Recuperar la conciencia del servicio público es la única forma de cambiar la Justicia – JUSTA

Fue la primera mujer que llegó a la máxima instancia judicial de Mendoza, pero a los 65 años decidió que ya había dado todo en ese cargo y que debía encontrar otros espacios que la esperanzaran. Una década y media más tarde, Kemelmajer dice que no tiene derecho a ser pesimista y llama a generar grandes cambios institucionales a partir de la búsqueda personal de la superación. “Cada día me pregunto al levantarme: ‘¿qué tengo que hacer hoy?’. Y a la noche vuelvo a interrogarme: “¿hice lo que tenía que hacer hoy?”, refiere.

Aída Kemelmajer tiene 80 años. Aclara que en septiembre de 2026 serán 81. Y que hace más de 15 se jubiló de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, a la que llegó con 40. Era 1984 y ella, la primera mujer que accedía a ese estrado. Son datos importantes para entender desde dónde habla esta jurista, que sigue siendo una de las mayores conocedoras del derecho de familia en la Argentina. Según asegura, después de darlo todo al Poder Judicial mendocino, se fue en 2010 para dedicarse a la academia (se quedó hasta los 70 en su cátedra de la Universidad Nacional de Cuyo), y, en particular, a la redacción del Código Civil y Comercial sancionado en 2015. Hoy sigue dictando clases y conferencias por doquier hasta el punto de que es difícil localizar a Kemelmajer. Hasta que por fin aparece en la pantalla de la videoentrevista y se entrega a una charla sin apuro. A continuación se transcribe la conversación editada ligeramente, a los fines de su mejor comprensión.

-En función de su trayectoria, ¿cree que conviene que la magistratura se ejerza hasta cierta edad, por ejemplo en el caso de la federal y nacional, hasta el límite de los 75 años?

-Una vez yo leí en un libro que en los Estados Unidos se había hecho una especie de encuesta pública acerca de qué pensaba la gente de un sistema como el de ese país en el que ni siquiera existe el límite de los 75 años, sino que la magistratura se queda mientras dura su buena conducta. El sondeo preguntaba cuál era la estupidez más grande que tiene la Constitución estadounidense. Y la gente contestaba: “la estupidez más grande es que un juez pueda permanecer en la Corte sine die, sin tener que retirarse, porque siendo los tribunales los que declaran la inconstitucionalidad de las normas, las personas muy viejas no responden a las mismas pautas culturales que el promedio de la sociedad”. Yo siempre he creído que algo de verdad hay en eso. Por supuesto que hubo jueces extraordinarios hasta muy avanzada edad, pero el trabajo que tienen es muy intenso: requiere de mucho esfuerzo, no solo mental, sino también físico, y el cuerpo no siempre resiste, además de esta razón tan importante que surge de la encuesta estadounidense. De modo que yo considero que está muy bien nuestra legislación cuando fijó ese tope máximo. Y yo, cuando llegué a los 65 años en la Corte, pedí mi jubilación y me fui.

-¿Cuál era la reacción de su entorno respecto de esa decisión?

-A mí me decían “pero te puedes quedar más tiempo”. Y yo contestaba: “lo que no hice en 26 años acá en la Corte, ya no lo voy a hacer”. Razonaba que, si a los 40, cuando entré con todas las fuerzas y esperanzas del mundo, y en un momento maravilloso para la institucionalidad democrática, no pude realizar lo que quería, ¿cómo iba a realizarlo ahora? Entonces, que venga otro con más fuerza y esperanzas, condiciones que de alguna manera dentro del cargo se empiezan a perder. Yo me fui, y encontré eso en el Código Civil y Comercial.

-Parecería que su caso es la excepción, ¿no? En algunas provincias la magistratura es vitalicia y eso da lugar a distorsiones de funcionamiento, más allá que en la Justicia Federal también hay quienes buscan nuevos acuerdos del Senado para quedarse un tiempo adicional. Desde afuera se conjetura que eso sucede porque no se quieren abandonar los privilegios asociados a la judicatura. ¿Qué opina usted sobre esa hipótesis?

