
POR ASTRID MORENO GARCÍA DIONE
Las amenazas escritas que aparecieron en baños de escuelas provinciales y nacionales encontraron un punto común: una subcultura digital que toma como referentes a los perpetradores de masacres en Estados Unidos.
Actualizada: 26/04/2026 21:40
“True Crime Community”: cómo opera la comunidad digital que glorifica los tiroteos escolares. (Foto Internet)
Por Astrid Moreno García Dione
Del documental “Bowling for Columbine: un país en armas”, que relataba los horrores de la masacre ocurrida en una escuela de Estados Unidos y vinculaba el hecho con la cultura armamentista del país —y que durante años se proyectó casi de manera obligatoria en las escuelas— a la proliferación del “true crime community” (TCC), una subcultura digital que vanagloria los tiroteos escolares, hubo un gran cambio: las redes sociales y los algoritmos que ya no optimizan contenidos, sino conductas.
En la provincia hay cerca de 30 escuelas en las que aparecieron, en los últimos días, amenazas escritas en baños y paredes: “Tiroteo x día, no vengan”. La misma tendencia se repitió en simultáneo en instituciones secundarias de todo el país y, recientemente, en Uruguay. Si bien recuerda a la clásica “broma” de la amenaza de bomba con la que los chicos perdían horas de clase, este trend que comenzó a viralizarse en redes sociales resulta mucho más peligroso si se tiene en cuenta que el 30 de marzo un adolescente de 15 años entró a una escuela de Santa Fe y mató a un compañero con una escopeta.
“Lo que pasa hoy en las escuelas viene de un ecosistema digital que se llama ‘True Crime Community’. Es una comunidad de crimen real activa donde los adolescentes no solamente consumen contenido violento, sino que lo interpretan, lo recrean y, en algunos casos, lo convierten en referencia”, alertó la licenciada en Relaciones Públicas, especialista en inteligencia artificial y conferencista, Belén Ortega.
La TCC es una subcultura digital que funciona como comunidad virtual, donde sus integrantes comparten un interés obsesivo por asesinos en masa que tuvieron alta repercusión mediática. Entre las figuras más mencionadas aparecen Eric Harris y Dylan Klebold, responsables de la masacre de Columbine en 1999, pero también Adam Lanza, autor del tiroteo en la escuela Sandy Hook (Connecticut) en 2012, donde murieron 20 personas.
Incluso, luego del tiroteo en la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, que dejó como saldo una turista muerta y 13 más heridos, las investigación del agresor fallecido demostraron que se inspiró en la masacre de Columbine para su ejecución.
Según advierte la ONG, Institute for Strategic Dialogue (ISD), en estos espacios digitales algunos usuarios adoptan comportamientos propios de un fandom. Van desde imitar la estética de los atacantes, escribir sus nombres en cuadernos escolares, decorar sus habitaciones con sus imágenes o producir contenido artístico inspirado en ellos. En los casos más extremos, incluso se identifican como “hibristófilos”, término que refiere a personas que sienten atracción por individuos que cometieron delitos violentos.
Si bien fue una tendencia que nació en Estados Unidos, país marcado por este tipo de masacres, también llegó a Argentina. Incluso, en el caso del adolescente agresor de la escuela santafesina de San Cristóbal, se descubrió que formaba parte de chats y foros vinculados a la TCC; en Córdoba un adolescente de 13 años, responsable de una amenaza en una escuela, también tenía chats haciendo referencia a esta subcultura.
“La tecnología hoy en día no solo distribuye contenido, sino que ya moldea el comportamiento. Esto hace que, cuando los niños buscan y consumen este tipo de contenido, los algoritmos (basados en inteligencia artificial, entre otros componentes) lo interpreten y moldeen sus comportamientos en función de eso”, explicó la especialista.
Generalmente, los consumidores de contenido TCC utilizan TikTok como red social de preferencia y luego Instagram.
“El objetivo del algoritmo es maximizar la atención. Entonces, si vos consumís contenido de manera constante, estos recrean un universo general y forman la realidad en base a lo que cada uno consume, al tiempo que pasa en redes, a si da ‘like’, qué comparte o qué envía a otros”, profundizó Ortega.
Luego, escalan a charlas grupales, recurren a WhatsApp y, quienes demuestran mayor interés en replicar o llevar a la acción lo que ven, utilizan Telegram por su nivel de encriptación.
Además, estas dinámicas también encuentran un espacio de circulación en los videojuegos en línea, donde los adolescentes interactúan en tiempo real. Plataformas como Roblox, por su formato abierto que permite crear escenarios propios, al igual que títulos populares como Fortnite, Call of Duty, Counter-Strike o GTA Online, funcionan como entornos sociales donde no solo se juega, sino que también se conversa, se comparten referencias y, en algunos casos, se reproducen discursos vinculados a la violencia.
“Funciona como un reto viral, pero también se vive como una especie de juego. Es como si la lógica de los juegos de realidad virtual se trasladara a la vida real. A eso se le suman distintas problemáticas que se repiten en los casos registrados en Argentina: conflictos en el ámbito familiar, dificultades en la escuela o en los procesos educativos. En muchos casos, también aparece como un llamado de atención o una forma de canalizar ansiedad”, analizó.
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Sobre el rol de las instituciones, que en algunos casos implementaron la prohibición del uso e ingreso a clases con celulares, Ortega lo calificó como una medida efectiva a corto plazo ante la urgencia de los casos, pero advirtió que también deben generarse espacios donde la tecnología se utilice en un entorno controlado y saludable. Además, remarcó que la capacitación docente es clave para no perder la autoridad de lo que sucede en el aula y en el ámbito escolar.
“En Latinoamérica no hay regulación en redes sociales. Los únicos países que la tienen están en Europa, pero solo para menores de 16 años; sin embargo, en esas edades también se están detectando riesgos. Entonces, ya es un cambio que, más allá de lo tecnológico, es cultural y social. Estamos frente a un desafío donde la tecnología avanza cada vez más rápido. Los gobiernos no la pueden, y en algunos casos no la quieren, regular”, problematizó.
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Con respecto a los padres, la especialista recomienda que hablen con sus hijos y se interioricen en los juegos online que utilizan y en el tipo de contenido que consumen en redes sociales. Además, remarcó la importancia de evitar la prohibición y optar por el diálogo para explicar los riesgos de este tipo de espacios como la TCC.
“Lo primero es tratar de que los hijos usen el celular delante de los padres. La prohibición lleva a la clandestinidad. Observar, conversar y ver qué están consumiendo es lo mejor. Hoy las nuevas generaciones necesitan comprender por qué está mal, entenderlo desde la lógica: están sobreinformados y con una estimulación constante de mensajes, donde la violencia política y social les llega por todos lados”, concluyó.
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