QUIÉN ES PETER THIEL Y QUÉ HACE EN ARGENTINA? En marcha

¿QUIÉN ES PETER THIEL Y QUÉ HACE EN ARGENTINA?

Hablar de Inteligencia Artificial, Estados, recursos estratégicos y humanidad para preguntarnos quién controla la tecnología, quién se apropia de la riqueza y quién tendrá derecho a decidir el futuro.

¿QUIÉN ES PETER THIEL Y QUÉ HACE EN ARGENTINA?

Hablar de Inteligencia Artificial, Estados, recursos estratégicos y humanidad para preguntarnos quién controla la tecnología, quién se apropia de la riqueza y quién tendrá derecho a decidir el futuro.

Por Roberto Cristofano

Secretario de Prensa de la Asociación Judicial Bonaerense

Peter Thiel no es simplemente un multimillonario surgido de Silicon Valley. Cofundador de PayPal y Palantir, primer gran inversor externo de Facebook, financista de Donald Trump y principal impulsor de la carrera política del actual vicepresidente estadounidense J.D. Vance, es uno de los exponentes más extremos de una nueva derecha tecnológica que cuestiona abiertamente los límites que la democracia, los Estados y la política imponen al poder económico.

Su creciente presencia en Argentina, sus reuniones con Javier Milei y sus inversiones en sectores estratégicos nos obligan a mirar más allá del personaje excéntrico. Detrás suyo hay un proyecto político peligroso y una concepción del futuro.

Thiel llegó este año a la Casa Rosada y mantuvo una reunión con Javier Milei. El contenido completo de esos encuentros no fue informado, pero el propio Presidente reveló posteriormente que una de las preocupaciones planteadas por el empresario fue cómo garantizar la continuidad en el tiempo del proyecto libertario argentino.

La democracia como límite


En 2009 Thiel publicó un ensayo titulado
The Education of a Libertarian. Allí escribió una frase que desde entonces lo persigue y que sintetiza buena parte de su pensamiento: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

El planteo parte de considerar que las democracias contemporáneas establecen límites demasiado fuertes a la libertad económica y que resulta cada vez más difícil modificar esa situación mediante elecciones.

La idea de fondo es la búsqueda de ámbitos donde el capital y la tecnología puedan desarrollarse con menos regulaciones, impuestos y controles democráticos.

Esta concepción aparece también en su mirada sobre la economía. En una célebre conferencia en Stanford titulada Competition is for Losers “La competencia es para perdedores”, sostuvo que las empresas verdaderamente exitosas son aquellas capaces de escapar de la competencia y construir posiciones monopólicas.

La cuestión adquiere una dimensión política enorme cuando los monopolios contemporáneos ya no concentran solamente producción o mercancías. Concentran información, algoritmos, comunicaciones, capacidad de cálculo, Inteligencia Artificial y datos de millones de personas.

Palantir: vigilancia, inteligencia y guerra


Palantir Technologies fue fundada por Thiel y otros empresarios en 2003. La propia compañía reconoce en sus presentaciones ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos que comenzó desarrollando software para organismos de inteligencia norteamericanos destinado a operaciones antiterroristas.

Actualmente desarrolla sistemas capaces de integrar gigantescos volúmenes de información provenientes de diferentes fuentes y convertirlos en instrumentos de análisis y decisión. Más de la mitad de sus ingresos provienen de contratos gubernamentales. Sus clientes incluyen organismos públicos, servicios de inteligencia y fuerzas armadas de distintos países.

Estamos frente a la concentración en manos privadas de una infraestructura que permite integrar información, reconstruir relaciones personales, identificar individuos, establecer patrones de comportamiento, localizar objetivos y alimentar decisiones policiales o militares.

El viejo poder económico adquiere de esta manera una capacidad que ninguna corporación tuvo durante buena parte del siglo XX: saber cada vez más sobre millones de personas y transformar ese conocimiento en poder operativo.

De Silicon Valley a la política


La trayectoria de Thiel demuestra además que este nuevo poder tecnológico no pretende permanecer apartado de la política. En 2016 fue uno de los pocos grandes empresarios de Silicon Valley que respaldó públicamente a Donald Trump. 

Posteriormente destinó alrededor de 15 millones de dólares al aparato político que permitió impulsar al Senado a J.D. Vance, quien había trabajado antes en empresas vinculadas a Thiel y hoy ocupa la vicepresidencia de Estados Unidos.

El empresario que escribió sobre la necesidad de escapar de la política terminó utilizando su fortuna para intervenir directamente sobre ella.

No hay una contradicción. La búsqueda puede haber cambiado de forma. Ya no se trata solamente de escapar del Estado sino también de conseguir Estados capaces de reducir regulaciones, bajar impuestos, abrir nuevos mercados y garantizar mayores espacios de autonomía a los grandes capitales tecnológicos.

El desembarco argentino


Durante 2026 la relación adquirió otra dimensión. Thiel fue recibido por Milei en Casa Rosada, dos ejecutivos de Thiel Capital adquirieron una importante propiedad en Buenos Aires y uno de sus fondos informó ante la autoridad bursátil estadounidense la compra de aproximadamente el uno por ciento de Vista Energy, una de las compañías de mayor crecimiento en Vaca Muerta.

Estos movimientos coinciden con una ofensiva del Gobierno argentino destinada a profundizar los beneficios concedidos a grandes inversiones internacionales, especialmente en infraestructura, energía y tecnología.

