
No siempre empieza con una búsqueda. A veces, es a través de un video que circula en un recreo. Otras, en un grupo de WhatsApp o en un celular que pasa de mano en mano. En muchos casos, los chicos entran en contacto con la pornografía antes de que medie una conversación en casa o en el colegio sobre educación sexual. Y sin entender del todo qué están viendo.
En Argentina no hay estadísticas públicas sobre el tema. Ante ese vacío, suelen usarse estudios internacionales para dimensionar el fenómeno. En 2020, por ejemplo, la organización Save the Children España publicó el informe (Des)información sexual: pornografía y adolescencia. Allí se señalaba que el 70% de los 1.753 adolescentes encuestados consumía pornografía con frecuencia; que el 94% lo hacía desde el celular; y que el 75% de las familias creía que sus hijos nunca habían accedido a ese material.
Pasaron seis años. La pregunta ya no es si la problemática existe, sino qué lugar ocupa la pornografía en el aprendizaje afectivo-sexual de chicos y chicas, qué efectos puede tener cuando aparece a edades tempranas y qué herramientas existen para abordarlas. El foco, entonces, se desplaza: ya no alcanza con preguntarse por el consumo, sino por el lugar que la pornografía ocupa cuando empieza a funcionar, de hecho, como una forma de “alfabetización sexual”.
“La pornografía impacta directamente en uno de los sistemas más sensibles del cerebro adolescente: el sistema de recompensa”, explica la neuropsicóloga y pediatra Carina Castro Fumero. Se refiere al circuito mediado por la dopamina, el mismo que se activa con experiencias placenteras como la comida, el afecto o el logro. Por su intensidad visual, su novedad constante y su accesibilidad ilimitada, dice, puede activar con mucha fuerza esa respuesta cerebral y favorecer patrones repetitivos.

Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de TICs de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), sitúa el fenómeno en una etapa de alta vulnerabilidad: cambios hormonales, curiosidad sexual, presión social por “saber” y una oferta de escenas disponible a un clic.
La pediatra insiste en que la curiosidad sexual no es el problema: forma parte del desarrollo. La diferencia aparece cuando ese interés se encuentra con materiales diseñados para hiperestimular y empieza a interferir con el sueño, el rendimiento escolar, el estado de ánimo o las relaciones.
Pedrouzo prefiere hablar de “consumos problemáticos” cuando el uso afecta la salud física o psíquica, altera vínculos o interfiere con la rutina. Entre las señales de alerta enumera irritabilidad, dificultades para dormir o concentrarse, aislamiento, ansiedad, depresión, curiosidad sexual inapropiada o acceso reiterado a sitios para adultos.
Y suma una precisión importante: “El consumo de porno no hace que el joven sea una mala persona, lo hace una persona vulnerable a una industria diseñada para capturar su atención”.

Castro Fumero agrega que, a mediano y largo plazo, pueden aparecer dificultades en la excitación con parejas reales, ansiedad vinculada al rendimiento sexual, síntomas depresivos y menor interés en relaciones reales.
Sexualidad, cuerpos y poder
“La pornografía puede funcionar como modelo de aprendizaje de cómo encarar una relación sexual, cómo vincularse con otro sexualmente”, explica Andrea Urbas. Ella es licenciada en Psicología por la UBA y directora de Chicos.net, una organización que trabaja por los derechos de las infancias y adolescencias en entornos digitales.
El riesgo crece cuando el acceso ocurre en soledad, a edades tempranas y sin adultos disponibles para ayudar a interpretar lo que se ve.
La psicoanalista Sonia Almada, directora de ARALMA (organización de la sociedad civil dedicada a combatir la violencia infantil), va más allá. “La pornografía no enseña consentimiento, ni cuidado, ni reciprocidad”, declara.

En su mirada, no se trata solo de ver algo “inadecuado”, sino de una intrusión que muchas veces no puede ser comprendida ni elaborada por un psiquismo en desarrollo. La representación dominante, advierte, se organiza alrededor de la dominación, la disponibilidad del cuerpo, la ausencia de reciprocidad y la erotización de la desigualdad.
En la pornografía de acceso masivo y fácil circulación, el consentimiento rara vez aparece como acuerdo o proceso. Muchas escenas muestran dolor, coerción o desigualdad como si fueran parte natural del encuentro.
El informe de Save the Children España muestra hasta qué punto puede mezclarse ficción y aprendizaje: el 36,8% de quienes consumen pornografía con mayor frecuencia no diferencia entre lo que ve y sus propias experiencias sexuales, y un 17,1% no sabe responder. El mismo estudio indica, además, que el 54,1% cree que la pornografía da ideas para sus propias experiencias y que al 54,9% le gustaría poner en práctica lo que ve.
