No es que pretendiera atrapar allí la tormenta (aunque la idea me encanta): juntaba ese maná líquido para lavarme el pelo, porque – según sostenía otra creencia – ese agua lo deja brillante.

Salgo de casa con paragüas y camino hasta el Centro Cultural Recoleta a ver la muestra de Borges. Allí, el propio Jorge Luis desmantela otra concepción común errada. Según explica de pie frente a los presentes, resucitado en holograma, a diferencia de lo que suele atribuírsele a la ceguera como experiencia de oscuridad completa, uno de los colores que él más extrañaba era el negro. Aún lo habitaban olas de azules y verdes y el color que más resistió fue el amarillo. Eso también lo vincula a una escena de infancia: cuando visitaba el jardín zoológico y se demoraba ante tigres, jaguares, leopardos.

Vuelvo rumiando cómo nuestra visión del mundo – así sea a ciegas – está marcada hasta por mínimas remembranzas de los primeros años; cómo una parte nuestra aún visita ese tiempo o sigue allí, en cuclillas frente a un balde o una jaula, cuando me topo de frente con una imagen poética. En medio de bocinas impacientes, gente escapando de la lluvia como de la peste, haciendo dribblings con sus paragüas volviéndolos armas mortales, aparece él. Nueve, diez años máximo. Rostro asiático, uniforme y caparazón de mochila inclinándole apenas la espalda, aunque parece no pesarle. Los ojos rasgados entregados al cielo, sin mirar, disfrutando. Avanza a su ritmo, a contramano de todos. Los brazos estirados y las palmas de las manos abiertas hacia arriba dejándose mojar, como quien reza o recibe una bendición.

Me invita a cerrar el paragüas sin decir nada. Y cuando pasa a mi lado flotando en su mundo, sonrío. De una parte, al saber que él también ama la lluvia. De otra pensando en su yo futuro, que ya encontró un buen lugar al que regresar.

María Laura Gargarella

María Laura Gargarella

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fuente: CLARIN

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