-Probablemente es esa zona de confort a la que en general la gente no está dispuesta a renunciar. Y es cierto que en el Poder Judicial hay ventajas que no existen en otros poderes del Estado. Eso es totalmente verdadero, y no está mal porque el Poder Judicial controla las leyes y la administración. Entonces, para que eso ocurra, debe estar conformado por gente que esté bien pagada, con remuneraciones que son en principio intangibles. El problema es cuando hay un abuso de eso. Entonces, a mí me parece que lo que falta a muchos jueces es la conciencia de que esa posición de prioridad que les otorga la Constitución, especialmente a nivel de salarios, la intangibilidad, etcétera, tiene del otro lado una gran responsabilidad. Entonces, si no sos capaz de ejercer esa gran responsabilidad que te dan a su vez estas ventajas, por llamarlas de alguna manera, o atribuciones, entonces, aquellas no responden a la finalidad del sistema.

-¿Este déficit de conciencia que usted señala acaso no supone la gran debilidad de la Justicia contemporánea?

-Hay un gran deterioro respecto de la situación que había en 1984, pero ese gran deterioro no es sólo del Poder Judicial, sino de la conciencia con la que se desempeña la función pública en general. Muchos olvidan que prestan un servicio que conlleva obligaciones. Todo esto está acompañado de una falta muy grave de liderazgos en todos los niveles y no solamente en nuestro país. Nosotros nos preguntamos siempre dónde hay un (Charles) De Gaulle, dónde hay un (Winston) Churchill, dónde están esos estadistas. Pero no vayamos tan atrás: basta con comparar a (Donald) Trump con (Barack) Obama. Esta clase de conductores que saben que ellos van adelante y que, por eso mismo, tienen una responsabilidad terrible es lo que yo creo que se ha perdido absolutamente. Y el Poder Judicial, por supuesto, está inmerso dentro de esa crisis de valores y no ha sabido salir: no ha podido transformarse a sí mismo para superar la coyuntura.

-¿Dispone de algún consejo para quienes deseen librarse de esta degradación?

-Sería terrible decir “no hay destino, no hay salida”. Mire, yo no me llamaría discípula, pero sí podría afirmar que la persona que más influyó en mí como jueza fue el doctor Mario Augusto Morello. Y él siempre me decía “nosotros hemos perdido un derecho”. ¿Y cuál era ese derecho que habíamos perdido a nuestra edad? El de transmitir pesimismo. Entonces, el punto de partida es que hay remedio para esto. ¿Y cuál es? Quizá soy demasiado individualista, pero siempre he pensado que si cada uno hace lo que debe, el conjunto naturalmente tendría que andar mejor. Tanto desde la cátedra o desde la función pública, siempre he tratado de transferir esta idea a cada persona con la que trabajé. Cada quien tiene que hacer lo mejor que pueda un decreto, una sentencia, lo que sea. Y, al terminar la tarea, preguntarse si la hizo de la mejor manera. El esfuerzo individual al final debe tener un resultado colectivo, aunque el sistema presente barreras que no se puedan perforar. Pero más allá de la corrupción “del juez tal que se fue al lago tal”, todas esas cosas que se ven, a la gente lo que le importa es que si se tomó un micro y anduvo 20 kilómetros para llegar al Juzgado de Familia, allí le entreguen el cheque que fue a buscar. Si el Poder Judicial no resuelve el conflicto y lo único que hace es poner trabas, ya no sirve para nada. Quien atiende en la mesa de entradas no puede dedicarse a decir “no”, sino ayudar a alguien que se presenta con un problema. A mí me parece que recuperar la conciencia del servicio público es la única forma de cambiar la Justicia. Es un error querer solucionar los gravísimos problemas grandes: hay que ir a la pequeña cosa y desde ahí, sumar. Como dicen los italianos, la política del piccoli passi. Son los pequeños pasos que te van llevando hasta el final.

