“Tengo 72 años y sigo cocinando como si los niños fueran a volver a casa; todas las recetas que tengo en la cabeza están pensadas para seis personas, y reducir una se siente como admitir algo que no estoy preparada para admitir”

A los 72 años, una mujer sigue cocinando casi todas las noches para seis personas, aunque hace tiempo que sus cuatro hijos dejaron la casa y su esposo murió. La mesa familiar se fue vaciando de a poco, pero sus recetas quedaron intactas: continúa preparando pastel de carne, pasta, pollo y todo lo demás en las mismas cantidades de siempre.

“Tengo cuatro hijos. Ya son adultos”, cuenta. Dos viven a un par de pueblos de distancia, uno está al otro lado del país y otro lleva dos años en Ámsterdam. Ya no recuerda cuándo fue la última vez que los seis se sentaron juntos a comer algo casero y cotidiano. Probablemente haya sido durante una festividad, aunque para ella eso “apenas cuenta”.

A pesar de los cambios, nunca aprendió a cocinar para una sola persona. “Nunca medía nada porque nunca tuve que hacerlo”, explica. Cuando sus hijos vivían en casa, la cena ocurría todos los días a la misma hora porque alguien tenía hambre y había que alimentar a todos. Desde otra habitación llegaba la pregunta inevitable: “¿Qué hay para cenar?”.

La mesa se fue quedando vacía

Cuando los hijos comenzaron a independizarse, las cantidades todavía tenían cierta lógica. Ella y su esposo cenaban juntos y las sobras alcanzaban para el almuerzo del día siguiente o incluso para otra comida. La casa se volvía más silenciosa, pero las cuentas seguían cerrando.

La situación cambió definitivamente cuando él murió. “De repente, los cálculos dejaron de cuadrar de una forma que las recetas nunca llegaron a asimilar”, relata. El momento más difícil llega cuando la comida está lista. Sirve su plato, mira lo que quedó en la olla y encuentra cinco raciones más. “Nadie va a venir”, dice.

Para la mujer, dividir las recetas que tiene incorporadas en la memoria muscular no resulta sencillo. (Foto ilustrativa: Pexels)

Los demás no entienden por qué simplemente no reduce las cantidades. Ella sí lo intentó. Pero dividir las recetas que tiene incorporadas en la memoria muscular no resulta sencillo. No existen fichas con medidas exactas: están el poco de esto, la cebolla entera y la cazuela grande. Cuando intenta adaptar las cantidades para una persona, el resultado es un desastre.

Pero el problema no es solamente práctico. “Preparar una chuleta de cerdo en lugar de seis, comprar el paquete pequeño de pollo, sacar el jarro pequeño que no he tocado en años… Todo eso se siente como admitir formalmente cuál es el tamaño actual de mi hogar”, explica.

Por eso continúa cocinando de más. La lasaña ocupa la mitad del congelador, los recipientes con albóndigas se acumulan y puede comer la misma sopa durante tres noches hasta no querer verla más. Algunas veces la comida permanece tanto tiempo que termina pudriéndose y debe tirarla.

Algunas veces la comida permanece tanto tiempo que termina pudriéndose y debe tirarla. (Foto ilustrativa: Pexels)

Poco a poco encontró otra posibilidad. Preparó una olla de chili y, en lugar de guardar cuatro recipientes en el congelador, llevó dos en auto a la casa de su hijo. Esa misma noche, su nuera le escribió para contarle que lo habían comido y que los chicos habían preguntado si podía volver a prepararlo.

Después de eso, empezó a llevar comida fuera de casa con más frecuencia. Ya no se trata solamente de cocinar para seis: también encontró una manera de que esas cantidades que pertenecen a su antigua vida puedan seguir alimentando a otras personas.

—

fuente: CLARIN

Artículos Relacionados

Volver al botón superior

Adblock Detectado

Considere apoyarnos deshabilitando su bloqueador de anuncios