
Hasta hace apenas un par de años, muchas de las discusiones, tanto dentro de las instituciones educativas como en la sociedad, giraban alrededor de la necesidad de brindar acceso a la conectividad y a los dispositivos para disminuir las desigualdades. Desde las políticas públicas se promovía la incorporación de tecnologías a las aulas con la ilusión de que eso, per se, garantizaría que la totalidad de los estudiantes pudieran acceder a ellas y que las brechas existentes quedarían saldadas. Pero esto no sucedió.
Hoy la situación es distinta. La irrupción de la inteligencia artificial generativa vuelve a poner ese debate en el centro de la escena, pero de un modo más complejo. Un estudiante puede pedirle a una IA que le resuma un libro, le explique una teoría científica, le redacte un ensayo o le prepare una guía de estudio. Nunca fue tan fácil obtener respuestas. Y, sin embargo, pocas veces resultó tan necesario preguntarnos cuál es el verdadero sentido de la educación.
Esta tecnología nos está obligando a revisar algunas de las preguntas más profundas de la pedagogía. No porque las máquinas hayan reemplazado a docentes o estudiantes, sino porque ponen en cuestión algo mucho más básico: qué valor tienen los procesos de búsqueda, interpretación y reflexión cuando las respuestas parecen estar disponibles de manera inmediata.
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Durante décadas asociamos el conocimiento con la acumulación de información. Saber era recordar fechas de revoluciones o batallas, conceptos de la filosofía, definiciones de estilos literarios o fórmulas químicas. Pero disponer de información no garantiza comprenderla ni poder evaluarla, contextualizarla o relacionarla con otros saberes.
La inteligencia artificial vuelve visible esta diferencia. Puede producir respuestas convincentes y verosímiles en segundos, pero no comprende el mundo como lo hacemos los seres humanos; no tiene experiencias, conciencia ni criterio, sino que correlaciona datos, encuentra patrones y genera textos plausibles. Incluso en nuestra realidad ultratecnificada, la tarea de otorgar sentido a las cosas sigue siendo únicamente humana.
Por eso el desafío educativo no consiste simplemente en decidir cuánto uso de ChatGPT, Claude o Gemini permitimos en el aula, sino en preguntarnos para qué lo incorporamos y en función de qué capacidades queremos formar a las nuevas generaciones.
Es una pregunta que llega, además, en un momento en el que la sociedad le pide a la escuela que resuelva muchos problemas que ella misma no logró solucionar (la violencia, la desnutrición, la ludopatía…), a la vez que los docentes encuentran su salario en uno de sus pisos históricos y su formación parece insuficiente. El escenario en el que irrumpe la inteligencia artificial generativa parece ser, entonces, el de una tormenta perfecta.
Si hoy un algoritmo puede resumir un capítulo, un chatbot responder preguntas y una plataforma escribir ensayos, eso no quiere decir que los humanos debamos abandonar estas tareas. Por el contrario, transmitir cómo se realizan esos procesos sigue siendo valioso, vinculándolos con habilidades que ahora deben orientarse hacia la argumentación, la creatividad y la capacidad de construir una posición propia.
Esto tampoco implica abandonar la enseñanza de contenidos. Pensar críticamente requiere conocimientos, porque no se puede cuestionar aquello que se desconoce. Pero sí supone reconocer que la educación no puede reducirse a la mera transmisión de información cuando esta circula por múltiples canales y está disponible a un click de distancia.
Mientras los algoritmos ofrecen respuestas inmediatas, la escuela puede enseñar el valor de la duda”
Es por eso que, en este contexto, la escuela adquiere una importancia renovada. No porque sea un refugio frente a la tecnología, sino porque sigue siendo uno de los pocos espacios donde es posible detenerse a pensar. Mientras las plataformas premian la velocidad, la escuela puede reivindicar la pausa. Mientras los algoritmos ofrecen respuestas inmediatas, puede enseñar el valor de la duda. Mientras la lógica digital empuja hacia la personalización extrema, puede sostener encuentros con personas diversas, perspectivas plurales y experiencias que desafían nuestras certezas.
Quizás la tarea educativa más importante de los próximos años sea precisamente esa: defender el tiempo necesario para comprender. La inteligencia artificial puede ayudarnos a buscar información, organizar ideas o explorar alternativas. Pero ninguna tecnología puede reemplazar la experiencia de leer con atención, discutir con otros, exponer argumentos, escuchar e incluso permitirnos cambiar de opinión y sorprendernos cuando una pregunta aparentemente sencilla no tiene una única respuesta.
En una época fascinada por la eficiencia, la educación tiene la oportunidad de recordar algo fundamental: aprender nunca fue simplemente llegar a una respuesta. De algún modo, es la pregunta del Gran Panda en la obra de James Norbury: “¿Qué es más importante, el viaje o el destino?”, a lo que el Pequeño Dragón responde: “La compañía”. Aprender es transformar nuestra manera de ver el mundo, y el desafío es tejer redes para no hacerlo en soledad. Esa sigue siendo una tarea demasiado humana para delegarla por completo en una máquina. Y la escuela sigue siendo el mejor lugar.
* Magíster en Comunicación y Cultura por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y profesora en la Facultad Latinoamericana en Ciencias Sociales (FLACSO); representante de América Latina y el Caribe en la UNESCO Global MIL Alliance; fundadora de la asociación civil “Las otras voces. Comunicación para la Democracia”; coautora de “Saber o no saber, el sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial” (Paidós)
** Lic. y Dr en Filosofía (UBA), especialista en Filosofía de la Inteligencia Artificial. Es cofundador de GIFT (Grupo de Inteligencia Artificial Filosofía y Tecnología), docente de grado y posgrado en la Universidad de San Andrés e investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas SADAF / CONICET; coautor de “Saber o no saber, el sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial” (Paidós)
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fuente: inteligencia artificial responde todo, qué le queda a la escuela? – Perfil”> GOOGLE NEWS