-¿Cómo se instrumenta esa política?

-Yo voy a cumplir 81 años y cada día me pregunto al levantarme: “¿qué tengo que hacer hoy?”. Y a la noche vuelvo a interrogarme: “¿hice lo que tenía que hacer hoy?”. Y yo creo que eso que podemos hacer las personas de manera individual debemos trasladarlo a los grandes sistemas. No veo otra alternativa. Nos tenemos que convencer de que somos personas al servicio de otros. Si no estás dispuesto a estar al servicio de otro, abandoná la función pública.

-¿Usted considera que quienes integran el Poder Judicial advierten en general que prestan un servicio público esencial semejante al de un hospital? En los tribunales parece que eso no es tan obvio.

-Estoy totalmente de acuerdo. En el Poder Judicial hay gente que trabaja mucho, gente que trabaja poco y hay gente que no hace nada. Y falta control sobre esa gente que trabaja poco y sobre la que no trabaja nada. Si desde los superiores tribunales mostramos que no importa cuándo sacamos una sentencia, se habilita la degradación hacia abajo. Hay que trabajar para terminar con esa falta de conciencia. La gente se aferra a las ventajas, pero no siempre es consciente de sus responsabilidades.

-Ante esta situación hay voces que advierten que la inteligencia artificial puede llegar a sustituir a gran cantidad de personal en la Justicia. ¿Lo cree posible? ¿La atemoriza qué pueda llegar a pasar?

-No, no me atemoriza. Hace demasiados años, cuando yo todavía estaba en la Justicia, empezamos la informatización. El gremio se quejaba. “Ahora van a tener menos empleados”, decía. Pero la verdad es que la informatización del Poder Judicial no disminuyó el número de empleados. Eso es grave: hay que mirar por qué esa modernización no redujo la burocracia, cuando los métodos tecnológicos también deben servir a la Justicia. Entonces pasamos en esa primera etapa de tener máquinas Olivetti a las computadoras, pero el Poder Judicial ha seguido tan burocratizado como en la época de los carbónicos. Ahora viene esta etapa de la inteligencia artificial, que es un instrumento muy valioso para la Justicia, aunque ya hemos visto muchísimas decisiones que sancionan a abogados por usarla sin control e incluir citas falsas. Pero también aparecen sentencias basadas en jurisprudencia inexistente. Entonces, vuelvo otra vez al problema de la responsabilidad: hay instrumentos que pueden ser muy valiosos, pero el ser humano tiene que controlarlos. Yo no le tengo miedo a la inteligencia artificial, pero sí observo que por el momento no puede captar del todo las especificidades de cada caso: por ello no la veo como una manera de sustituir la decisión judicial en conflictos que tienen gran cantidad de circunstancias. Sí podría ser empleada, con los protocolos debidos, para los juicios por ejecución de pagarés que, por su volumen, convierten a los tribunales en una especie de gestores de cobranzas de las empresas. En este sentido, la inteligencia artificial sí podría servir para desburocratizar, por supuesto que con los controles que requieren todas las revoluciones. La invención de la radio fue un gran avance para la humanidad, pero, en un momento, apareció Adolf Hitler y la usó para divulgar discursos de odio. ¿De quién fue la culpa? ¿De la radio o de Hitler?

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Sobre la reforma que impulsa la Corte al régimen de concursos para la magistratura

Según Aída Kemelmajer, lo primero que la Acordada de la Corte de la Nación dirigida a modificar el reglamento del Consejo de la Magistratura (CM) revela es una preocupación por cómo se seleccionan los jueces. “Cuando se incorpora el Consejo de la Magistratura a la Constitución Nacional, una institución que ya estaba en en algunas constituciones provinciales, existía la esperanza de que se iba a mejorar el sistema. Pero, lamentablemente, los concursos no han sido el filtro transparente que todos esperábamos”, dice la ex magistrada. Y advierte: “la Corte ha detectado que esa transparencia se deteriora todavía más en la etapa de la entrevista con los postulantes, que es donde tendríamos que estar evaluando si estos tienen conciencia de que la Justicia es un servicio público. Pero, por lo que yo sé, la mayoría de los jurados no hace esas preguntas, sino que normalmente es una etapa que se pasa así y que se utiliza, como bien ha señalado la Corte, con un criterio de arbitrariedad pura”.

