
Los carruajes de caballos, un ícono turístico de Manhattan durante más de siglo y medio, podrían estar viviendo sus últimos días en Central Park. La Central Park Conservancy, la influyente organización sin fines de lucro que administra el parque desde la década de 1980, anunció su apoyo a un plan para eliminar gradualmente esta industria, citando problemas de seguridad y de infraestructura.
La postura de la Conservancy marca un cambio decisivo: hasta ahora había evitado involucrarse en el debate. Pero en una carta enviada al Concejo Municipal el 12 de agosto, la organización argumentó que los caballos son demasiado impredecibles en un entorno cada vez más congestionado de ciclistas, corredores, peatones y familias con cochecitos.
“No podemos quedarnos congelados en el tiempo. Los caminos del parque están demasiado ocupados y la mezcla de usuarios hace que los caballos sean un riesgo”, dijo Elizabeth Smith, directora ejecutiva de la Conservancy.
Ciudades que ya dijeron adiós

El ejemplo de otras urbes refuerza la posición de la organización. San Antonio aprobó el año pasado una eliminación gradual de cinco años. Chicago prohibió los carruajes en 2021 y Montreal hizo lo mismo en 2020.
Central Park recibe anualmente unos 40 millones de visitantes, muchos de los cuales optan hoy por bicicletas de alquiler o bicitaxis que esperan en las entradas del parque. Los automóviles fueron prohibidos en sus calles internas en 2018.
Un oficio que se resiste
Los conductores de carruajes y sus representantes aseguran que son blanco de una campaña injusta. Actualmente existen 68 dueños con licencia y unos 200 caballos en total, según el sindicato de trabajadores del transporte.
“Estamos mostrando el parque tal como fue concebido por Olmsted, con caminos pensados para los carruajes”, defendió Christina Hansen, conductora y portavoz de la industria. Un paseo de 20 minutos cuesta alrededor de 72 dólares, más 29 por cada 10 minutos adicionales.
Los propietarios argumentan además que sus animales están regulados estrictamente: reciben dos revisiones veterinarias al año, tienen vacaciones obligatorias de cinco semanas y no pueden trabajar en temperaturas extremas. “A mis caballos les doy una buena vida”, dijo a The Associated Press Onur Altintas, conductor veterano, al mostrar los establos donde los animales descansan en amplias cuadras con heno.
Cruce con los defensores de animales
Las organizaciones animalistas sostienen lo contrario: que los caballos son explotados, viven en condiciones inadecuadas y representan un peligro en medio del tráfico urbano. Edita Birnkrant, directora de NYCLASS, aseguró que “no existe manera de que los carruajes sean seguros o humanos. Lo hemos intentado con regulaciones, pero no funciona”.

La presión se intensificó este mes cuando un caballo colapsó y murió cerca de sus establos. Imágenes del cuerpo del animal circularon ampliamente en redes sociales, reavivando la indignación.
La Conservancy no se pronunció directamente sobre el bienestar animal, pero sí señaló dos incidentes recientes que encendieron las alarmas: un caballo que se soltó y corrió desbocado por el parque en mayo, y otros dos que chocaron contra bicitaxis estacionados, dejando un conductor herido con una fractura.
El pulso político
El futuro de la medida es incierto. La presidenta del Concejo, Adrienne Adams, no ha dicho si el proyecto llegará siquiera a votación. El alcalde Eric Adams reconoció que se trata de un tema “sensible” y que se reunirá con ambas partes en busca de “un mejor camino hacia adelante”.
La discusión no es nueva: en 2013, el entonces candidato Bill de Blasio prometió terminar con la industria “el primer día” de su mandato. Ocho años después, salió de la alcaldía sin cumplir esa promesa, enfrentado a la oposición del Concejo e incluso a la del actor Liam Neeson, férreo defensor de los carruajes.
Para muchos turistas, subirse a un carruaje sigue siendo una experiencia obligada en Nueva York. Lynn Buckalew, visitante de Utah, confesó que el paseo estaba en su lista de pendientes, aunque al enterarse de las denuncias de maltrato cambió de perspectiva: “Me entristece si es cierto. Me hace verlo de otra manera”.
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