No todos leen esas imágenes del mismo modo. Según Chicos.net, la pornografía más difundida está orientada, sobre todo, a satisfacer el placer de los varones, mientras que muchas chicas la consumen para “aprender” qué se espera de ellas: gestos, posturas, disponibilidad.
Desde #EsConESI, una iniciativa de FUSA A.C. e Impacto Digital que promueve la Educación Sexual Integral con participación activa de jóvenes, Tomás Quiroga Martínez desplaza la discusión hacia otro punto: no alcanza con describir el consumo. Hay que mirar con qué herramientas cuentan las adolescencias para interpretarlo.
En palabras de Quiroga, la pornografía “deja vacíos, crea expectativas alejadas de la realidad y no logra responder preguntas centrales ni concretas”. También advierte que esos materiales refuerzan una “única masculinidad posible”. Es decir, la que debe rendir, dominar y no mostrarse vulnerable.
Cuando la educación sexual retrocede
“Si no impartimos educación sexual integral estamos dejando que lo haga el porno mainstream”, expresa la doctora en Biología Micaela Kohen. Especialista en educación y género, integra el grupo de investigación “Desafíos de la educación sexual integral para las pubertades en la zona centro de la Provincia de Santa Cruz”, de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral. En su trabajo de campo con docentes y auxiliares aparece una preocupación persistente: cómo la vida online impacta en la forma en que chicos y chicas se miran, se vinculan y construyen su sexualidad.
Para ella, el problema central está en el retroceso de las herramientas públicas que podrían ayudar a leer, discutir y desarmar todos los contenidos problemáticos que proliferan en las pantallas. Habla del vaciamiento de espacios de formación docente, del retiro de materiales oficiales y de la pérdida de apoyo institucional. El resultado, dice, es que muchos docentes siguen trabajando en educación sexual integral (ESI), pero “muchas veces en soledad”.
Su investigación también ilumina una zona menos visible de la escuela: lo que ocurre fuera del aula, en pasillos, baños, recreos y grupos de WhatsApp. Es ahí donde muchas veces aparecen primero situaciones como vínculos entre cuerpos sin consentimiento o la difusión de imágenes íntimas sin permiso. Y suelen ser auxiliares, preceptores y otros adultos que acompañan la vida cotidiana escolar quienes se enteran antes, no siempre con herramientas para intervenir.
Ahí aparece otra dificultad de fondo: muchas veces la escuela se entera tarde de dinámicas que ya circulan entre pares y en entornos digitales.
Desde #EsConESI suman otra incomodidad necesaria: la de seguir diseñando respuestas sin contar con la voz de los propios jóvenes. Quiroga advierte que la participación juvenil “no debería ser un elemento decorativo dentro del diseño de políticas públicas”, sino una condición para que esas políticas respondan de verdad a las experiencias y necesidades de las adolescencias y juventudes. El nombre de esa lógica, entiende, es clara: adultocentrismo.
Laura Milano, doctora en Ciencias Sociales por la UBA y especialista en pornografía y educación sexual, cuestiona una dicotomía que simplifica el tema. Para ella, no alcanza con plantear que hay ESI de calidad o hay pornografía. “No estoy de acuerdo con esa dicotomía”, sugiere. “Creo que hay que pensar que las dos cosas suceden al mismo tiempo”.
Milano también pone una advertencia metodológica sobre la mesa: en Argentina todavía hay poca investigación local sobre estas prácticas y muchas de las alarmas se apoyan en estudios producidos en otros contextos. Eso no significa negar el problema, sino abordarlo con más cuidado. “No sabemos realmente qué es lo que hacen las adolescencias con aquello que consumen o ven en el mundo online”, plantea.
Para la especialista, esa falta de evidencia local muchas veces empuja lecturas reduccionistas. En ese sentido, busca habilitar una conversación menos rodeada de tabúes y más situada en el contexto local.
De ahí se desprende una idea central de su trabajo: la alfabetización crítica de la pornografía. Para Milano, no se trata de oponer porno y ESI, sino de pensar estrategias pedagógicas desde la educación sexual para trabajar sobre aquello que chicos y chicas ya ven, encuentran o reciben en Internet.
Eso implica problematizar las imágenes, los prejuicios y las formas de representación que predominan en la web, a partir de lo que muestran sobre los cuerpos, las prácticas, el consentimiento y el deseo. En su mirada, ese trabajo no compite con la ESI: puede formar parte de ella.