Kemelmajer admite que a ella no le parece mal que la Corte muestre una gran preocupación sobre algo que la gente ya sabe: “si las ternas de candidatos a cubrir vacantes de la Justicia no están bien hechas, ¿para qué tengo al Consejo de la Magistratura? El Consejo se convierte en una burla. ¿Para qué llamo a la gente que toma los concursos? Entonces, yo no puedo tener un sistema que solamente legitime la arbitrariedad. O sea, sigue siendo eso, un sistema para hacer aparecer como legítimo lo que en realidad es pura arbitrariedad. Y todo eso con costos altísimos porque hay que ver lo que cuesta el Consejo de la Magistratura”.

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Sobre la Corte de la Nación de tres hombres

Aída Kemelmajer fue la primera vocal mujer del Tribunal Superior de Mendoza. Quizá por eso no sorprende que opine que se trata de “un gran retroceso” la integración de la Corte de la Nación solamente con varones. “Tuvimos pocas mujeres en la Corte, pero fueron buenas. Durante un Gobierno militar se incorporó la primera, la gran Margarita Argúas. Pero luego estuvieron Carmen Argibay y Elena Highton, que coincidieron en el mismo tribunal. Entonces, es un retroceso desde ese punto de vista. Ahora, yo soy de las que sostiene que no no es suficiente ser mujer, porque hay cada mujer que anda por ahí volando como candidata… Francamente yo prefiero hombres con perspectiva de género a esas mujeres”, matiza.

La especialista en Derecho de Familia propone mirar hacia la Corte de los Estados Unidos “para no hablar de nosotros y que nadie se sienta ofendido”. “En este momento, ese tribunal tiene cuatro mujeres, pero el gran retroceso jurisprudencial que se produjo, en mi opinión, en materia de un derecho fundamental de las mujeres, como lo es el derecho a la interrupción del embarazo, lo causó una mujer, la jueza que designó Donald Trump en su anterior mandato. Entonces, no basta con que sean mujeres”, razona. E interroga: “¿cuál es el problema para designar nuevas ministras? En las cortes de las provincias hay juristas muy destacadas que podrían ser consideradas por el Gobierno. La provincia de Córdoba tiene una tradición de buenas mujeres penalistas. Entonces, el Poder Ejecutivo ni siquiera tendría que andar buscando demasiado. No hay razones para que se proponga a un hombre, que es un juez de primera instancia, cuando hay grandes juezas en los superiores tribunales de las provincias”.

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Sobre la dificultad para reformar y mejorar la Justicia

“No es el Poder Ejecutivo el que tiene que proponer las reformas judiciales, sino que estas deben producirse desde adentro de los tribunales”, postula Aída Kemelmajer cuando se le pregunta por qué no se ven reacciones en la magistratura a cuestiones como las licencias y viajes excesivos, o al involucramiento en los órganos disciplinarios de una entidad tan cuestionada como la Asociación de Fútbol Argentino (AFA). Al respecto, la ex jueza opina: “en general no se tiene este activismo quizá por el miedo a salir de la zona de confort y a las represalias, o por la falta de coraje cívico. Frente a la inacción, suele haber justificaciones por el lado de la cantidad de trabajo y de la judicialización excesiva. Pero si te salen con la generalidad y con el sistema, nunca vamos a arreglar nada. Si te dicen ‘no soy yo, es el sistema’ es fácil, pero tenemos que empezar a tener conciencia de que formamos parte de ese sistema. Si no, es la queja por la queja misma y no hay alternativa”.


Las opiniones y puntos de vista de esta nota son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan la posición de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia.

fuente: GOOGLE NEWS

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