Argentina hasta la médula, la propuesta-invitación a tomar un cafecito puede ser el preludio de virtualmente cualquier cosa: una charla entre amigos, la posibilidad de ponerse al día después de años de silencio entre viejos conocidos, el primer paso para una relación de pareja, la concreción de un negocio, una reconciliación, el acuerdo para una separación en buenos términos, una pausa en el trabajo, un encuentro familiar, la parada en la ruta en medio de un viaje, una invitación a las confidencias.
La calidad de la infusión propiamente dicha, me atrevería a decir, es lo de menos. Sea de especialidad, expreso, americano, cortado, capuchino, lágrima; doble, en pocillo o en jarrito, la cuestión pasa más por la ceremonia que por el contenido. No importan ni el tamaño del recipiente ni la hora del día o de la noche: cualquier momento es bueno para cumplir con el ritual, sentados a una mesa en un espacio gourmet, en el bar de un hotel cinco estrellas, en un café notable o en alguno de esos establecimientos entrañables como el cafetín del tango con sus mesas que nunca preguntan.
Multiplicados por cuadra, replicados por manzana, son refugio, oasis en medio del desierto en que puede convertirse la ciudad en pleno verano, cobijo en los días más crueles del invierno. No hay pena que un cafecito no pueda atenuar, sobre todo si la liturgia es compartida, ni alegría ante la que se resista. A veces la invitación no se pronuncia en voz alta. Se tratará entonces de una celebración a solas, en compañía de un libro, del diario, del insoslayable telefonito, o simplemente de los propios pensamientos. Cada sorbo de ese cafecito degustado en soledad también sabrá a gloria.