
La forma en que nos vestimos (o decoramos espacios) no es solo estética: también puede ser una manera de regular cómo nos sentimos y cómo nos mostramos. A veces elegimos un color porque combina con todo, otras porque “nos calma”, y muchas porque directamente es el que tenemos más a mano.
En redes se volvió común que se compartan listas tipo “los colores que usan las personas con…”. Eso genera curiosidad, pero también confusión: el color por sí solo no define una personalidad ni una autoestima. La psicología, cuando habla de esto, suele hacerlo en términos de tendencias y contextos, no de verdades absolutas.
Con esa precaución, la psicología del color sí propone que ciertos tonos -sobre todo los neutros y apagados- pueden funcionar como “escudos” cuando alguien está más sensible al juicio externo o necesita sentirse contenido.
Según estudios como el Personality Traits and Colour Preferences, de Cigić & Bugarski Ignjatović, uno de los tonos que más se asocian a esa tendencia es el gris pálido. La idea es que el gris claro puede representar protección e incluso miedo a sobresalir: una elección “segura” para pasar desapercibido, evitar miradas o no destacar demasiado en un entorno donde se teme la crítica.
En esa línea, algunas investigaciones vinculan la preferencia por colores neutros con una sensación de control y resguardo, aunque eso pueda limitar la expresión personal.

El segundo color es el marrón apagado. Desde esta mirada, los marrones suaves se relacionan con la búsqueda de estabilidad, contención y baja estimulación. Puede aparecer como una forma de “volver a lo básico” cuando alguien se siente vulnerable, está muy autoexigente o atraviesa un período de autocrítica.
En términos cotidianos: elegir marrón (sobre todo en variantes opacas) puede ser una manera de anclarse, de sentirse “en tierra firme” y no sobrecargarse de estímulos.
El tercero es el negro total. Aquí hay un matiz importante: el negro también se asocia a elegancia o poder, pero la nota plantea que, cuando se usa de forma excesiva y constante en contextos de baja autoestima, puede funcionar como una barrera emocional: una manera de ocultar vulnerabilidades, marcar distancia y controlar la imagen frente a los demás. Es decir, más que “lo elijo porque me queda bien”, puede ser “lo elijo porque me protege”.

Por último, la conclusión es no convertir esto en una etiqueta.
La elección de colores puede reflejar estados emocionales temporales, no una sentencia sobre quién eres. Identificar patrones puede servir para preguntarte “¿me estoy ocultando, me estoy cuidando, me estoy sintiendo inseguro?”; pero trabajar la autoestima no pasa por cambiar el placard, sino por fortalecer la relación con uno mismo, pedir apoyo si hace falta y recuperar espacios donde uno pueda expresarse con menos miedo al juicio.
—



