
Nicolás Maduro era un dictador, responsable del éxodo de ocho millones de venezolanos, más que los desplazados por la guerra en Siria. Los que no huyeron de la persecución y la miseria (aunque también algunos de ellos) fueron torturados y encarcelados violando el Estado de derecho. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela acusa al régimen chavista de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, torturas, violencia sexual y uso excesivo de la fuerza contra manifestantes. Esos abusos forman parte de un “ataque generalizado y sistemático” contra la población civil y existen motivos razonables para considerar que constituyen crímenes de lesa humanidad, con conocimiento y participación de altos mandos, incluido Maduro, según la misión de la ONU.

Pese a haber arrasado con la división de poderes y amañado una y otra vez las elecciones, pese a haber ilegalizado las candidaturas de sus rivales, la oposición una vez más se organizó y probó en las urnas lo aplastante que era la sed de cambio democrático de la población que aún no había huido. Ganó las elecciones (hasta el Centro Carter lo confirmó) y, nuevamente, Maduro hizo un fraude descarado.
Si ya no había libertad de expresión ni de prensa, aquí se agotaron las posibilidades democráticas, incluso en el estrechísimo margen que Maduro toleró en un nuevo simulacro electoral. La oposición utilizó todos los medios previstos por la legalidad para terminar con un régimen campeón en la violación de derechos humanos y la confiscación de la democracia, hasta que quedó patente que no era posible por esta vía. Mientras tanto, el dictador había afianzado sus alianzas con otros sátrapas depredadores de DDHH y grupos islámicos fundamentalistas que financian grupos terroristas, con grupos narcos, convirtiendo a la región en el patio trasero de Rusia, Irán o Cuba. La soberanía del pueblo venezolano había dejado de existir, así como toda apariencia de legalidad. Se estima que 32 cubanos que constituían la guardia pretoriana de Maduro murieron en el asalto estadounidense. ¿Qué clase de soberanía tiene un dictador cuya vida depende de soldados de otra dictadura que defienden otra bandera?

La captura del tirano por parte de EE. UU. ha levantado un montón de peros, de aquellos que reconocen que se trataba de una dictadura, pero sostienen que una injerencia militar en asuntos internos del país es un mal precedente. Extrañamente no se los escuchó protestar por la injerencia de Cuba, Irán, Rusia o el Hezbolá. Los venezolanos nunca votaron eso. Los que repiten el “sí, pero” no dicen, sin embargo, cuál era la alternativa. Ni el diálogo, ni la negociación, ni la urnas, ni las manifestaciones, incluso un abrumador triunfo electoral con la cancha muy inclinada bastaron. Todo había sido probado.
Sí, Trump quiere el petróleo de Venezuela y sí, el derrocamiento de Kadafi en Libia o Sadam Hussein en Irak dieron lugar a un desastre que no trajo ni democracia ni prosperidad. Lo distinto es que Venezuela ya tiene representantes democráticamente elegidos y, sobre todo, a diferencia de aquellos países de Oriente Medio, una cultura democrática sólida que el chavismo vino a interrumpir.
¿Cuál es la perspectiva a esta hora para Venezuela? Por lo pronto, Trump no quiere repetir los errores de las transiciones en Irak, Libia o Afganistán, por lo que busca evitar un vacío del poder. No actúa en nombre de la democracia y los intereses estadounidenses. Es real politik, pero también un mensaje para su base aislacionista, para la que es más fácil tragarse una intervención en nombre del petróleo sacando un rédito económico que invocando de los derechos humanos.

Por lo pronto, el régimen venezolano está bajo una tutela a la que Delcy Rodríguez se ha plegado dócilmente. María Corina Machado, que ha atravesado desiertos y se ha jugado la vida, sigue usando sus cartas con coraje y habilidad. Adula a Trump y le regala el Nobel de la Paz; infatigable, persevera en conseguir una transición que vuelva a poner a Venezuela en el carril democrático, conducida por sus legítimos dirigentes. Entretanto, más de un centenar de presos políticos han salido de las mazmorras del Socialismo del Siglo 21 venezolano. Incluso desaparecidos sin rastro regresan de la privación ilegítima de la libertad y de la clandestinidad. A esta hora es difícil saber qué rumbo tomará el país sudamericano, pero por primera vez en mucho tiempo hay esperanza en un restablecimiento de la democracia, a tal punto que en Nicaragua Daniel Ortega empieza a soltar presos políticos porque sabe que en cualquier momento le toca.
Así las cosas, cuesta entender qué hay detrás del PERO ante el derrocamiento de un dictador que había secuestrado una democracia. Y quienes se rasgan las vestiduras por el “derecho internacional”, en realidad están molestos porque uno de los suyos ha caído. “El derecho internacional” es hijo de la Segunda Guerra Mundial en la que los vencedores se repartieron el mundo. Sus reglas han sido violadas innumerables veces por quienes ostentan el poder de veto en el Consejo de Seguridad, empezando por la invasión rusa a Ucrania. Antes, la OTAN intervino sin el mandato de la ONU en el bombardeo de Belgrado para parar una limpieza étnica perpetrada por los serbios. El secuestro de Ramírez Sánchez (”Carlos el Chacal”) el 15 de agosto de 1994 en Jartum por parte de Francia o el de Adolf Eichmann por agentes israelíes en la Argentina en 1960 violaron el derecho internacional. ¿Hay que lamentarlo?
Alejo Schapire es ensayista argentino residente en París, autor de El secuestro de Occidente
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