IA, imágenes íntimas y daños reales
Lo que hoy circula entre adolescentes no son solo videos pornográficos. También aparecen imágenes manipuladas, desnudos falsos generados con inteligencia artificial, fotos íntimas difundidas sin consentimiento y escenas que se expanden con una velocidad para la que la escuela, muchas veces, todavía no tiene respuesta.
Kohen cuenta que ese es uno de los emergentes más fuertes que están encontrando en las escuelas. En Chicos.net advierten sobre el mismo corrimiento: “El uso de aplicaciones de IA para desnudar a chicas, generar contenido sexual, está al alcance de la mano”. Cuando las víctimas son menores, la manipulación y difusión de ese material puede constituir material de abuso sexual infantil.
UNICEF también puso el foco ahí. En un comunicado publicado el 4 de febrero de 2026, el organismo manifestó su “profunda preocupación” por el aumento de imágenes sexualizadas de niños y niñas generadas o manipuladas por inteligencia artificial. Fue categórico: “Los abusos cometidos mediante deepfake siguen siendo abusos”. Aunque las imágenes sean falsas, sostuvo, el daño es real.
Las soluciones
El problema no se resuelve con pánico moral ni con control a secas. En Faro Digital, organización dedicada a ciudadanía y cuidados digitales, no toman como eje la “adicción”. Santiago Stura, coordinador de comunicación institucional, explica que ese término pertenece al campo de la salud y que, por eso, su trabajo está puesto en otra zona: los cuidados, la escucha y la construcción de diagnóstico. Desde allí, la propuesta pasa por incorporar la vida digital a la conversación familiar y escolar y convertir los territorios digitales en objeto de estudio.
Aunque el panorama es complejo, las respuestas no parten de cero. Castro Fumero insiste en que la educación sexual saludable no empieza en la adolescencia, sino en la infancia: hablar del cuerpo con naturalidad, introducir nociones de privacidad y consentimiento, responder según la etapa evolutiva y no esquivar el tema.

La Sociedad Argentina de Pediatría suma otra pieza importante: asumir que entregar un dispositivo con acceso a internet también es abrir la puerta a un universo que incluye pornografía. Por eso insiste en la supervisión de contenidos, el uso de controles parentales y el respeto por las edades mínimas de acceso a las plataformas.
En la escuela, la ESI aparece como herramienta concreta. Chicos.net sostiene que sigue siendo el recurso más sólido que hoy tiene el sistema educativo para trabajar estos temas. Por eso, desarrollan el programa Elige tu forma, con materiales para familias y escuelas sobre consentimiento, autoestima, estereotipos y vínculos.
Kohen coincide en que la escuela sigue siendo el espacio más democratizado para interpelar mandatos de género, vínculos violentos y guiones sexuales que hoy circulan por pantallas.
Faro Digital insiste en que los entornos digitales tienen que dejar de ser un tema periférico. Y Milano agrega que ese trabajo también puede incluir una alfabetización crítica de la pornografía, sin tabúes y con estrategias pedagógicas acordes a cada edad.
Desde #EsConESI plantean que la respuesta pasa por fortalecer la ESI y la ciudadanía digital. E incluir a las juventudes en políticas que ayuden a interpretar lo que circula online, y a desarmar mitos y mandatos.
En el plano de las políticas públicas y las plataformas, los especialistas coinciden en que el abordaje debe ser coordinado entre salud y educación: prevención, señales de alerta, tratamiento, ESI y alfabetización digital crítica.
No alcanza con recargar toda la responsabilidad sobre hogares y docentes: también las plataformas deben mejorar sistemas de verificación de edad, moderación de contenidos y diseño seguro, y el Estado debe actualizar marcos normativos.
En esa línea, la especialista en crianza y vínculos Laura Krochik acaba de publicar el e-book gratuito Pornografía, infancia y adolescencia en tiempos de pantallas, pensado para familias, docentes y profesionales. El material propone una mirada no moralista y parte de una premisa sencilla: hoy hablar de pornografía es una forma de cuidado adulto.
Los profesionales de la salud recomiendan consultar, si se observan señales de aislamiento, insomnio, irritabilidad o cambios abruptos de conducta recomienda consultar. En Argentina, la red de hospitales públicos cuenta con servicios de adolescencia para consultas preventivas y la línea 137 funciona en todo el país para situaciones de violencia familiar o sexual, incluidos delitos digitales como el grooming.
Algo atraviesa los testimonios expertos: la sexualidad no puede quedar tercerizada en una industria, en un algoritmo o en una pantalla que responde sin contexto, sin cuidado y sin diálogo.
Porque si la primera alfabetización sexual llega desde la pornografía, no llega sola: viene con guiones sobre las corporalidades, el deseo, el consentimiento y el poder.
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