No existe hasta ahora evidencia que permita afirmar que Thiel haya redactado estas normas o que hayan sido diseñadas específicamente para sus empresas. No hace falta inventar esa relación. El dato político es suficientemente importante: uno de los principales referentes mundiales de una corriente que busca reducir la capacidad regulatoria de los Estados encuentra en la Argentina un gobierno que comparte buena parte de esa concepción.

León XIV. Dos concepciones del futuro


En mayo de este año el papa
León XIV publicó Magnifica Humanitas, una encíclica dedicada a la defensa de la persona humana frente a las transformaciones provocadas por la Inteligencia Artificial.

El documento no menciona a Peter Thiel, pero buena parte de sus advertencias parecen colocarse en las antípodas del mundo que representan el empresario y las nuevas oligarquías tecnológicas.

León XIV advierte sobre la aparición de corporaciones transnacionales que concentran recursos superiores a los de numerosos Estados y poseen una capacidad creciente para orientar procesos económicos, culturales y políticos. Plantea que las decisiones relacionadas con algoritmos, plataformas digitales, infraestructura tecnológica y datos no pueden quedar exclusivamente bajo control de unos pocos actores privados.

La discusión no pasa por rechazar la tecnología. La encíclica reconoce expresamente sus posibilidades para mejorar la vida humana. El problema es determinar quién controla ese desarrollo y hacia dónde se orientan sus beneficios.

Para la lógica que representa Thiel, la concentración tecnológica puede ser una demostración de éxito y el monopolio una ventaja competitiva. Desde la perspectiva desarrollada por León XIV, semejante concentración debe encontrar límites cuando afecta la dignidad de las personas, la democracia y el bien común.

Trabajo o rentabilidad


Desde las organizaciones sindicales del mundo del trabajo esta discusión tiene además un contenido concreto. La Inteligencia Artificial puede convertirse en una extraordinaria herramienta para mejorar procesos productivos, eliminar tareas repetitivas, reducir jornadas laborales y elevar la calidad del trabajo. También puede ser utilizada para reemplazar trabajadores, controlar cada minuto de su actividad y concentrar todavía más la riqueza.

Magnifica Humanitas advierte sobre este segundo escenario. Señala los riesgos de la precarización laboral, la vigilancia automatizada, la pérdida de autonomía y una creciente fractura entre una pequeña minoría altamente remunerada y grandes sectores sociales desplazados por los procesos de automatización.

Un aumento de productividad puede permitir que millones de trabajadores trabajen menos y vivan mejor. También puede permitir que unos pocos empresarios acumulen más mientras millones pierden su empleo. La tecnología no decide entre esas alternativas. Lo hacen las relaciones de poder, las instituciones y la política.

Un proyecto profundamente antihumano


El debate científico sobre la extensión de la vida no constituye en sí mismo un problema. La humanidad lleva siglos combatiendo enfermedades y aumentando su expectativa de vida.
Lo que aparece detrás de determinadas vertientes del transhumanismo es algo diferente: la pretensión de superar los límites de la condición humana mediante tecnología disponible fundamentalmente para quienes puedan pagarla.

León XIV cuestiona precisamente una cultura en la cual los seres humanos pueden terminar clasificados según su eficiencia, utilidad o capacidad de adaptación tecnológica. En ese sentido es que hablamos de un proyecto profundamente antihumano.

No porque exista un plan de Peter Thiel para exterminar físicamente a la humanidad. Esa afirmación no sería cierta. El peligro es otro: el exterminio progresivo de una determinada concepción de lo humano y de las instituciones que construimos para defenderla. Una sociedad donde el trabajo es solamente un costo a reducir, la democracia un límite molesto, los datos una mercancía, los Estados obstáculos para la inversión, los recursos naturales activos financieros y las guerras operaciones crecientemente automatizadas. Una sociedad donde quienes poseen los algoritmos, la infraestructura, la información y miles de millones de dólares acumulan una capacidad de decisión cada vez mayor, mientras millones de personas pierden poder sobre las condiciones en las que viven.

No es ciencia ficción


En junio Thiel mantuvo una reunión con Juan Grabois en Argentina en la que, según relató posteriormente el dirigente social, hablaron precisamente del Anticristo y de
Magnifica Humanitas. El dato puede parecer anecdótico, pero expresa con claridad la profundidad de la disputa.

De un lado aparece una concepción que teme fundamentalmente que la política pueda limitar el desarrollo tecnológico y el poder privado. Del otro, una concepción que advierte que ninguna tecnología puede considerarse progreso cuando degrada la dignidad humana, destruye el trabajo, profundiza las desigualdades o concentra un poder imposible de controlar democráticamente.

Peter Thiel no vino a la Argentina como un inversor cualquiera. Llegó con una historia, una enorme fortuna, empresas vinculadas a inteligencia y defensa, una activa participación en la construcción de poder político estadounidense y una concepción del mundo expresada públicamente durante décadas.

Sus movimientos en nuestro país recién comienzan a conocerse. Pero el debate que expresa es mucho más amplio y ya está entre nosotros.

Detrás de la Inteligencia Artificial, los centros de datos, Vaca Muerta y las nuevas inversiones aparece una discusión mucho más profunda: quién controla la tecnología, quién se apropia de la riqueza que produce y quién tendrá derecho a decidir el futuro.

En esa disputa no hay neutralidad posible.

fuente: GOOGLE NEWS

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