
Por la Lic. Florencia Scromeda, estudiante de la Maestría CDI-UNR.
La inteligencia artificial suele presentarse como una revolución tecnológica. Gobiernos, empresas y organismos internacionales coinciden en que está transformando la economía, la educación, la salud, el trabajo y múltiples dimensiones de la vida social. Las expectativas son enormes. También las inversiones.
Sin embargo, detrás del entusiasmo tecnológico aparece una pregunta menos frecuente, pero fundamental: ¿quién se queda con el valor que genera la inteligencia artificial? Toda revolución tecnológica modifica la forma en que se produce riqueza, pero también cómo se distribuye. Y la historia demuestra que ambas dinámicas rara vez avanzan de manera equilibrada.
A diferencia de la economía industrial, centrada en bienes materiales, la economía digital se organiza en torno a los datos. Cada búsqueda en internet, interacción en redes sociales o compra online deja huellas que pueden transformarse en información valiosa. Pero los datos, por sí solos, no generan riqueza.
La investigadora argentina Cecilia Rikap sostiene que el valor surge cuando esos datos son procesados mediante algoritmos y convertidos en conocimiento útil. Para ello se requiere infraestructura, capacidad de cómputo, modelos avanzados y acceso masivo a información. Es precisamente allí donde emerge una característica central de la economía digital contemporánea: la concentración.
Las grandes empresas tecnológicas controlan centros de datos, desarrollan sistemas de inteligencia artificial y administran plataformas utilizadas por miles de millones de personas. Cuantos más usuarios poseen, más datos obtienen; cuantos más datos procesan, más eficientes se vuelven sus algoritmos. Este círculo virtuoso para las plataformas se traduce en una creciente ventaja competitiva.
La consecuencia es evidente: millones de personas participan diariamente de la economía digital generando información, mientras que la capacidad de capturar el valor económico producido permanece concentrada en un reducido grupo de actores globales.
Referentes del campo definen a este fenómeno como capitalismo de vigilancia. Según estos planteos, la experiencia humana se convirtió en materia prima para nuevos procesos de acumulación económica. Las plataformas extraen datos de nuestras actividades, los procesan y los transforman en productos capaces de anticipar comportamientos futuros.
La inteligencia artificial generativa profundiza esta lógica. Los modelos más avanzados mejoran a partir de las interacciones de millones de usuarios. Lejos de depreciarse con el uso, aumentan su valor cuanto más se utilizan. Cada consulta, cada clic y cada interacción contribuyen a fortalecer sistemas que luego generan beneficios para quienes los controlan.
Manuel Castells anticipó parte de esta transformación al describir una economía informacional basada en la producción y circulación del conocimiento. Más recientemente, Martín Becerra ha señalado que la concentración sigue siendo una característica estructural de los sistemas de comunicación. La expansión de internet no eliminó esa tendencia; en muchos casos, la profundizó.
La inteligencia artificial parece confirmar este diagnóstico. Mientras la narrativa dominante celebra la democratización tecnológica, la capacidad de controlar infraestructura, desarrollar modelos avanzados y capturar valor económico continúa altamente concentrada. Por eso el debate sobre la IA no puede limitarse a sus capacidades técnicas. También exige preguntarse quién controla sus recursos estratégicos, quién establece las reglas de funcionamiento, quién acumula los beneficios y quién queda excluido de ellos.
La cuestión resulta especialmente relevante para América Latina. La región produce talento, genera datos y participa activamente de la economía digital, pero gran parte de la infraestructura crítica y de las plataformas dominantes permanece bajo control de empresas radicadas fuera de sus fronteras. El escenario remite, bajo nuevas formas, a viejos debates sobre dependencia y desarrollo.
La inteligencia artificial promete transformar el mundo. Pero toda transformación tecnológica plantea una pregunta inevitable: quién gana y quién pierde con ese cambio. Quizás uno de los grandes desafíos de las próximas décadas no sea construir máquinas más inteligentes, sino evitar que la riqueza que generan quede concentrada en cada vez menos manos. Porque detrás de cada algoritmo no solo se disputa innovación. También se disputa poder.
Las reflexiones desarrolladas en esta columna forman parte de una investigación de maestría sobre el impacto de la inteligencia artificial en la producción de noticias en medios digitales argentinos.
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fuente: inteligencia artificial? – MisionesOnline”> GOOGLE NEWS



